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Vas a repostar tu vehículo con un carburante fabricado íntegramente a partir de residuos orgánicos, como el aceite de cocina usado. Un líquido que no contiene crudo, por lo que te crees inmune a lo que ocurre en Oriente Próximo. Sin embargo, te das cuenta de que pasa todo lo contrario: el precio de los combustibles renovables –tanto el diésel como la gasolina– que ofrecen Repsol, Moeve, BP y otras se ha disparado. Y te preguntas cómo puede ser.
La crisis en Irán desatada por Estados Unidos e Israel, recrudecida a finales del mes pasado, ha trastocado la geopolítica y, con ella, una de sus principales armas: la energía (fósil). Las consecuencias son múltiples. Para la persona de a pie, el principal daño colateral ha sido una subida del combustible que usa para mover su vehículo, como sucedió tras la invasión de Ucrania.
En el caso de los combustibles fabricados a partir de petróleo, la subida de precios es (dentro de una lógica de mercado) entendible, ya que el conflicto en Irán amenaza de forma directa el suministro físico de crudo a nivel global. Irán no solo es un productor clave dentro de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), sino que su posición geopolítica compromete la seguridad del estrecho de Ormuz, un cuello de botella marítimo por el que transita aproximadamente el 20% de todo el petróleo mundial.
En cambio, los nuevos biocombustibles (llamados HVO, de ‘aceite vegetal hidrotratado’) que venden en España Repsol, Moeve y otras compañías no usan petróleo, sino que el producto final (que se fabrica en el propio territorio español) nace a partir de materia orgánica. Sin embargo, eso no ha impedido que el precio medio del diésel renovable haya pasado de 1,5-1,6 euros el litro a principios de año a los casi 2 euros el litro de media en la actualidad, con algunas gasolineras ofertándolo incluso por encima de los 2,5 euros.
Repsol, a la cabeza
Hasta hace poco, el uso de estos biocombustibles era habitual casi en exclusiva para los medios de transporte más difíciles de electrificar, como el marítimo, el aéreo o la maquinaria pesada. Sin embargo, a finales de 2023, Repsol empezó a introducirlos en el mercado español de turismos, inicialmente en unas 50 gasolineras. En poco más de dos años, la petrolera presidida por Antonio Brufau cuenta ya con casi 1.600 estaciones que dispensan diésel y gasolina renovable (comercialmente denominados Nexa).
Empresas del sector defienden (a partir de un estudio científico) que este tipo de combustibles logra reducir hasta un 90% las emisiones netas de dióxido de carbono (las causantes del calentamiento global) a lo largo de todo su ciclo de producción en comparación con su equivalente fósil, es decir, desde la producción del carburante a partir de las materias primas hasta el uso final por parte de los clientes.
En cualquier caso, un coche que usa combustible renovable, aunque sea aceite reciclado, también acabará expulsando CO2 a través de su tubo de escape fruto de la combustión del motor. Asimismo, durante el proceso de fabricación y transporte del combustible se usa energía que puede ser de origen fósil (como pasa también con los eléctricos, aunque estos no emiten durante su uso).
¿Por qué sube al ritmo del combustible fósil?
Repsol, que lidera el mercado a nivel español y europeo de los combustibles renovables, ha respondido a las quejas argumentando que «a pesar de que el Diesel Nexa origen 100% renovable se produce a partir de materias primas orgánicas, su precio, como el del resto de combustibles, está ligado a los mercados energéticos internacionales». Desde Climática, hemos intentado ampliar esa información, pero no han querido añadir nada más. Tampoco ha querido posicionarse Moeve, empresa que a día de hoy apenas cuenta con una treintena de estaciones con combustibles renovables de HVO.
Mientras que la energía eólica y la solar dependen de un recurso local, inagotable y gratuito (el viento y el sol) que blinda su producción frente a los vaivenes geopolíticos, los biocombustibles avanzados están a día de hoy atrapados en el tablero del comercio internacional junto a los combustibles convencionales.
Para entender por qué el aceite de cocina acaba costando lo mismo que el Brent, el economista Manuel Alejandro Hidalgo apunta a una regla básica de microeconomía: la sustituibilidad. Al ser combustibles diseñados para funcionar en cualquier motor actual sin necesidad de modificaciones, el diésel fósil y el renovable son, a ojos del mercado, el mismo producto: «Cuando tienes dos productos que son sustitutivos, si el precio de uno sube, el precio del otro tiene que subir también», explica Hidalgo, quien apunta también al factor oligopolístico: si las mismas empresas que venden el combustible fósil controlan el renovable, no hay incentivos para ofrecer una alternativa barata.
A esta lectura de mercado se añade una razón operativa de peso. Como explica Mercedes Ballesteros, responsable del departamento de Energía del CIEMAT (Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas), el encarecimiento de los derivados del petróleo genera un efecto dominó en la cadena de suministro: «La subida de los derivados del petróleo ha encarecido la logística del suministro de la materia prima». Además, Ballesteros recuerda que estas materias primas orgánicas «también están sujetas a los vaivenes de precios de las materias primas» en los mercados internacionales.





El precio está indexado al brent porque si no lo estuviera valdría 3 veces mas. Las empresas lo venden a pérdidas para conseguir cumplir sus metas de descarbonizacion.