Las razones de Gaia

El catedrático Alberto Sanz Cobeña escribe este texto a modo de homenaje a James Lovelock y su Teoría de Gaia en el segundo aniversario de su muerte.
Las razones de Gaia
Foto: NASA.

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Dos personas caminan entre las casas y los árboles de una zona residencial a las afueras. Hace calor. Finales de junio en España. El futuro posible de los informes del IPCC de hace dos décadas es hoy sofocante presente. Y la evidencia del calor sobre la piel humana y de la tierra parece ser insuficiente para acometer cambios sociales profundos que nos alejen de un futuro incierto como sociedades.

Los dos son padres. Uno es el hijo del otro.

El hijo calla y piensa en cuan cansado está, bajo ese calor que anuncia un verano tórrido, otro más, en el que las olas de calor se sucederán. Piensa mientras escucha a su padre. Piensa en la fatiga que le ha traído su reciente contagio por COVID –el segundo desde que arreció la pandemia–, el cual le sorprendió horas antes de emprender un viaje a un congreso científico fuera de España.

Entre sus pensamientos de los últimos días durante el aislamiento autoimpuesto para no contagiar a su mujer y a su hijo de dos años, domina el recuerdo de la pandemia, del confinamiento. Tan limitado en el tiempo, pero tan inmenso y duradero en el recuerdo colectivo. Piensa, desde la cornisa de su hipocondría, en el COVID persistente, en efectos secundarios permanentes, en lo que la Ciencia aún desconoce –tanto– sobre esta enfermedad, y sobre las que vendrán a lomos de un voraz y desacomplejado ‘desarrollismo’ que hunde sus garras en el extractivismo sin escrúpulos y sin horizontes. Pero, sobre todo, piensa en que ojalá no haya contagiado a I., su mujer, y a E., su maravilloso hijo.

Tras tres días confinado y en reposo, sintiendo un cansancio y fatiga tan bien descrito en las páginas de Google que ha visitado, y con una clarividencia que cree fruto del reposo y la posibilidad de ‘no hacer’ durante varias horas seguidas, se ha sentido mejor y ha propuesto este paseo a F., su padre.

F. está jubilado y pasa el tiempo compartido con P., su mujer, atendiendo –jugando arriesgadamente– a sus tres nietos y cuidando de sus colmenas.

Sintiendo el cansancio en sus piernas y en el aliento que le falta bajo ese sol de finales de junio, C. levanta la vista mientras escucha a F. Mira la enormidad de las montañas que se levantan unos 20 km al noroeste. 

La conversación, a la que a duras penas puede contribuir, conduce a una serie de reflexiones de F. sobre el papel que los diferentes componentes de eso que James Lovelock definió elegantemente como Gaia en su magnífica Las edades de Gaia se retroalimentan y cooperan entre sí para mantener cierto desequilibrio en el planeta Tierra y posibilitar, en consecuencia, que se dé la vida por aquí, tal y como la conocemos. 

Inevitablemente, las reflexiones de F. conducen al vuelo de la abeja obrera, a su trabajo comunitario para sostener al todo que es la colmena, y su papel como agente polinizador. C. le hace notar que la abeja Apis melífera no es tan fantástica para su entorno como le puede parecer a él, en tanto que muchas especies de abejas y abejorros silvestres desaparecen por la expansión de la primera. 

F. calla un momento y sigue con su reflexión. «Sí, pero incluso Apis melífera, aceptando esos impactos negativos para su entorno, aporta al sistema. Pero ¿qué aportamos nosotros? ¿Qué rol tenemos los seres humanos en Gaia con nuestro permanente, insensato e infinito afán destructivo? ¿Qué hace que sigamos aquí si estamos agrediendo al sistema que nos acoge de forma continuada y creciente?».

Silencio. 

Ya arriba de una cuesta, sobre el puente de madera que permite sortear la carretera comarcal, C. se gira hacia su padre y, jadeante, le dice: «Lo cierto es que esa actitud dominadora, egoísta e hiperextractiva que conduce inexorablemente al sálvese quien pueda podría contradecir la teoría de Gaia en sí misma».

Tras cruzar el puente, ante la inmensa cadena de montañas y frente a la silueta de un lagarto ocelado que disfruta, desde una tapia cercana, de los últimos rayos de sol en uno de los días más largos del año, C. añade: «…o quizás el fin último de Homo sapiens, desde la perspectiva de Gaia, sea ayudar a su reproducción como superorganismo. No solo en el tiempo sino también en el espacio. ¿Y si el fin último del ser humano, de Homo sapiens, en Gaia es que la especie quizás más inteligente y evolucionada que ha cobijado, esos «monos inteligentes y tristes«, pese a su afán destructivo,  sea capaz de desarrollar los procesos y mecanismos que lleven a la propia Gaia a poblar otros lugares en el universo, a expandirse en el espacio, a reproducirse?, ¿y si la egoísta, al fin y al cabo, es la propia Gaia?”.

Mientras un óvalo incandescente se oculta en el extremo occidental de la cadena montañosa, C. piensa en un manto de vida, repleto de desequilibrios bióticos, cubriendo otros planetas del sistema solar, en donde, según Lovelock, Gaia no había conseguido establecerse y la vida no se abrió camino. En esta ocasión, Gaia se expende en placas Petri, tubos de ensayo, laboratorios móviles… y lo hace a través del ingenio de estos seres empecinados en destruir tanto en tan poco tiempo, pero capaces de sucesos maravillosos tales como viajar más allá de la atmósfera terrestre, domeñando el viento del sol hasta mundos por explorar.

«Entonces, seríamos un medio para Gaia. Un canal necesario para su propagación en el sistema solar. Pese a nuestra incesante tendencia a extraer recursos como si fueran eternos, a las alteraciones que producimos en los ecosistemas y en los patrones climáticos. Un mal menor para Gaia, que seguirá existiendo tanto aquí como allí, con o sin Homo sapiens a bordo… Pero sin nuestra capacidad de proyectar y de crear, imposible trascender la atmósfera terrestre», reflexionó F.

El lagarto y el sol desaparecieron poco después.

Alberto Sanz Cobeña es catedrático en la Universidad Politécnica de Madrid, apicultor en prácticas permanentes y fan de la comunicación científica a la sociedad. Este texto pretende ser, sobre todo, un pequeño homenaje a James Lovelock y su Teoría de Gaia en el segundo aniversario de su muerte.

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