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Ahora es Kristin. Antes fue Joseph. Y, no hace tanto, Ingrid y Harry. Algunos nombres, como Gloria o Filomena, siguen presentes en la memoria colectiva por el impacto que tuvieron. No hablamos de personas, aunque lo parezca: son borrascas. Sistemas meteorológicos que llegan, se van y, en ocasiones, dejan tras de sí episodios adversos que ocupan titulares durante días.
Pero ¿quién decide cómo se llama cada borrasca? ¿Por qué unas tienen nombre propio y otras no? ¿Y para qué sirve, realmente, bautizar una tormenta?
Un abecedario de borrascas
Una primera pista: los nombres siguen el orden alfabético, de la A a la W, alternando nombres masculinos y femeninos. Cuando se agota la lista, comienza una nueva temporada con otro repertorio distinto. No es casualidad ni una moda reciente, aunque en este país sí es relativamente nuevo.
España empezó a nombrar borrascas de alto impacto en la temporada 2017-2018 con la llegada de Ana, cuando se incorporó al sistema de nombramiento conocido como Grupo Suroeste, junto a Portugal, Francia, Bélgica, Luxemburgo y Andorra.
Cada uno de estos países propone, antes de que empiece la temporada, una serie de nombres. Después, entre todos, se acuerda cuáles formarán parte de la lista definitiva. Siempre se da prioridad al primer país que va a recibir los impactos. En el caso de Kristin, fue Portugal quien la nombró. En el caso de Gloria o Filomena, fue España. «Pensamos en abrir este proceso al público, pero no nos acabamos de decidir», admite Rubén del Campo, portador de AEMET.
El criterio no es trivial: «Deben no haberse usado previamente a poder ser y deben ser fáciles de escribir y pronunciar en varios idiomas; eso no es tarea sencilla», explica Del Campo. «Además, si hay una borrasca muy dañina, se considera no poner ese nombre de nuevo a ninguna otra borrasca». Antes de que el nombre se haga público, existe un breve margen –alrededor de una hora– para que el resto de países tengan constancia interna.
Nombrar para comunicar mejor
El objetivo principal no es estético, sino comunicativo. «Hay estudios que afirman que poner nombre a estos sistemas ayuda a que el público preste más atención a la hora de comunicar los posibles fenómenos adversos», afirma Del Campo. Es algo que lleva décadas haciéndose con los huracanes y que en Europa empezó hace aproximadamente una década. Reino Unido e Irlanda [que forman parte del Grupo Oeste junto a Países Bajos] fueron los países pioneros y «comprobaron que facilita la comunicación».
Nombrar a una borrasca permite identificarla con claridad, seguir su evolución y evitar confusiones cuando varias perturbaciones se encadenan, como ha ocurrido en las últimas semanas con la sucesión de huracanes que están dejando lluvias persistentes y nieve en amplias zonas del país. Aun así, no siempre es sencillo: a veces se da por hecho en un medio o redes sociales que una borrasca tendrá un nombre y finalmente no se nombra; en otras ocasiones, una borrasca con nombre apenas tiene efectos en un país, aunque sí los tenga en otros países del grupo.
Eso sí, no todas las borrascas reciben nombre. Para que una sea bautizada, debe estar previsto que provoque avisos de nivel naranja, es decir, un peligro meteorológico importante por viento, lluvia o nieve. En España, este criterio se ha adaptado con el tiempo: al principio solo se tenían en cuenta las borrascas de viento, pero se vio que las lluvias intensas o muy persistentes –aunque no sean torrenciales– también pueden causar grandes impactos. «Con el criterio inicial, Filomena no habría sido nombrada, ya que su principal fenómeno adverso fue la nieve», recuerda el portavoz.
¿Y las danas?
Desde octubre del año pasado, el Grupo Suroeste decidió que las danas más virulentas también recibirían nombre propio. No ocurre así en todos los grupos europeos: en algunas regiones, como el Mediterráneo oriental, no se nombra el sistema meteorológico, sino el temporal, independientemente de qué lo cause. Es un enfoque distinto que, según AEMET, podría llegar a debatirse también en el suroeste europeo si hubiera consenso.
Mucho más que un nombre
En un contexto de fenómenos extremos cada vez más frecuentes, identificar y comunicar con claridad es una herramienta clave para la prevención y la seguridad. La próxima vez que aparezca el nombre de una borrasca en las noticias, sabemos que detrás hay coordinación internacional, criterios técnicos… y el intento de que prestemos más atención al cielo.




