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En un búnker oculto bajo una mina de sal, una familia de milmillonarios ha sobrevivido las dos últimas décadas tras un evento indeterminado que provocó el fin de la civilización humana e hizo virtualmente inhabitable el exterior. Padre, Madre, un mayordomo, un médico, la mejor amiga de la madre y el Hijo, un joven de 20 años que nunca ha conocido otra vida que la del búnker, una mezcla entre lujo y supervivencia precaria. El extraño y grotesco equilibrio de su cotidianidad se rompe cuando una chica de su edad aparece en la puerta del búnker.
El director Joshua Oppenheimer es conocido por su díptico documental sobre la dictadura de Suharto en Indonesia, The Act of Killing (2012) y The Look of Silence (2014). The End es su primera incursión en la ficción, una bastante sui géneris: una película posapocalíptica y musical, con un reparto excepcional encabezado por Tilda Swinton y Michael Shannon. La idea invita a pensar en una comedia negra, pero aunque tiene algunos elementos inevitables de la misma, en general se trata de una tragedia a cámara lenta, con canciones particularmente intimistas y un tono frío y neutro al servicio de subrayar la vida grotesca y sin esperanza de los protagonistas.
El guion parece escrito con La supervivencia de los más ricos, de Douglas Rushkoff (Capitán Swing, 2023) en la mano. Lleva hasta las últimas consecuencias el pesimismo loco y escapista de los megarricos, que sueñan con búnkeres, supertecnología y otras locuras, desde colonizar Marte hasta descargar sus mentes en superordenadores, que los libren de sufrir las consecuencias del presunto futuro apocalíptico que nos espera, sea la crisis climática, una guerra nuclear, un supervirus, un apagón o cualquier otra barbaridad más o menos plausible que a ustedes se les ocurra.
Ya hemos hablado de esas idas de olla al entrevistar a Michel Nieva sobre su Ciencia-ficción capitalista. Utopías del ultraindividualismo que provocan tratamientos loquísimos contra el envejecimiento que provocan que tengamos millonarios que, de hecho, no hacen nada más en todo el día que intentar no envejecer, o Elon Musk buscando tener muchísimos hijos, por la vía más descerebrada y psicópata posible, antes de que llegue El Acontecimiento.
En The End, este ya pasó hace 20 años y la familia protagonista se pasa el día ocupada en tareas que pueden tener que ver con la supervivencia, pero también con la falta de sentido de esa misma. Por ejemplo, el Padre, que fue una especie de directivo de alguna empresa dedicada a los combustibles fósiles, se empeña en dictar al Hijo unas memorias en las que justifica que el cambio climático no tuvo causas humanas. Unas memorias, huelga decir, que en principio solo podrá leer en el futuro el propio Hijo. De ahí que celebre la aparición de la Chica, que le permitiría ser abuelo y que haya algo parecido a una especie humana que recuerde sus evidentes mentiras.

Sabemos que la familia y sus criados –pues ese es el rol de los tres supervivientes más allá del núcleo duro– tuvo que matar para protegerse al suceder El Acontecimiento, y que este implica megaincendios que no pueden ser extinguidos. Su búnker es autosuficiente, y lo han llenado de obras de arte, en su mayoría menores, seleccionadas por la Madre, que también miente, en su caso sobre un ficticio pasado como bailarina del Bolshói. Todos los adultos viven con la culpabilidad de los seres queridos a los que abandonaron, básicamente condenándolos a la muerte, en el momento de refugiarse.
Ese halo de desesperanza y soledad absoluta no está muy lejos de, por citar un ejemplo, la novela Apocalipsis suave, de Will McIntosh (Gigamesh, 2017). La historia de la Chica, de hecho, es la de uno de esos civiles, dejando atrás a su propia familia nuclear cuando es la única con fuerzas para atravesar un río que los separa de las llamas. Todos los supervivientes se sienten, de facto, como asesinos, en la enésima traslación a un país rico de lo que son esperanzas cotidianas para cualquier migrante de nuestro momento actual.
Podemos considerar The End como una película un tanto fallida en el sentido de que sus números musicales son reiterativos y puede llegar a resultar tediosa a nivel narrativo. Pero como representación de la estupidez mencionada de las fantasías de supervivencia, roza la perfección. El búnker no tiene sentido, las vidas y la cultura que intentan sostener no tienen sentido. Solo han conseguido prolongar la agonía una generación más, en la que un nuevo niño crecerá rodeado de un mundo aún más viejo y pequeño. Es casi una alegoría del Occidente actual.
No hay más mundo que este ni más escape que arreglarlo todos juntos y en lo que sea posible. Todo lo demás es infantil, incluidos el cinismo de darlo todo por perdido –una forma de protegerse ante el pánico a un fracaso mortal– o la creencia de que uno solo puede buscar un refugio en Alaska o Groenlandia, o donde les hayan dicho sus asesores o sus inteligencias artificiales. Lo malo de los ricos no es que usen sus ventajas para situarse en un lugar mejor, sino que, además de explotadores y tarados éticos, son idiotas. Está bien que el cine se centre tanto en recordarlo.

