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Los cielos anaranjados y los coches cubiertos de una fina capa de arena se han convertido en una estampa cada vez más habitual en gran parte de Europa. La calima –como se ha conocido siempre en Canarias a las intrusiones de polvo de origen sahariano– se ha vuelto más intensa en la última década en el continente, dando lugar a un problema de salud pública y calidad del aire. Así lo concluye un estudio científico publicado en la revista Nature, que constata cómo la creciente desertificación del norte de África y las alteraciones en la circulación atmosférica, ambos afectados por el cambio climático, están disparando la severidad de estos episodios.
El polvo mineral del desierto es uno de los principales contribuyentes a las partículas en suspensión (PM) en la atmósfera. Sin embargo, la falta de datos observacionales unificados había impedido hasta ahora cuantificar con precisión su evolución a nivel europeo. Para solucionar este vacío, un equipo internacional de investigadores ha recopilado la mayor base de datos de concentraciones diarias de metales en polvo de 103 estaciones europeas, abarcando el periodo entre 2012 y 2021. Mediante el uso de modelos de aprendizaje automático (Random Forest) han logrado cartografiar la exposición al polvo PM10 en todo el continente.
A diferencia de aproximaciones anteriores, este nuevo enfoque ha demostrado superar las limitaciones previas, permitiendo capturar no solo los eventos extremos, sino también las intrusiones de polvo moderadas y bajas que a menudo pasaban desapercibidas.
Para llegar a estas conclusiones, los científicos utilizaron metales como el aluminio y el titanio como trazadores fiables del polvo del desierto, diferenciándolos de otras fuentes de contaminación urbana como el desgaste de frenos o la erosión local. Además, los autores estiman que casi el 27,7% del polvo transportado se presenta en fracciones finas (PM2.5), las cuales son mucho más peligrosas al poder penetrar profundamente en las vías respiratorias.
Una Europa dividida pero con tendencia al alza
Los resultados dibujan una Europa dividida en su exposición pero unida en la tendencia al alza. En el norte y centro del continente, las concentraciones medias anuales se sitúan en 2,09 microgramos por metro cúbico (µg/m³), mientras que en el sur esta cifra asciende hasta los 5,28 µg/m³.
No obstante, el dato más destacable es la intensidad de los picos. Según la investigación, aunque el número total de días con superaciones de los umbrales de polvo ha disminuido ligeramente en Europa entre 2012 y 2021, la severidad de estas intrusiones ha aumentado drásticamente, especialmente en el sur.
Como explica a Climática Petros N. Vasilakos, investigador del Instituto Paul Scherrer (Suiza) y autor principal del estudio, la clave está en cómo se miden estos episodios. «Cuando la gente piensa en un evento de polvo, piensa en una concentración específica. En nuestro caso, lo definimos como una desviación respecto a la concentración de fondo. Por tanto, un episodio puede ser de tan solo 5 µg/m³ en Estocolmo, pero de 10 en Atenas», detalla. Esto explica que, aunque el número total de intrusiones se mantenga estable respecto a los niveles de fondo, la intensidad cuando ocurren es mucho mayor. En regiones como el Adriático, los Balcanes y especialmente el sur de Italia, los niveles han crecido de forma alarmante, subiendo en esta última hasta 0,270 µg/m³ al año.
El caso de España, territorio frontera con el continente africano, es especialmente representativo. Xavier Querol, investigador en el Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA) del CSIC y coautor del estudio, detalla el enorme impacto geográfico de las intrusiones en el país: «En Canarias, prácticamente el 40% de los días tienen episodios de calima. El sur de la península está afectado el 35% de los días y el nordeste, como Cataluña, alrededor de un 30%».
En el caso concreto de la península ibérica, Vasilakos señala que, durante la década analizada, «toda España experimenta aumentos en las concentraciones de polvo de fondo, en promedio, de entre 0,5 y 1 µg/m³». Sin embargo, durante los grandes episodios de intrusión, el mayor incremento se está notando en el norte del país, en ciudades como Gijón o Bilbao, con subidas medias de 1,5 a 2 µg/m³.
El resto del norte del continente también está notando el cambio, con los niveles de polvo de fondo creciendo a un ritmo de 0,044 µg/m³ al año en Escandinavia o las Islas Británicas. ¿Llegará el norte a sufrir intrusiones como en el Mediterráneo e incluso Canarias? «Es posible, aunque tendrían que pasar bastantes años manteniendo esta tendencia. Por el momento, el polvo sigue siendo un problema mucho mayor para nosotros en el sur», aclara Vasilakos.
Un problema de salud pública
Este incremento de la intensidad tiene consecuencias directas y medibles sobre la salud de la población. En el sur de Europa, los residentes se enfrentan a una media de 46 episodios de polvo al año, con concentraciones que alcanzan los 9,68 µg/m³ durante estos eventos.
El estudio asocia la exposición a corto plazo a estas intrusiones con un aumento del 0,67% en la mortalidad diaria por todas las causas. Las admisiones hospitalarias por problemas respiratorios también sufren un repunte, incrementándose un 0,73% en mayores de 15 años. Sin embargo, el colectivo más vulnerable son los menores: en el grupo de 0 a 14 años, los ingresos hospitalarios por causas respiratorias se disparan un 2,47 % durante los episodios de polvo.
Cabe precisar que, debido al importante componente de partículas finas PM2.5 presentes en la calima, el impacto en la salud de la población no se limita únicamente a las afecciones respiratorias. Al penetrar profundamente en el organismo, también genera un impacto a nivel cardiovascular y metabólico, y está asociado a un mayor riesgo de partos prematuros.
Actualmente, en el sur de Europa, el polvo transportado de forma natural ya es responsable de casi una tercera parte (31 %) de la contaminación máxima permitida al año para las partículas PM10, y de una cuarta parte (25,8 %) para las peligrosas partículas PM2.5.

La normativa europea actual propone tratar el polvo de origen desértico como un aporte natural, permitiendo a los países descontarlo de los registros para evitar sanciones. Sin embargo, Querol deja claro que el hecho de “que se sustraiga en el cumplimiento normativo no quiere decir que no tenga ningún efecto en la mortalidad y morbilidad». Además, el investigador recuerda que este polvo «arrastra contaminantes”, mezclándose a menudo con emisiones de plantas petroquímicas y cementeras del norte de África que operan sin las estrictas regulaciones europeas. A este cóctel tóxico hay que añadir que, a veces, durante estos episodios no solo se disparan los niveles de partículas en suspensión (PM), sino también los de otros gases contaminantes como el dióxido de nitrógeno (NO2) y el ozono (O3).
Por ello, los científicos exigen un cambio de paradigma en la gestión de las ciudades. «Lo que aconsejamos es que, cuando tengamos un episodio africano intenso, se reduzcan las emisiones locales. Se tendría que considerar como un episodio de contaminación y reducir de verdad el tráfico», reclama Querol.
El reto será aún mayor en los próximos años. Querol adelanta los datos de un próximo estudio en el que cuantifican que la suma de la sal marina y el polvo africano en Canarias alcanza los 24 µg/m³ anuales. «El valor límite anual de la directiva europea en 2030 será de 20. Por tanto, solo con la contribución natural, en Canarias ya superaríamos el límite», advierte. Una situación similar vivirán regiones como Almería o Tarifa, donde la base de contaminación natural acapara una inmensa proporción del límite legal futuro.
Desertificación y cambios en la circulación atmosférica
En cuanto a los desencadenantes de este incremento en la intensidad, los investigadores señalan dos factores principales interconectados: la creciente aridez en el norte de África y los cambios en los patrones de circulación atmosférica.
El análisis de testigos de hielo extraídos en los Alpes (Colle Gnifetti) revela que la deposición de polvo en estas cumbres ha aumentado un 110% desde la época preindustrial. Esta tendencia a largo plazo se correlaciona fuertemente con el Índice de Severidad de Sequía de Palmer (PDSI) en el noroeste del Sáhara, confirmando que unas condiciones más secas en las regiones emisoras se traducen en más polvo viajando hacia Europa.
A esto se suman alteraciones a corto plazo regidas por fenómenos como la Oscilación del Atlántico Norte (NAO) y la Oscilación Sahariana (SaOI). Estos patrones climáticos modulan los vientos que barren el desierto y determinan la ruta de las columnas de polvo hacia el continente europeo.
Así, a medida que la crisis climática acelera la degradación del suelo y trastoca los patrones meteorológicos, la contaminación por calima se perfila como un riesgo aún mayor para la salud pública. Frente a esta realidad ineludible, la solución pasa por la adaptación institucional. «Los gobiernos pueden prepararse de forma eficaz invirtiendo en redes de medición más amplias y, muy especialmente, en sistemas de alerta temprana basados en modelos para emitir avisos a las poblaciones vulnerables con el fin de mitigar cualquier posible efecto adverso», concluye el Petros N. Vasilakos.

