¿Por qué podemos imaginar el fin de las macrogranjas pero no el de toda la ganadería?

Las comunidades autónomas aprueban leyes repletas de excepciones para reducir en número y tamaño los megaproyectos ganaderos. Esa es toda su ambición a la hora de mitigar el sufrimiento de «miles de millones de animales sensibles», como pide Jane Goodall.
Cerdo de una macrogranja de Castilla y León Foto: AITOR GARMENDIA / LIGHTHOUSE REPORTS

No ha terminado enero y ya hay candidata a palabra del año. Se trata, cómo no, de macrogranja. A priori, resulta llamativo e incluso exagerado que un término del que ni siquiera existe una definición ni datos exactos haya sido capaz de generar un debate tan intenso durante tanto tiempo. Sin embargo, todo el barullo montado va mucho más allá de este concepto huérfano de descripción.

Una polémica que nació a raíz de un bulo tras una entrevista del ministro de Consumo, Alberto Garzón, en el diario británico The Guardian en la que apostaba por la ganadería extensiva. Sus palabras fueron manipuladas por una publicación patronal del sector de la carne y acabó provocando que el presidente del Gobierno, otros ministros, la oposición, distintos líderes autonómicos y algunos medios cargaran contra Garzón. Un debate que, superado el bulo, ha reforzado al ministro de Consumo y ha abierto una brecha en un sector muy poderoso en España.

Macrogranjas: epicentro de todo el debate

El Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación aclara que el concepto de macrogranja “no está definido en la normativa, ni obedece a ninguna categorización”, y que se trata de “una palabra al uso que se refiere a explotaciones que concentran un número muy elevado de animales en un mismo espacio”. A esta explicación oficial habría que añadirle que son no-lugares que forman parte de la ganadería intensiva (lo que no quiere decir que toda la intensiva sea así), donde los alimentos –piensos– proceden de lejos, y donde los animales están encerrados sin posibilidad de salir al exterior.

Desde la cartera que dirige el socialista Luis Planas defienden que la gran mayoría de las explotaciones ganaderas de España son de pequeño y mediano tamaño. Con datos oficiales, existen unas 2.126 explotaciones de gran tamaño en el sector porcino, lo que supone un 2,4% del total. En el sector vacuno de leche, el 0,8% (unas 115) de las granjas actuales tienen más de 626 vacas de ordeño. Y en cuanto al vacuno de carne, las macroinstalaciones donde hay más de 1.000 animales suponen un 3% del total (unas 48), mientras que aquellas que aglutinan entre 500 y el millar representan el 5% del total (762).

El ruido mediático producido por las declaraciones tergiversadas del ministro Garzón ha acabado por desdibujar el debate en torno a las macrogranjas y la ganadería. La conversación principal giró en torno a lo que Garzón no dijo (que la carne española, en general, fuera de mala calidad) y el castigo que se merece por ello. Pero ¿y si se amplía más el ángulo de visión?

“Es muy necesario repensar el sistema agroalimentario”, apunta Alberto Sanz Cobeña, profesor e investigador en el Centro de Estudios e Investigación para la Gestión de Riesgos Agrarios y Ambientales en la Universidad Politécnica de Madrid (UPM). El experto da algunas pinceladas sobre cómo hacerlo: “Ajustándolo a la realidad local, acercándolo a las personas, tanto a las productoras como a las consumidoras. Más educación básica desde los primeros estadios de la educación pública. Fomentando la contratación pública de productos procedentes de agricultura/ganadería local, de temporada y de producción ligada al territorio, y en lo posible, ecológica o, al menos, sostenible. Más información pública en el etiquetado y campañas sobre el origen de lo que consumimos”.

Elisa Oteros, bióloga, doctora en Ecología y una de las coordinadoras del área de Agroecología, Soberanía Alimentaria y Mundo Rural de Ecologistas en Acción, ve este momento como una oportunidad para llevar a cabo “una planificación estratégica sobre cómo transformar el sistema para que desaparezca la ganadería intensiva pero no el empleo ni la vida rural”. Según Oteros, que denuncia el enorme poder del lobby cárnica en UE, “lo mismo que no debería pasar con la educación, que haya una nueva ley educativa cada vez que cambia el gobierno, tampoco debería pasar con la alimentación, porque es un derecho humano fundamental”.

El fin de la ganadería, ¿es viable?

Pero, ¿qué pasaría si la cuestión a tratar no fuese qué hacer con las macrogranjas y la ganadería industrial, ni siquiera decidir entre ganadería intensiva y extensiva? ¿Y si el debate fuera todavía más radical, incluso utópico? Es decir, ¿por qué no acabar con la ganadería en su conjunto? No ya solo por una cuestión medioambiental (emisiones de gases de efecto invernadero y contaminantes, deforestación, alta demanda de recursos, etc.) y de salud humana, sino por un factor que no se plantea: el bienestar animal, o mejor dicho, el derecho de un animal a no morir para convertirse en alimento. “Hay que poner sobre la mesa que estamos hablando de un sistema industrial donde los medios de producción son animales”, recuerda María Giménez Casalduero, jurista y coautora de un estudio sobre la vulnerabilidad ambiental de los ecosistemas relacionados con la industria porcina.

“Este tema es el santo grial”, resume Agustín del Prado, investigador del Centro Vasco para el Cambio Climático (BC3) experto en agricultura y cambio climático. Aunque prefiere pronunciarse con cautela sobre un tema tan controvertido, hay una perspectiva social que sí tiene clara: “Sería una locura erradicar la ganadería desde el punto de vista de la utilización de recursos de forma sostenible. O sea, prescindir del aprovechamiento de zonas marginales (que son muchas en el mundo) donde de no haber ganadería no puedes obtener alimentos”. Además, explica, todas las estimaciones que se hacen actualmente que incluyen la desaparición de la ganadería “no están contabilizando que este sector está provisionando fertilizantes orgánicos a numerosas tierras de cultivo”.

Sanz Cobeña coincide sobre el mismo punto: “Por una parte, hay muchas regiones del planeta con una importante ligazón cultural, social y económica con la ganadería. En esas regiones, deficitarias en la ingesta de proteína, el consumo de productos de origen animal es importante”. Y, por otra parte, “los estiércoles ganaderos en cantidad no excesiva y no concentrada en un punto, son una buena fuente de nutrientes que, bien gestionados y ajustando dosis de aplicación a las necesidades del cultivo, suponen un acicate para conseguir sistemas más circulares en el ámbito de la producción agroganadera”. Finalmente, añade, “muchos sistemas ganaderos altamente sostenibles son pastoralistas, de dehesa o trashumantes, están muy ligados al territorio, muy poco dependientes en insumos externos y cohesionadores de zonas rurales”.

Aida Gascón, directora en España de la organización AnimaNaturalis, tampoco ve posible a día de hoy erradicar la ganadería. “Tiene que haber un periodo de transición, igual que está ocurriendo con el tabaco. Creo que viviremos procesos similares. Antes, fumar estaba bien visto y existía libertad absoluta para su consumo. Con la carne, poco a poco, se irá regulando y dejando de recomendar su consumo, a la vez que se irá encareciendo”, vaticina. Y desde un punto de vista social, cree que “comer mucha carne se empezará a ver como algo irresponsable, por lo que la gente aceptará precios más altos y justos por la carne”.

Desde el Ministerio de Consumo aseguran que abordar el fin de la ganadería no es un tema que esté sobre la mesa. Por ahora, la batalla se centra en seguir explicando “las consecuencias que tiene para la salud individual y la del planeta el consumo excesivo de carne, así como el consumo excesivo de otros alimentos”, a la vez que defienden públicamente “el consumo de carne de proximidad, de calidad y sostenible, que es el que procede de la ganadería extensiva, social y familiar”.

Qué está haciendo España contra las macrogranjas

Como proponer el fin de la ganadería es hoy una idea demasiado ambiciosa, las energías se concentran actualmente en transformar la ganadería industrial. Lo reclama hasta Jane Goodall, la famosa etóloga inglesa: “El debate sobre las macrogranjas industriales es oportuno porque nos enfrentamos, además de a la pandemia de la COVID-19, a las amenazas gemelas del cambio climático y la pérdida de biodiversidad. Y la agricultura intensiva contribuye a ambos problemas”, ha dicho en un carta publicada por el instituto que lleva su nombre. 

En el escrito recuerda que España es uno de los principales productores de carne de cerdo del mundo (el primero en la Unión Europea), por lo que reclama al país que asuma “un papel de liderazgo en la prohibición de las granjas industriales” y ponga en marcha “campañas destinadas a la educación de toda la ciudadanía, para que comprenda su impacto negativo en el medio ambiente, la salud humana, la economía y el bienestar de miles de millones de animales sensibles”.

¿Está haciendo realmente algo España, tal y como pide la pionera en el estudio de los chimpancés salvajes, contra las grandes instalaciones ganaderas? En los últimos años, el Gobierno ha ido actualizando y publicando nueva normativa de ordenación de los sectores ganaderos. A lo largo de 2022 verá la luz la nueva ley sobre el vacuno, con el que se pretende regular el tamaño máximo de los proyectos ganaderos que se pueden autorizar o las exigencias de medidas anticontaminación. En 2020 se actualizó el del porcino, y el año pasado el del avícola. El decreto sobre explotaciones de bovino estuvo sometido a información pública hasta el pasado 10 de noviembre, y actualmente se está en fase de estudio de las alegaciones para ultimar el texto definitivo.

Paralelamente, existen otras muchas normas que, si bien no actúan directamente sobre estas macroinstalaciones, sí buscan minimizar el impacto que causan. Un ejemplo es el recién aprobado Real Decreto sobre protección de las aguas contra la contaminación difusa producida por los nitratos procedentes de fuentes agrarias. Esta norma llega un mes después de que la Comisión Europea anunciase, tras varios avisos, que llevaría a España ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea “por no haber tomado medidas suficientes contra la contaminación por nitratos”, un compuesto químico que puede dañar las aguas dulces y el medio marino mediante un proceso conocido como eutrofización.

Asimismo, desde la cartera de Garzón explican que para este año está previsto sacar adelante dos reales decretos en relación al sistema agroalimentario: uno de flexibilización y apoyo al comercio minorista, cuyo objetivo es facilitar la distribución de proximidad y cercanía de productores locales en el pequeño comercio y mercado; y otro de videovigilancia en mataderos.

El Gobierno guía, las Comunidades deciden

Todos estos decretos, elaborados por el Gobierno de España, actúan como paraguas normativo nacional, pero la autorización de una granja y cualquier otra decisión es tarea de las Comunidades Autónomas, quienes poseen las competencias en materia de ganadería. “Las Comunidades no tienen ningún impedimento para intentar resolver este asunto pero no lo están haciendo”, se queja María Giménez Casalduero.

Por ejemplo, el Gobierno de la Región de Murcia, una de las que más macrogranjas posee, tiene competencias “en aquellas cuestiones relacionadas con sanidad animal, bienestar animal, registro de ganadería, evaluación de impacto ambiental y autorización ambiental integrado”, así como “la garantía del cumplimiento de la cadena alimentaria”, explican desde la Consejería de Agua, Agricultura, Ganadería, Pesca y Medio Ambiente. En el caso de las licencias de actividad son los Ayuntamientos quienes las conceden. Si superan los 2.000 animales, el Ejecutivo regional es quien realiza la tramitación ambiental que acompaña a la reglamentación exigida.

En esta comunidad autónoma, el crecimiento desmesurado de las macrogranjas y la contaminación de aguas por los vertidos de purines procedentes de la ganadería porcina han contribuido al ecocidio del Mar Menor. Y como desveló una investigación de varios medios, entre ellos lamarea.com, el Gobierno de Murcia obvió la responsabilidad de estas instalaciones en el desastre.

Solo en el entorno de este espacio natural, el gobierno local ha aprobado la ampliación de, al menos, 39 granjas desde el 1 de enero de 2018, lo que ha supuesto añadir más de 35.000 cerdos a la zona de influencia de la laguna. Y a pesar de que el Gobierno de la Región prohibió “la implantación de nuevas explotaciones porcinas y su ampliación” en las zonas colindantes al Mar Menor, se han seguido abriendo las instalaciones ganaderas que ya estaban proyectadas.

Catalunya es la región que más macrogranjas aglutina en su territorio, aunque aseguran ser conscientes del problema que suponen, por lo que buscan atajarlo. El departamento de Acció Climàtica, Alimentació y Agenda Rural planteó en octubre del año pasado un nuevo decreto de la ordenación ganadera para limitar las grandes explotaciones y fomentar así “el equilibrio entre sostenibilidad económica y ambiental”. Además, explican, aumentarán los requisitos de bioseguridad y bienestar animal. Una normativa que se sumaría a la prohibición de ampliación de explotaciones de porcino durante los próximos cuatro años que aprobó el Gobierno el pasado mes de julio en las zonas con mayor densidad ganadera. 

En Aragón, el Gobierno presidido por el socialista Javier Lambán –crítico con las palabras de Garzón– presentó en julio de 2020 un proyecto de ley para la “protección y modernización de la agricultura familiar y del patrimonio agrario” de su comunidad. La norma –que busca limitar el tamaño pero no prohibir estos espacios– señala que “se observa una tendencia hacia explotaciones ganaderas cuyas dimensiones pueden poner en peligro tanto la sostenibilidad ambiental del territorio, como la sostenibilidad económica y social”. Por ello, recoge el texto, es necesario “ordenar el crecimiento de las explotaciones ganaderas intensivas de todo tipo de especies, no solo del porcino, sino también de las aves y las explotaciones de cebo de rumiantes, dados los riesgos de un crecimiento desequilibrado”.

En Navarra, otras de las comunidades con alta presencia de macrogranjas, salió adelante en abril del 2020 una ley que prohíbe construir o ampliar explotaciones ganaderas con más de 1.250 unidades de vacuno.

La última en legislar en este asunto ha sido Castilla-La Mancha, cuyo presidente ha sido, paradójicamente, uno de los que más criticó las (manipuladas) palabras de Garzón. La enmienda aprobada la semana pasada –presentada por el Grupo Socialista antes de toda la polémica, y con el voto en contra de PP y Ciudadanos– impide nuevas autorizaciones de instalaciones de ganadería intensiva o ampliar las actuales, pero con fecha de caducidad: solo aplica hasta el 31 de diciembre de 2024. Además, esta prohibición no afectaría a las que ya están en tramitación, y se limita únicamente al sector porcino.

“No podemos terminar este debate sin una propuesta de acción fuerte. Si no, se quedará todo en lo mismo de siempre”, opina Luis Ferreirim, responsable de Agricultura en Greenpeace. Y pide dos acciones urgentes: “una moratoria de verdad para todas las macrogranjas” como primer paso, y “una reducción de la cabaña ganadera en intensivo para empezar a revertir la situación”, medida que califica de indispensable. Y lanza un aviso: “Sería un error que después de todo esto salga adelante la macrogranja de Noviercas, un pequeño pueblo soriano de poco más de 150 habitantes, donde está previsto desarrollar la mayor explotación de vacas lecheras de Europa, con más de 23.500″.

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COMENTARIOS

  1. Millones de animales soportan viajes muy largos en camiones y barcos bajo condiciones terribles. Los transportan hacinados, sin comida o habiendo sufrido maltrato. El lobby de la industria cárnica los envía a lugares muy lejanos en transportes abarrotados y en condiciones agobiantes que empeoran a cada momento, a pesar de que sabemos que estas criaturas son capaces de sentir miedo y alegría.
    Pero el movimiento animalista va ganando fuerza, como demuestra que los países de Europa han empezado a aprobar leyes para defender el bienestar y los intereses de los animales. Algunos han prohibido la cría de especies para obtener pieles, y tal vez las jaulas en las granjas se conviertan en cosa del pasado dentro de poco.
    Está claro y demostrado: cuanto más embrutecida es una sociedad más carne consume. Y claro, como cada día estamos más embrutecidos no podría ser de otra manera.
    A más cotas de sensibilidad el mismo cuerpo pide alimentos más ligeros, tal como frutas, vegetales…
    Pescado antes que carne.
    Hay la teoría de que cuando se realiza un trabajo duro hay que alimentarse bien. Nunca se trabajó más duro que en los tiempos que no había maquinaria y se hacía todo manualmente y a base de esfuerzo físico. La carne era para el señorito Iván, para el trabajador, legumbres, patatas,
    cereales, alimentos sanos y a seguir trabajando cada día.

    “Comer animales”, Jonathan Safran Foer.
    Es un libro sobre el dolor y el sufrimiento, resultado de una investigación en granjas y mataderos de los Estados Unidos donde descubrió que no solo la vida de los animales carece de valor, sino también la de millones de humanos.

  2. Más de 800 colectivos y 500 profesionales reclaman al gobierno que ponga fin a la ganadería industrial

    La Coordinadora Estatal Stop Ganadería Industrial ha lanzado una carta abierta dirigida al Gobierno español con medidas a nivel nacional para acabar con este modelo de producción industrial.
    Los firmantes de la carta abierta solicitan una reunión urgente con los ministerios implicados para tratar este asunto. (Ministerio de Agricultura Pesca y Alimentación, Ministerio de Transición Ecológica y Reto Demográfico, Ministerio de Consumo y Ministerio de Sanidad)
    “Es hora de que nos escuchen”, manifiesta la Coordinadora Estatal Stop, “no podemos dejar que se muera el debate sobre el modelo de ganadería industrial, sobre sus nefastas consecuencias para el planeta y para la España rural sin llegar a un compromiso claro de acción. En muchos pueblos ya no podemos ni beber agua del grifo y en otros la estamos bebiendo contaminada sin saberlo. ¡Basta ya de palabras y polémicas! Queremos compromisos serios para acabar con este grave problema”.
    Ante el enorme clamor de la sociedad, cada vez más administraciones públicas se posicionan en contra de la ganadería industrial. Por ejemplo, la Junta de Comunidades de Castilla La-Mancha ha puesto en marcha la primera moratoria regional a la ganadería industrial de porcino, las Diputaciones de Ciudad Real, Albacete y Granada han aprobado mociones en contra de este modelo y, en Cataluña, se ha puesto en marcha una moratoria en 68 municipios hasta 2025. Sin embargo, estas medidas, pese a que son un primer paso, son claramente insuficientes. Por ello, los firmantes de la carta abierta piden:
    –una moratoria a la ganadería industrial de al menos cinco años: ni explotaciones nuevas ni ampliaciones de las existentes, paralizando también los expedientes que están iniciados.
    –una evaluación estratégica del sector ganadero teniendo en cuenta el impacto acumulado de los diferentes modelos productivos.
    –la reducción gradual de la cabaña ganadera en producción intensiva hasta alcanzar un 50% menos de la actual en 2030.
    –la caracterización técnica y la diferenciación a nivel normativo y comercial de la ganadería extensiva a la industrial, para que haya un etiquetado claro y homogéneo que permita, a las personas consumidoras, identificar la procedencia y modelo de ganadería de todos los productos alimentarios de origen animal que adquieran.
    –una reunión conjunta con los cuatro ministerios a los que se dirige la presente carta para abordar, con urgencia, la problemática social y ecológica expuesta.
    https://www.ecologistasenaccion.org/187975/mas-de-800-colectivos-y-500-profesionales-reclaman-al-gobierno-que-ponga-fin-a-la-ganaderia-industrial/

  3. STOP GRANJA INDUSTRIAL.(AnimaNaturis)
    La ganadería industrial está devorando el planeta y destruyendo la vida de miles de millones de animales cada año. Estas enormes factorías de carne son responsables del cambio climático, insostenibilidad y crueldad hacia los animales. Con tu firma puedes acabar con este infierno para los animales.
    Todos los días, miles de animales viven y mueren en condiciones de hacinamiento y suciedad. Esta es la realidad de las granjas industriales.
    En España viven más cerdos que personas. Las cifras oficiales de 2018 del Ministerio de Agricultura contabilizan 52,4 millones el número de animales llevados al matadero ese año. La mayoría de ellos son criados en granjas donde padecen las peores condiciones imaginables. El 84% de las 86.641 granjas censadas en el país utilizan sistemas intensivos, y están creciendo cada año. De los 43 millones de gallinas ponedoras que viven en territorio español, solo el 7% son de cría alternativa, el resto vive en jaulas. Y en la producción de leche, la media de vacas por granja casi se ha duplicado en los últimos nueve años. En Soria existe una lechería con 20.000 vacas, la más grande de Europa.
    En las granjas industriales se trata a los animales como máquinas que generan carne, leche y huevos. Y eso no sólo afecta el binenestar de los animales, sino que dañan profundamente nuestro medio ambiente.
    Las deficientes condiciones higénicas y gestión ineficaz de los desechos en las granjas industriales, pueden hacer proliferar bacterias como la salmonella y el E. coli, así como crear las condiciones para enfermedades como la fiebre porcina (H1N1) y gripe aviar.
    Se intenta mantener a los animales con masivas cantidades de antibióticos, pero eso no ha evitado que sus enfermedades se transmitan a la población humana.
    CALENTAMIENTO GLOBAL. Para prevenir futuras pandemias, hay que reducir las emisiones a cero. Según un informe de la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad Johns Hopkins (SAIS), los efectos del cambio climático aumentarán el riesgo de brotes de pandemia. Las condiciones en las granjas modernas son un factor que contribuye al aumento del riesgo de infecciones futuras, y debemos tomar medidas de inmediato.
    ANTIBIOTICOS. Según un informe del Centro Nacional de Información Biotecnológica (NCBI), alrededor del 40% de los antibióticos producidos en el mundo se usan como aditivos para piensos animales.
    El excesivo consumo de antibióticos a través de la carne y lácteos, tiene como consecuencia la aparición de bacterias cada vez más resistentes a los tratamientos conocidos. Y esto es un peligro para lo que la humanidad no está preparada.
    Esto especialmente preocupante en España, ya que es el país de la Unión Europea donde más antibióticos se usan en la cría de ganado, concretamente 402 miligramos por cada kilo de carne producido, una cantidad cuatro veces superior a la empleada en Alemania y casi seis veces mayor a la de Francia.
    ZOONOSIS. Cuando una enfermedad salta la barrera de especies de animales a humanos, se le llama zoonosis. Las condiciones de confinamiento en las granjas factoría, uso excesivo de antibiótcos y gran número de individuos abarrotados son un caldo de cultivo para estas enfermedades.
    El 60% del total de las enfermedades y 75% de todas las enfermedades infecciosas emergentes son zoonóticas. La mayoría de estos provienen de la industria de la carne, incluidos pollos, vacas y cerdos.
    Por lo menos 2.2 millones de personas mueren cada año de enfermedades zoonóticas en el mundo.
    Firma por el fín de las granjas industriales:
    https://www.granjas.org/

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