Volver al pueblo: la tensión entre la idealización y el lado oscuro del cine ‘neorrural’

Desde 2020, el cine español ha cosechado una ola de títulos ambientados en el regreso al pueblo o la España vaciada, con la ganadora del Oso de Oro de Berlín 'Alcarràs' (2022), de Carla Simón, a la cabeza y títulos como 'El agua' (2022), de Elena López Riera, o 'Secaderos', de Rocío Mesa.
Volver al pueblo: la tensión entre la idealización y el lado oscuro del cine ‘neorrural’
'Secaderos', de Rocio Mesa. Foto:

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“En 2019 me quedé sin trabajo en Barcelona y tuve que volver a vivir con mis padres en Binéfar, ayudando en su granja. Llevaba años pensando en hacer una película sobre cómo era la vida allí, los problemas de pueblos como el mío, y elegí ese momento”, explica al teléfono Raúl Capdevila, cineasta, granjero y director de Los saldos (2022). 

En este documental narra más o menos un año en el trabajo de su padre al frente de su granja de cerdos, su convivencia como pequeño ganadero con el matadero de una gran multinacional y los problemas del día a día en un pequeño municipio de la provincia de Huesca. Rodado con narrativa visual de un wéstern, hay poco de heroico en su historia, más bien una descripción realista de las victorias y derrotas posibles, que empieza con su regreso como parado desde la gran ciudad.

“Mi vuelta a casa la incluí como parte de la película porque es un poco el desencadenante y en Los saldos yo estoy volcando mi visión del rural, digamos, pero no me parece lo fundamental”, aclara. “Si la rodé como una película del oeste, digamos, aparte de porque a mí me guste ese género o por el rollo gafapasta o cinéfilo, es por el paralelismo, que para mí estaba claro. entre agricultores y ganadores y el vaquero del wéstern crepuscular, al que se le dice que su misión civilizatoria ha terminado y que le toca desaparecer”.

De la pandemia no salimos mejores, pero sí hablando mucho de la relación entre campo y ciudad. En las noticias, pero también en el cine, desde la ficción o el documental, mitad por su capacidad para olisquear el subconsciente colectivo, mitad como un deseo explícito de algunos creadores de retratar los debates actuales sobre despoblación, cambio climático y seguridad alimentaria que atraviesan la crisis perpetua del rural.

“Para mí si ha sido un regreso. Para empezar, porque ahora vivo en un pueblo, aunque no sea el mío, pero también porque de alguna manera rodar fue la forma que encontré de regresar a mis raíces”, explica Rocío Mesa, directora de Secaderos (2022), una fábula ambientada en la Vega de Granada y sus secaderos de tabaco, con guiños a Mi vecino Totoro (1988) de Hayao Miyazaki y al realismo mágico. “Cuando yo crecía era un vergel, un terreno llano y verde a las faldas de Sierra Nevada, con cultivos de regadío, con lo escaso que es eso en Andalucía. A día de hoy es una zona dormitorio de Granada capital llena de casas unifamiliares, porque se han convertido en edificables terrenos que eran un tesoro”.

Mesa vivió 10 años en Los Ángeles y desde ahí comenzó a planificar su película, como “una trampa” para volver a casa. Con ella fue premiada en festivales como San Sebastián o el South by Southwest de Austin, Texas. Secaderos es la historia de una niña, de familia granadina pero que vive en Madrid y pasa un verano en la Vega, y de una adolescente que trabaja en el tabaco con sus padres y quiere marcharse. “Son cosas que quieres contar en tu nombre y de todas las personas con las que creciste”, añade.

La ola del ‘neorrural’

En el cine español se habla del ‘neorurral’, una corriente de filmes, al calor también de las escuelas de cine ECAM y ESCAC y laboratorios de desarrollo como el de Tabakalera de San Sebastián, que han puesto la mirada en el campo en términos diferentes a los de generaciones anteriores de cineastas. Su máximo exponente sería la Alcarràs (2022), de Carla Simón, ganadora del Oso de Oro en Berlín y que recaudó más de dos millones de euros en cines pese a las restricciones gracias a ser adoptada como propia por el campo catalán.

Por un lado, tenemos una gran cantidad de óperas primas con dicha temática, además de la elección de actores naturales o no profesionales para los papeles protagonistas, una huida de esquemas narrativos tradicionales y una búsqueda del naturalismo narrativo.  

Ahí podrían situarse Destello bravío (2021), de Ainhoa Rodríguez; El lodo (2021), de Iñaki Sánchez-Arrieta; Rendir los machos (2021), de David Pantaleón; Tros (2021), de Pau Calpe; Suro (2022), de Mikel Gurrea; El agua (2022), de Elena López Riera; Matar cangrejos (2023), de Omar A. Razzak; Tierra de nuestras madres (2023), de Liz Lobato, o Antier noche (2023), de Alberto Martín Menacho, entre otras. También, en un registro más académico, la ganadora del Goya a Mejor Película As bestas (2022), de Rodrigo Sorogoyen.

Y, por supuesto, comedias como Un hípster en la España vacía (2024), de Emilio Martínez-Lázaro, y que se encuentra en las antípodas: producida por Amazon Prime Video, con reparto de actores famosos de comedias y dedicada a ridiculizar a los “progres” de ciudad, aunque sin reflejar un solo problema real del campo español. No así El pueblo (2019-2023), la serie de Alberto y Laura Caballero, que pese a su mala fama asume la desplobación o los proyectos renovables extractivistas como retos de esas zonas.

Una cantidad de proyectos paralelos que, por los tiempos de producción del cine independiente –donde entrarían Capdevila, Mesa, la mayoría títulos de un par de párrafos más arriba e incluso el cine de Carla Simón–, es imposible que pudiesen influirse unos a otros, pues todos arrancaron sin ver las películas de los demás. “Fue una sorpresa muy bonita: aunque tú creías que estabas trabajando sola en un proyecto, resulta que no, que formabas parte de un tejido comunitario que todavía no conocías”, dice la directora granadina.

«Tiene que ver –añade– con la ruptura del techo de cristal de clase. En los últimos tiempos hemos visto cómo la clase obrera también ha podido hacer cine y contar historias en primera persona que le apelaban. Y aquí es donde yo veo que entra lo rural”. También destaca la incorporación a los repartos de gente de la zona: «Hemos visto en pantalla grande, en películas nominadas a los Goya o los grandes festivales toda clase de acentos. El acento catalán del interior en Alcarràs o el de Granada en mi película u otros de Murcia o Alicante en El agua, que estaban excluidos del cine tradicional”.

Capdevila no es tan optimista con lo que significa esta oleada de cine rural: “Creo que la representación del campo, siempre por oposición a la ciudad, va variando con las crisis económicas. Por ejemplo, en tiempos de bonanza, cuando todo va bien, el rural es algo primitivo, donde ocurren las mayores barbaridades. Pero en época de crisis es un lugar idílico, al que hay que volver. A mí me trae de cabeza el cómo representarlo bien, es algo a lo que le doy muchas vueltas. Las grandes imágenes mediáticas, sean en el cine, la televisión o donde sea, en general, están bastante edulcoradas. Hay como miedo a mostrar la parte fea de la ganadería, o de la industria cárnica, por ejemplo”.

Regreso digital

“Estuvimos trabajando en la película casi siete años, y yo pensando en ello desde 2016, que hice un corto documental sobre la despoblación”, explica Miguel Santesmases, director de Tierra baja (2025), estrenada este último enero y ambientada en un municipio de la provincia de Teruel. “El de mi abuela, donde mi familia tenía una casa, que hemos usado para rodar. Lo empecé a pensar y aún no había sido la pandemia, ni nadie se iba a los pueblos”, cuenta.

El proyecto de Miguel Santesmases es casi lo opuesto a los de Mesa y Capdevila y muy diferente en la producción a otros de los mencionados. Para empezar, él mismo es un cineasta veterano, con más de 30 años de experiencia escribiendo o dirigiendo, frente a los jóvenes directores y directoras del neorrural. También su drama tiene como protagonista a la mismísima Aitana Sánchez-Gijón, que recogía el Goya de Honor 2025 este febrero mientras la película estaba todavía en los cines. 

El núcleo de la historia era un reencuentro, el de una veterana guionista de cine, ya en sus 50, que decide retirarse y tropieza con un antiguo amor, de hace más de 20 años, que le confiesa que sigue enamorado de ella. Pero Santesmases decidió añadir el contexto, hacer que la protagonista heredase una masía como la de su abuela e intentase ponerla en marcha.

“Pasé casi 10 años sin pisar el pueblo y al volver me encontré con que había perdido mucha gente y, sobre todo, que muchas tierras iban a dejar de cultivarse porque trabajarlas no da dinero suficiente. Las explotaciones agrícolas pequeñas como la que ella intenta poner en marcha no son rentables, se van a perder. Aunque el argumento fuese otro, me interesaba mucho ese contexto”, explica.

Quiso huir “del costumbrismo» que a veces se hace en España: «Me pone muy nervioso. Quería reflejar que la vida en un pueblo no tiene inquietudes tan diferentes a la de la ciudad. Tienen algunos problemas diferentes, como que no nacen niños, que se quedan vacíos, pero también una vida cultural y una identidad. Igual Tierra baja no tiene respuestas a cómo arreglar esos problemas, pero al menos plantea las preguntas con realismo, o eso he intentado”.

En el equilibrio de la protagonista ficticia de Santesmases se encuentran en la vida real Mesa o Capdevila. Ella nota que muchas personas, ella incluida, se han decantado por una vida rural: «Lo hacemos porque tenemos trabajos que nos permiten hacerlo online. Es decir, que de alguna manera habitamos el rural, pero no formamos parte proactiva de él. Eso me preocupa, y me preocupa que no lo recoja el cine que se hace sobre esto: llegar desde una posición de privilegio digital y no colaborar con nuestra comunidad de forma responsable, como un regreso en falso”.

“A día de hoy sigo viviendo en Binéfar con mis padres”, explica, por su parte, Raúl Capdevila, para despedirse. “Por la mañana ayudo en la granja y por las tardes trabajo editando desde aquí para el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) y haciendo algún trabajillo más para amigos, en proyectos audiovisuales pero un poco por amor al arte. También veo si saco adelante un nuevo proyecto de largometraje, aunque es complicado. Pero vamos, que la médula de mi existencia sigue siendo la granja”.

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  1. Stop Ganadería Industrial se reúnen con la consejera de Desarrollo Sostenible para hablar de la finalización de la moratoria de macrogranjas y el nuevo decreto de purines.
    El nuevo decreto de purines dejaría fuera a las macrogranjas de menos de 2.500 plazas, el 40% de las instalaciones actuales en Castilla-La Mancha.
    La reactivación de los 61 proyectos pausados supondría un incremento de 362.863 cabezas, un 19% más de cerdos y afectaría a 43 municipios de Castilla-La Mancha.
    Ecologistas en acción defiende que el actual modelo de negocio favorece a las grandes empresas integradoras y perjudica a los pueblos donde se instalan y a los empresarios locales.
    El pasado 28 de febrero, representantes de Stop Ganadería Industrial (organización estatal a la que pertenece Ecologistas en Acción) se entrevistaron con Mercedes Gómez, consejera de Desarrollo sostenible de Castilla-La Mancha, en Toledo, para expresar sus inquietudes ante el fin de la moratoria y la posible reactivación de los 61 expedientes que esta paralizó.
    También se comentó en dicha reunión las exenciones del decreto de purines, ya que el motivo argüido por la Consejera para dejar fuera de dicho decreto a las instalaciones de menos de 2.500 cerdos de cebo fue que se las obligaría a cerrar. Toni Jorge, coportavoz de Ecologistas en Acción de la Manchuela puntualiza que las macrogranjas de menos de 2.500 plazas de cebo, representan más del 40 % de la producción de porcino de la región y la inmensa mayoría se encuentra en régimen de integración. Lo que supone que todos los gastos de la explotación corren a cargo del empresario integrado (ganadero dueño de la instalación) y en numerosas ocasiones son sufragados mediante subvenciones públicas.
    Según Toni Jorge resulta escandaloso que, sin embargo, las integradoras (grandes empresas que suministran los insumos y compran los animales) no corran con ninguno de estos gastos, cuando son las que se enriquecen con los beneficios y las principales responsables de la actual burbuja de las macrogranjas.
    Desde Ecologistas en Acción también denuncian que la “uberización” del sector, la precariedad laboral y la falta de salidas a las que se condena a los empresarios ganaderos del porcino, entrampados en deudas, “las agresiones medioambientales continúan y el beneficio de la actividad se va a otros lugares” sentencian…

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