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La nueva película de Superman comienza cuando el héroe de Metrópolis detiene una guerra en el lejano país de Boravia, aliado de los Estados Unidos, sin consultar a nadie ni plantearse las consecuencias. El gobierno de su país, su compañera Lois Lane del Daily Planet e incluso el resto de superhéroes no parecen entender sus motivos, que eran simplemente impedir que muriese gente. Todo empeora cuando se desvela la grabación original del cohete que trajo al Hombre de Acero a la Tierra, en la que sus padres indican que su misión es conquistarla y someter a los humanos para preservar el ADN y la cultura de Krypton.
James Gunn, conocido por su trilogía de Guardianes de la Galaxia (2014-2023) para Marvel y sus superhéroes macarras al estilo de El Pacificador (2022), se ha enfrentado al reto de revivir para el cine al fundador del subgénero, el primer superhéroe de todos. El tipo de la capa y los calzoncillos por fuera, el de Krypton, Lois, Lex Luthor y todo lo demás. Su película es un espectáculo visual en el que rebaja un poco su sentido del humor pasado de vueltas y hace múltiples homenajes a la mitología del personaje. Pero, sobre todo, es una historia para niños, que no es lo mismo que infantil.
Esa decisión, en sí misma, ya es un homenaje a las películas antiguas. Aunque Superman (1978), de Richard Donner, fue un éxito incontestable porque fueron a verlo millones de adultos en todo el mundo, sus autores siempre tuvieron claro quién era el público primordial, el legítimo propietario de ese mundo, a veces parecido al nuestro, pero donde un hombre puede volar. El acierto de Gunn es que sabe contar historias con muchos niveles de lectura –sus Guardianes de la Galaxia pueden ser una aventura espacial muy macarra con mapaches que dicen palabrotas o una historia sobre la importancia de la familia, sea esta genética o elegida– sin dejar de entender perfectamente que los niños no son ni tontos ni ingenuos, tratándolos en consecuencia.
Y sí, este Superman es la historia de un inmigrante «ilegal» que ha sido criado por granjeros y trabaja como periodista, que va, se enfrenta a un millonario narcisista con delirios de grande y el objetivo de montar una tecnodistopía, y lo vence gracias al poder de la amistad, la honestidad y a su perro. Lo mejor de todo: que esto que acabo de escribir respeta de forma escrupulosísima toda la mitología previa del personaje, desde que fue creado por el guionista Jerry Siegel y el dibujante Joe Shuster en pleno New Deal y sus primeros enemigos eran banqueros corruptos, maridos maltratadores y especuladores inmobiliarios.
Interpretaciones más recientes, como las escritas por Grant Morrison, Geoff Johns, Tom Taylor o Jason Aaron abundan en la conciencia de un personaje que no deja nunca de ser, y esta película lo subraya varias veces de forma preciosa, el hijo de un granjero. Una interpretación posible, de hecho, es que Gunn, criado en San Luis (Missouri) y que no es particularmente de izquierdas ni siquiera para los estándares gringos, les esté gritando a sus compatriotas que su mito fundacional, con todos sus defectos, siempre fue optimista, indicando a los migrantes de cualquier lugar del mundo que no son su herencia genética o cultural –para el caso, esos kryptonianos racistas y genocidas que salen aquí–, sino lo que ellos quieran ser –unos grandullones bienintencionados que intentan ayudar a la gente a pesar de dudar hasta de su propia sombra, que la verdad es que suena bien, aunque luego se aplique regular–.
El espíritu de Superman, para el caso, sería el de cierta ciencia-ficción optimista que pugna por abrirse paso en el mainstream desde hace poco menos que una década y media, derribada por el cinismo del espectador actual, las modas de opinión difundidas por las redes que se imponen en la interpretación de las películas y una realidad que parece cada día más deprimente. Lo gracioso es que si el personaje vuelve a las raíces es porque este mundo no suena tan diferente del que lo vio nacer en viñetas en 1938.
De nuevo, el espíritu del niño que propone Gunn consiste en no ser idiota, pero asumir lo básico sobre la justicia o la injusticia que comprende cualquier crío. Cada 15 o 20 minutos, la película, que sabe perfectamente que la están viendo un montón de cuarentones con demasiado tiempo libre y ganas de enfadarse, va y te pega una colleja. Dedica unos segundos a recordarle a los espectadores adultos que les ha puesto un montón de guiños cinéfilos, políticos e incluso sexuales –porque Clark y Lois harán sus cositas, como toda pareja sana y en edad de merecer–, que están aquí de paso. Que no mandan ellos. Y si no van a aprender a respetar el tono de los dueños de la casa, mejor que se vayan.
Porque en el mundo de Superman gana el que tiene más amigos de verdad, no gente a la que le paga para que le obedezca, las novias trofeo son más listas y éticas de lo que parecen –esto debe ser el guiño más gracioso a Superman III (1983), de Richard Lester– y los redactores jefes fuman puros mientras aprueban la portada del periódico con la ciudad a su alrededor siendo arrasada por un agujero negro artificial.
Pero también hay un momento en que el hombre más poderoso del mundo, capaz de volar más rápido que una bala o derribar un edificio de un puñetazo, se planta ante el tipo que lo ha encerrado, ha amenazado de muerte a sus seres queridos y lo ha difamado en público… y lo intenta convencer de que use su talento para el bien de la humanidad hablando, casi con desesperación. ¿Es ese momento ingenuo, o el comportamiento que esperaríamos de cualquier persona racional? ¿En qué clase de mundo vivimos si alguien puede pensar que lo maduro sería pegarle un puñetazo?





EL ULTIMO DIA DE «CHATARRERO»
Se trata de un toro de pelaje cenizo, que vivió sus primeros años en las dehesas de Lanzahíta, en Ávila, hasta que la Casa de la Misericordia pagó el precio para verlo ser torturado y asesinado en Pamplona.
Sí: los organizadores de las corridas de toros en San Fermín son una fundación católica que financia su actividad gracias a la sangre de animales inocentes como Chatarrero.
Un día como cualquier otro, un camión llegó y lo encerraron en ese cajón oscuro y sofocante. Ese sería el último instante en que sus patas sintieran la hierba o pudiera respirar aire fresco.
450 km. de pesadilla y sudor después, Chatarrero llegó a los Corrales del Gas junto a sus compañeros. Ahí pasaría casi una semana, sobre arena y paja húmeda por sus propias heces y orina. La acidez del aire lo altera. Hay miedo en el ambiente, ruidos a los que no está acostumbrado, sin salida.
Una noche, sin previo aviso, lo sacaron a la carrera para subir una cuesta entre gritos, varas de pastores y farolas, para llegar al borde de la Cuesta de Santo Domingo. Agitado, inquieto, insomne… no tenía idea de que ese amanecer marcaría también el último día de su vida.
Su verdugo, un torero colombiano, seguramente dormía plácidamente en su hotel en ese preciso momento.
Muy temprano ese sábado, a las ocho en punto de la mañana, un estallido de pólvora dio comienzo al calvario. Los cabestros son ahuyentados para provocar una estampida, y no puede evitar correr tras ellos. La única manera que tiene para defenderse es huir.
Su número 19 lo distingue entre la muchedumbre, marcado a fuego en su lomo. Tropezó dos veces. En cada caída, las piedras arañaban su costado como advertencias. Es media tonelada de peso y unas patas que no están hechas para correr en ese terreno tan duro. Los corredores lo rodeaban, gritaban, le daban palmadas con fuerza, aterrorizaban.
Él solo buscaba una salida, un camino de vuelta a las colinas de Ávila.
Cuando el portón de la plaza se cerró tras él, el mundo se volvió amarillo y cruel. El albero ardía bajo sus pezuñas. Olía a sangre vieja, vino agrio y miedo. Lo encerraron en un corral oscuro, a la espera de la tarde. Era el cadalso de un condenado a muerte. No comió ni bebió.
Cuando estás tan agotado y nervioso, el tiempo sucede con otra velocidad. Lo condujeron a un pasillo que creyó confundir con una salida. ¿Todo había terminado? Al salir a la luz nuevamente, estaba rodeado completamente por un público estridente, hasta donde la vista alcanza. No importa dónde mire ni busque asilo. No hay escapatoria.
De repente, el caballo blindado emergió con un monstruo subido a su lomo. El picador hundió la pica. Un dolor incendiario le desgarró el cuello. La sangre brotó caliente. Intentó librarse de esa tortura empujando al caballo con sus astas, bajando la cabeza, pero el dolor en la espalda aumentaba.
Cuando eso cesó, vinieron las banderillas.
Cuatro arpones le atravesaron el dorso. Cada uno desagarraba su carne para impedir que las heridas se cerraran. La plaza rugía «¡olé!». Chatarrero intentó arrodillarse, exhausto. ¿Dónde habían quedado las colinas? ¿El viento entre los árboles? Solo veía la muleta de acero del matador brillando a lo lejos.
El estoque del torero Juan de Castilla encontró su lomo. Un frío metálico le partió los pulmones. Cayó de rodillas, pero su corazón seguía latiendo. Tardaron. Siempre tardan.
En un arranque de furia y dolor, Chatarrero embistió y logró hacer huir al mequetrefe que lo torturaba con vileza. Fue el único instante en que creyó que podría salir con vida de este lugar.
Jadeó mirando al público: miles de ojos que veían «arte» donde solo había dolor. Donde solo y únicamente hay dolor.
El torero volvió y le atravesó los pulmones con su espada. Se le llenaron de sangre hasta ahogarlo, hasta vomitar sangre… un espectáculo macabro que los aficionados agradecen y aplauden, en una escena vergonzosa que sólo revela lo más bajo de la condición humana.
Un puntillero se acercó sigiloso y le cercenó su nuca, para inmovilizarlo antes de sacarlo a rastras de la arena. No para aturdirlo o darle un final rápido, sino sólo para que su cuerpo dejara de moverse, aunque luchara aún por respirar… por seguir viviendo.
Su último suspiro fue un aliento mezclado con sangre, polvo y arena, amarrado de las patas. En ese preciso momento, Chatarrero dejó de ser un animal para convertirse en un saco de carne. Tres euros el kilo. Para la Casa Consistorial y los aficionados a la tauromaquia, todo se resume a dinero y aturdir la empatía.
Yo no quiero aceptar que Chatarrero desaparezca como una estadística o un número en el cartel taurino, ni mucho menos como trozos de carne en un mercado. Chatarrero debe quedar en nuestra memoria, porque se lo debemos.
Estamos luchando todos los días para que su historia no vuelva a repetirse… y que no perdamos de vista a cada individuo en esa enorme cifra que asciende a miles de animales cada año que padecen lo que él.
Hoy su mirada me persigue. Esa pupila negra y húmeda que parece preguntar «¿por qué?» mientras la espada se hundía. Por eso te ruego, con enorme rabia y esperanza: no permitas que su sufrimiento sea olvidado.
Aida Gascón, AnimaNaturalis.