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En el madrileño distrito de Retiro viven 120.000 personas y no existe ninguna piscina pública al aire libre. Durante el verano todo lo que hay para refrescarse es una fuente ornamental con chorros de agua que salen del suelo. Un lugar que hace las delicias de los más pequeños y que se ha convertido en punto de peregrinaje familiar en cuanto llegan los calores, especialmente entre quienes tienen menos recursos económicos.
Mi peque y yo somos asiduos, y nos encanta ver cómo la fuente funciona como un refrescante espacio de encuentro y socialización, no reglado y gratuito. Este uso de la fuente no estaba contemplado por sus diseñadores, ni cuenta con la complicidad institucional; es fruto de la apropiación ciudadana durante una década. La Junta Municipal suele pegar carteles prohibiendo el baño, cada año más grandes, y recurrentemente apaga la fuente, incluso durante las olas de calor. No saber si estará en funcionamiento es una forma de disuadir a la gente para que no acuda.
Las asociaciones vecinales llevan años pidiendo que se hagan las mejoras necesarias para que cumpla con los criterios de salud pública y se homologue como zona de baño, pero el Ayuntamiento se niega alegando cuestiones de salud pública. Aunque también han argumentado que no consideran decoroso ese uso del espacio público, todo aderezado con un tono de clasismo. Este refugio climático espontáneo ayuda a sobrellevar el calor con alegría, denuncia la inacción en la adaptación climática de la ciudad y muestra que el diseño urbano podría ser diferente.
Resignificar la piscina como un derecho colectivo
Muchas grandes ciudades adolecen de una enorme falta de zonas de baño y refresco públicas. Igual que se ha dejado de construir mercados municipales y se ha delegado el satisfacer las necesidades alimentarias de los nuevos barrios en los supermercados, se ha dejado de construir piscinas públicas y se ha delegado esta tarea en las urbanizaciones privadas. Las soluciones pasan por el mercado y lo privado: quien no pueda costearlas que se aguante y sobreviva como pueda.
Madrid tiene una de las peores ratios de piscinas públicas de verano de España. Una piscina por cada 140.000 a 145.000 habitantes. Solamente cuenta con 25 piscinas municipales al aire libre para sus más de 3,5 millones de residentes. En cambio, es el lugar con más piscinas al aire libre privadas del país con 14.757. Los datos salen del demoledor informe Madrid no es ciudad para chapuzones, elaborado por la Plataforma por la Remunicipalización y Gestión Directa de los Servicios Públicos y la FRAVM.
A lo mejor ayuda ponerlo en perspectiva con Islandia, el país con más piscinas públicas del planeta. Con una población de 390.000 habitantes, cuenta con más de 120 piscinas públicas. Una media de unas 23,5 piscinas por cada 100.000 residentes. Allí la piscina no es una simple dotación deportiva, sino verdaderos espacios comunitarios asociados al Estado del Bienestar.
Una piscina no es solo un agujero azul lleno de agua. Son lugares tan cargados de historia, cultura y simbolismo que puede escribirse una Piscinosofía. Hay piscinas privadas que ofrecen un lujo privado para quienes pueden disfrutarlas en libertad y sin horarios. Hay piscinas de urbanizaciones donde se comparten entre semejantes, pertenecientes a una misma extracción socioeconómica. Hay piscinas públicas entendidas como equipamientos democratizadores del frescor y la alegría. En bañador, las diferencias de clase se diluyen y la convivencia parece más sencilla.
Mojarse por los oasis urbanos
Los oasis son esos ecosistemas más frágiles que existen en el planeta, burbujas de vida rodeadas de hostiles desiertos. Además de ofrecer agua y alimento a quienes habitan en sus proximidades, sirven para abastecer a las caravanas que atraviesan los mares de dunas. Localizaciones imprescindibles para que la vida pueda reproducirse en entornos hostiles. Estos han sido considerados lugares sagrados, que debían protegerse y cuidarse mediante estrictas reglas de mantenimiento de forma que se garantizara su continuidad en el tiempo.
El desierto se hace habitable y transitable por su existencia, son lugares donde reponer fuerzas y tejer alianzas para hacer frente a las adversidades. Espacios de acogida, proclives a tejer complicidades, estimular la cooperación y pacificar las relaciones. Hace un tiempo escribí sobre ellos como metáfora de esos lugares construidos mediante una artesanía institucional capaz de generar lugares que promuevan el contacto entre diferentes y las dinámicas comunitarias.
En un contexto de emergencia climática, con olas de calor recurrentes que achicharran y dificultan la habitabilidad de las ciudades, el derecho al fresquito y al chapuzón deben plantearse como reivindicaciones esenciales. En ellas nos jugamos la salud pública, pero también la felicidad y la posibilidad de redescubrir la importancia de lo colectivo.
Este verano, Más Madrid ha propuesto la creación de una Red de Oasis Climáticos, 181 espacios públicos y equipamientos existentes capaces de ofrecer sombra, agua, vegetación, descanso y actividades de forma gratuita. Un archipiélago de infraestructuras concebidas para satisfacer necesidades a la vez que se hace sociedad, combinando espacios cerrados con la transformación de espacios públicos, con decenas de nuevas plazas con chorritos de agua. Y no es solo una buena idea en abstracto, sino que se ha mapeado e identificado estos lugares, cruzando variables como vulnerabilidad térmica, densidad de población y centralidad para poder acceder.
La única pega a este plan sería la ausencia de referencias a modelos de gobernanza más participativos, que permitieran impulsar una cooperación público-comunitaria. Una oportunidad para el desarrollo en proximidad de marcos de colaboración estables y transparentes entre las administraciones y los tejidos sociales, guiados por la ausencia de ánimo de lucro y los principios de justicia, equidad, universalidad y sostenibilidad. En la práctica, se trata de construir una noción expandida de lo público basada en el reconocimiento de nuevas modalidades de gestión que promuevan la implicación de la ciudadanía.
Distintas ciudades han entendido que las conexiones y vínculos sociales están en el centro de la resiliencia urbana, pues contribuyen de forma determinante a la capacidad de los residentes locales para adaptarse y hacer frente a las crisis. Londres, París o Tesalónica han incorporado todas estas cuestiones en sus estrategias de resiliencia, pues estos ecosistema locales de organizaciones, redes y servicios locales, apoyados por distintos tipos de edificios y espacios físicos, contribuyen a mejorar la calidad de vida, facilitan la creación de relaciones sociales y fomentan la participación cívica.
Hay una novela de John Cheever llamada El nadador donde narra la ocurrencia de un hombre de clase media-alta de una zona residencial, que decide regresar a su casa nadando a través de las piscinas de sus vecinos. Lo que comienza como una veraniega ocurrencia festiva, con cariñosas acogidas e invitaciones, se transforma paulatinamente en una experiencia desoladora, llena de reproches, hipocresía y desconfianza. Nos encontramos en una encrucijada y nos toca escoger entre ser ese nadador individualista, para terminar alquilando piscinas particulares en empresas como Cocopool y Swimmy, o mojarnos para que esos oasis se hagan realidad. No en vano, Mario Benedetti decía que en ciertos oasis el desierto es solo un espejismo, pues nos permiten anticipar y vivenciar muchos de los rasgos que contiene la ciudad que desearíamos habitar.
En 2018 el climatólogo Ed Hawkins popularizó su esquema de franjas de calentamiento, como un ‘código de barras’ visual donde cada franja vertical representa la temperatura media de un año específico, mostrando el paso del azul (años más fríos) al rojo (años más cálidos). Hubo un tiempo de veranos azules, inevitablemente nos encaminamos a veranos más rojos. Sobrevivir en el rojo nos obliga a comprometernos en democratizar el derecho al azul.

