¿Una mascota silvestre o un pequeño tigre domesticado? Qué nos cuenta la verdadera historia del tilcayo

El felino descrito en los bosques de Bolivia no es una nueva especie para todo el mundo. La forma en que se comunican los hallazgos científicos puede servir para poner en valor el conocimiento local o para ocultarlo.
¿Una mascota silvestre o un pequeño tigre domesticado? Qué nos cuenta la verdadera historia del tilcayo
La exploradora de National Geographic Paola Nogales Ascarrunz, quien dirigió la investigación que identificó a 'Leopardus tilcayo' como una nueva especie, observa al felino en el refugio de animales Senda Verde en la región de Yungas, en Bolivia. Foto: Fernando Faciole/National Geographic.

“El tilcayo, el primer felino salvaje descubierto en más de cien años”. El titular, como periodista, es más que apetecible. Nos anticipa una historia de exploración y de aventuras en lo más profundo de la selva para encontrar una especie única que, no se sabe muy bien cómo, ha logrado permanecer oculta a los ojos del ser humano. Lo malo es que esa historia no es cierta. Desde el 17 de septiembre de 2026, este pequeño gato silvestre de Bolivia tiene un nombre científico y una entrada oficial en la Wikipedia, con versiones en nada menos que en 52 idiomas. Pero en la región de los Yungas lo conocían desde mucho antes.

Todo empezó con Tigrino, un animal de compañía adoptado por una familia de esa región boliviana. Parecía un gato doméstico, pero a medida que iba creciendo mostraba rasgos cada vez más extraños: ingería comida humana, pero también le gustaba cazar gallinas, y su maullido era muy raro. Así que, un año después de su adopción, la familia decidió llevar a Tigrino al santuario de vida silvestre Senda Verde, donde creían que estaría mejor cuidado. La llamada a la bióloga y exploradora de National Geographic Paola Nogales-Ascarrunz no se hizo esperar. Era 2016.

El estudio de Tigrino desembocó en un análisis genético de 38 ejemplares de gatos tigre de varios países sudamericanos, incluidos ocho que estaban en museos. El resultado, publicado el 17 de septiembre de 2026 en la revista Current Biology (y poco después en Wikipedia), fue claro: lo que se creía que era una única especie con pequeñas variaciones locales eran en realidad cinco especies diferentes. Entre ellas, la de Tigrino, bautizada científicamente como Leopardus tilcayo, en honor al nombre con el que las comunidades de los Tungas habían siempre llamado a este animal, tilcayo.

“Los nombres locales son importantes porque reflejan el conocimiento y la relación de las comunidades con la fauna de su región. Muchas veces, se utilizan para distinguir a un animal de otros que viven en la misma zona. Por ejemplo, el jaguar recibe distintos nombres según la región”, explica Paola Nogales-Ascarrunz. “Que un animal tenga un nombre local no significa necesariamente que corresponda a una especie diferente. Pero los análisis científicos que hicimos demostraron que estos individuos pertenecen a un linaje evolutivo distinto de los otros gatos tigre que conocíamos hasta ahora”.

De hecho, el estudio demostró que la separación del tilcayo del resto de especies de gato tigre de Sudamérica se produjo hace cerca de 1,4 millones de años. Por simple observación no se había identificado como especie diferente, ya que a nivel morfológico el tilcayo es muy parecido a sus parientes. Es lo que se conoce como una especie críptica. “La evidencia que permitió delimitar Leopardus tilcayo como una especie diferente provino del análisis de su historia evolutiva y de su diferenciación genética respecto a otros gatos tigre”, añade Nogales-Ascarrunz.

¿Una nueva especie para quién?

Cuando Hiram Bingham III regresó a la Universidad de Yale a principios del siglo XX de una de sus expediciones a Perú, traía en su maleta más de 50.000 piezas arqueológicas (extraídas sin permiso) y la noticia de un gran descubrimiento: la mítica ciudad perdida de Machu Picchu. Sin embargo, el relato a veces pasa por alto algo que el propio Bingham llegó a reconocer, que había encontrado las ruinas gracias a un grupo de habitantes de la zona que le habían indicado dónde estaban. Y es que la historia está llena de anuncios de descubrimientos nuevos que puede que, en función de la perspectiva con la que se observen, no sean tan novedosos.

“Hay que distinguir entre el descubrimiento para la ciencia y la existencia de un conocimiento previo de esa entidad”, subraya Victoria Reyes-García, investigadora de la Universitat Autònoma de Barcelona y experta en etnoecología y relaciones entre sociedades y medioambiente. “La ciencia tiene sus formas de decidir si entidades biológicas son especies diferentes: morfología, genética, capacidad de reproducirse, etc. Y los pueblos indígenas y las comunidades locales que viven en contacto directo con la naturaleza tienen formas distintas de diferenciar entre entidades biológicas, normalmente basándose en las observaciones y en las experiencias directas acumuladas durante generaciones”.

El lesula y el likweli son dos especies de monos descritas en la República Democrática del Congo recientemente, pero de sobra conocidas por las comunidades de cazadores locales. La pinang tanah es una palmera que no fue descrita hasta 2023 a pesar de que para los habitantes de la isla de Borneo es una fuente de alimento habitual. Y la anaconda verde del norte es una inmensa serpiente de más de seis metros de largo que no fue clasificada correctamente hasta 2024. La historia reciente está llena de casos como el tilcayo, descubrimientos que llegan de la mano del análisis genético y que no significan que las especies hayan estado ocultas a nuestros ojos, sino que no se les había encontrado el encaje adecuado en la taxonomía científica.

“El conocimiento ecológico de las comunidades locales puede aportar muchísimo a la investigación científica sobre especies. Algunos científicos se han basado o inspirado en estos sistemas de conocimiento para detectar especies que todavía no habían sido descritas por la ciencia”, explica Reyes-García. “Cada vez hay más científicos que reconocen explícitamente que sus investigaciones comenzaron a partir de información proporcionada por las comunidades locales o que se inspiraron en sus conocimientos. Pero muchos otros todavía no lo hacen”.

En el caso del tilcayo, el equipo de investigadores liderado por Paola Nogales-Ascarrunz sí quiso destacar el conocimiento local. “El animal ya formaba parte del conocimiento local y tenía un nombre. Por eso, para nosotros era muy importante mantener ese vínculo. Al utilizar tilcayo como nombre científico de la especie, estamos incorporando ese conocimiento local a la propia identidad científica de la especie. De esta manera, cada vez que se hable de Leopardus tilcayo en la literatura científica, en museos o en programas de conservación, también se estará reconociendo ese nombre que ya existía localmente”, señala.

Para Reyes-García, queda mucho camino por recorrer en este reconocimiento. La investigadora señala que la ciencia moderna se ha construido durante épocas coloniales y poscoloniales, por lo que el conocimiento local se sigue considerando, muchas veces, como creencias y folclore. Además, aunque cada vez se reconoce más el aporte local, sigue existiendo una relación bastante asimétrica con la ciencia. “El investigador llega, obtiene el conocimiento, lo convierte en publicaciones y reconocimiento académico, mientras las personas que han generado y conservado ese conocimiento tienen poca capacidad para decidir cómo se utiliza y qué beneficios reciben”, añade Reyes-García.

Parte de la solución pasa también por apostar por un lenguaje más cauto (sobre todo, en los medios) a la hora de comunicar noticias como la del tilcayo. No se trata de un felino que se ha visto por primera vez, sino que ha sido descrito científicamente por primera vez. “Cuando hablamos de un descubrimiento estamos invisibilizando, con una sola palabra, todo el conocimiento local. No se trata de decir que el conocimiento local es siempre correcto y que la ciencia siempre se equivoca. Se trata de reconocer que son formas de producir conocimiento diferentes, con historias, métodos y criterios de validación diferentes”, concluye Reyes-García.

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