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Ferran Campillo es un pediatra que prescribe naturaleza. Trabaja en la Unidad de Salud Medioambiental Pediátrica (PEHSU, por sus siglas en inglés) del Hospital d’Olot i Comarcal de la Garrotxa (Girona), desde donde abordan cómo inciden el medio ambiente y el entorno en la salud de la infancia y la adolescencia.
Además de atender a pacientes y sus familias en consulta, desarrolla programas de cribado medioambiental del embarazo, promueve actividades comunitarias al aire libre y está implicado en varias líneas de investigación como cambio climático y salud pediátrica. El especialista alerta de los múltiples peligros que amenazan la salud de nuestra infancia en un planeta contaminado, pero se muestra convencido de la posibilidad de adoptar cambios para revertirlos.
¿Cómo detectan factores medioambientales que pueden afectar a los menores?
Una de las herramienta de cribado que utilizamos es la Hoja Verde, un documento que sirve para detectar los riesgos medioambientales desde la etapa del embarazo y para hacer intervenciones y mejorar la salud del bebé. Hay situaciones fáciles de detectar como la relación entre el tabaco si los padres fuman y los problemas respiratorios, pero también analizamos la exposición a pesticidas o a elementos tóxicos que hay en los trabajos de los futuros padres, por ejemplo.
También trabajamos en factores protectores. El riesgo cero no existe en el planeta, pero podemos prevenir muchos riesgos mediante el contacto con la naturaleza. Aquí estamos en la Garrotxa, una zona con un parque natural y paisajes impresionantes, y tenemos muchas parejas embarazadas que no pisan un bosque o una playa en un año. Les aconsejamos que lo hagan.
«Los niños que viven en barrios donde hay más tráfico a motor suelen tener peor rendimiento escolar»
¿Qué relación tiene la contaminación atmosférica con el rendimiento escolar?
La contaminación atmosférica es un fenómeno neurotóxico. El mecanismo fisiopatológico de esto todavía no se conoce muy bien, pero se cree que puede producir algún tipo de inflamación a nivel cerebral y que, por tanto, hace que no se puedan desarrollar las conexiones necesarias. Se ha visto que los niños que viven y van al colegio en barrios donde hay más tráfico a motor suelen tener peor rendimiento escolar, peor puntuación en escalas de atención, memoria de trabajo, en definitiva, a nivel cognitivo.
Muchas veces estas escuelas tienen pocas zonas verdes, mientras que los niños de barrios más acomodados tienen más zonas verdes. Aquí tenemos un tema de justicia social o de equidad en las oportunidades de aprendizaje. Probablemente, estos efectos que se dan durante el embarazo y durante los primeros años de vida sean irreversibles. El potencial desarrollo cognitivo al que podría haber llegado una criatura, se ve restado si está expuesto crónicamente a la contaminación del aire y, por tanto, va a tener menos oportunidades a la hora de acceder a trabajos o estudios.
¿Se debería reducir el tráfico en los entornos escolares?
Uno de los factores que más afecta a la infancia es su nula capacidad de decisión. Muchas veces los niños dicen a través de cartas o vídeos que alrededor de sus escuelas no debería haber tráfico motorizado y esto repercutirá en su nivel académico y en la salud global.
Además, los accidentes de tráfico son una de las mayores causas de muerte de gente joven. Igual que hemos asumido que las escuelas o los hospitales son espacios libres de humo del tabaco, es importante que asumamos que las escuelas deberían ser espacios libres de tráfico. Considero un anacronismo que hoy tengamos máquinas que hacen ruido y humo alrededor de los lugares donde tenemos el futuro de nuestros países.
Vamos mal si en ciudades como Madrid o Barcelona hay partidos políticos que intentan tumbar las zonas de bajas emisiones, ¿no?
Sí. Las zonas de bajas emisiones se ha visto allí donde se han implementado que tienen ventajas a la hora de reducir la contaminación ambiental. Seguramente no son la panacea y se tendrán que hacer otras cosas, pero las zonas de bajas emisiones están en la buena dirección para solucionar este problema. En ciudades del Reino Unido o de Países Bajos se asume mucho más que el camino para ir a las escuelas debería ser libre de tráfico motorizado.
Cuando le pedimos a las familias que vayan a la escuela a pie o en bicicleta les estamos dejando en una situación de vulnerabilidad porque, a menudo, no lo pueden hacer de manera segura. Por eso deciden ir en un vehículo y es un pez que se muerde la cola. Necesitamos entornos escolares seguros, y es verdad que hay ayuntamientos que se han puesto a ello, pero como dices, luego puede venir otro partido y deshacer el camino. Por tanto, necesitamos acciones que vengan desde más arriba.
«Ingerimos una cantidad relevante de microplásticos y no sabemos qué impacto va a tener»
Hay constancia de microplásticos en la placenta y en la leche materna. También hay estudios que alertan de la presencia de elementos químicos de los envoltorios plásticos en muestras humanas. ¿Es la contaminación de plásticos una amenaza para la salud humana?
Es algo que nos preocupa mucho. En Estados Unidos hay estudios sobre la economía de la salud que indican que la exposición a disruptores endocrinos, muchos de ellos relacionados con los aditivos del plástico, tienen un impacto muy relevante a nivel de costes sanitarios. Hay un estudio que cifra este coste en el 1,23% del PIB europeo. En Estados Unidos miran mucho la pela, aquí la deberíamos mirar más.
Si queremos que la sanidad pública sea sostenible a largo plazo debemos salir de las consultas y atender otras cosas. El sistema sanitario influye solo en un 20% en los determinantes de salud, en si estamos sanos o no, el resto viene dado por factores como el lugar en el que vivimos, los hábitos que tenemos o nuestra biología. Debemos incidir en la exposición a los microplásticos. Un problema que es muy importante aquí porque el Mediterráneo es una de las masas de agua más contaminadas por microplásticos del planeta y porque somos un país que consume mucho pescado. Ingerimos una cantidad relevante de microplásticos que no sabemos qué impacto va a tener.
Explicaba en su conferencia en La Uni Climática que el cambio climático afecta especialmente a la salud de la infancia y la adolescencia. ¿Por qué?
La OMS estima que los menores de cinco años soportan el 88% la mortalidad y las enfermedades asociadas al cambio climático. Estamos terminando ahora un informe en el que vemos cómo se han incrementado las consultas relacionadas con el calor en las urgencias pediátricas a nivel español. El cambio climático es un problema de salud pública y que está afectando especialmente a pediatría.
La infancia es especialmente vulnerable al cambio climático y a los factores medioambientales por varios factores, como sus características anatómicas y fisiológicas. Normalmente, están alrededor del metro de altura y es ahí donde se concentran muchos de los contaminantes del aire. El cambio climático puede provocar un efecto sinérgico con la contaminación atmosférica. Cuando hay un incendio forestal o un episodio de polvo, por ejemplo, la infancia está más expuesta.
Además, respiran la contaminación del aire más veces por minuto y respiran más volumen de aire por kilo de peso que los adultos y eso hace que sean especialmente vulnerables a recibir más carga tóxica. Una vez entra en su organismo, también les cuesta más eliminarla. Y si los efectos se producen a diez años vista, no es lo mismo que le ocurra a una persona de 70 años que a una de cinco años o, incluso, en la etapa prenatal.
También sabemos que cuando hay fenómenos extremos relacionados con el cambio climático como inundaciones, los niños y niñas están más expuestos a infecciones como las gastroenteritis y se deshidratan más fácilmente. Son datos que deberían alertar no solo a los pediatras, sino a la sociedad en general. Las próximas generaciones tendrán que convivir con estos retos tan importantes para su salud.
Es un problema de ahora, no solo del futuro. Los niños y niñas ya sufren más olas de calor, y de mayor duración e intensidad, algo especialmente difícil para los bebés, que no pueden regular su temperatura.
Exacto. Y esto irá a peor. Aunque cumplamos con los acuerdos climáticos, pasarán décadas hasta llegar a las temperaturas que teníamos en los años 70. Como padre, esto me preocupa y me entristece. Pero siempre digo que tenemos muchos retos y esto no nos tiene que paralizar, al contrario, nos debe activar para establecer cambios. Mi profesor siempre me decía que debemos hacer ciencia con conciencia, y pienso que poner datos a estas realidades debería ayudar a que hagamos un cambio como sociedad.
¿A quién le va a costar más adaptarse a este calentamiento global?
Los datos de la OMS ponen el foco especialmente en la infancia en países en vías de desarrollo o en la infancia con pocos recursos en países que llamamos desarrollados. Las personas que viven en lugares con menor capacidad de adaptación después vendrán a pedirnos asilo climático y ya estamos viendo cuáles son, en general, las respuestas a la inmigración. Es un tema candente.
«Necesitamos una renaturalización de las ciudades»
¿Qué soluciones propone para hacer frente a estas amenazas para la salud?
Invertir en el entorno tiene un retorno impresionante. Un estudio en el Reino Unido miraba el retorno de lo que llamamos prescribir naturaleza –que los médicos animemos al paciente que esté en contacto con el medio natural, haga senderismo o haga un voluntariado ambiental– y señalaba que había un retorno de siete u ocho libras por cada una de inversión.
En un momento en el que la mayor parte de la población en la Unión Europea vive en entornos urbanos, necesitamos una renaturalización de las ciudades. Estamos cada vez más desconectados de la naturaleza y cuando nos hablan de catástrofes medioambientales nos suena a algo muy lejano que ocurre en la Antártida o en la Amazonia. Si fomentamos el vínculo con la naturaleza cuidaremos más de ella.
En el PEHSU tenemos la iniciativa bosques para la salud. Vinculamos cada bebé que nace en nuestro hospital con un árbol hermano que luego vendrán a plantar cerca del hospital. Es una manera simbólica de que esta familia se comprometa a cuidar no solo este árbol sino la naturaleza.
Necesitamos quitar asfalto y plantar más árboles en las ciudades. Esta asfalto negro y oscuro nos aporta un efecto de isla de calor en verano, algo que será peor a medida que avance la crisis climática. Las escuelas pueden ser la nave capitana de la transformación urbana con más zonas verdes y con una movilidad activa.
Cada vez más jóvenes se muestran muy preocupados por el cambio climático y padecen ecoansiedad. ¿Fomentar las zonas verdes puede ayudar también a mejorar su salud mental?
Sí, sobre todo si les dejamos participar en este proceso de renaturalización. La ansiedad está relacionada con la sensación de no poder hacer nada con el planeta y con las condiciones que se les han dado. Y con un miedo que nos puede paralizar. A los niños les decimos en la escuela que deben reciclar y comportarse de una determinada manera, pero luego en la adolescencia chocan con un mundo en que los adultos actúan de otra manera. Creo que hemos sido un poco cínicos los adultos. Con la renaturalización podemos educar ciudadanos que estarán más conectados con el planeta.

