La Tierra se calienta… y en Suecia se hace vino 

Durante las últimas dos décadas, el calentamiento global ha propiciado una industria vitivinícola en latitudes poco esperadas. 
La Tierra se calienta… y en Suecia se hace vino 
Emma Serner y Andrea Guerra en Långmyre Vineri, el viñedo que fundaron en la isla sueca de Gotland, en medio del mar Báltico. Foto: Berta Vicente Salas.

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“Se llaman uvas piwi. Son un cruce entre la uva tradicional –vitis vinifera– y otras uvas selváticas”, explica Andrea. “El vino que tengo delante proviene del friulano, una uva del norte de Italia. Jamás hubiera funcionado sembrar friulano normal aquí; solía hacer demasiado frío. Pero hay variedades que crecen muy bien”. 

Bajo una manta grisácea que llena el cielo, Andrea Guerra, oriundo de Salerno, Italia, pasea por entre las 26.000 vides que conforman Långmyre Vineri. Entre mejillas barbudas, luce una sonrisa que sugiere orgullo y cansancio. Con su pareja, Emma Serner, una sueca nativa, fundaron el viñedo en 2018 en la isla de Gotland, en medio del mar Báltico. “Hay otro aquí”, dice mirando hacia el camino que lleva a los campos lindantes. “Y el año que viene, otro más va a plantar. Otro loco haciendo vino en esta isla”. 

“Por este lado, nosotros tenemos uvas tintas hasta el fondo”. Andrea señala a la izquierda, indicando largas filas de vides que se extienden hasta el cerco que delimita el predio. “Tenemos merlot cantus. Tenemos algunas filas de cabernet volos, que es un cabernet sauvignon. Y por aquel lado –apunta a la derecha– tenemos solamente uvas blancas”. Se agacha para examinar unos pequeños frutos incipientes que apenas se ven detrás de hojas frondosas. “Tenemos esta variedad que es un híbrido del friulano”. 

Gotland se encuentra a más de 750 kilómetros arriba del paralelo 50º, tradicionalmente considerado el límite al norte del cual la vitivinicultura no era posible. La isla ha conocido invasiones de vikingos, piratas y cruzados. Los primeros habitantes humanos llegaron a sus orillas hace unos 7.000 años atrás, pero Andrea y Emma están entre los pioneros en introducir la vitis vinifera –o mejor, una versión híbrida de la misma–, la uva fundacional del vino europeo, al suelo isleño. 

Andrea empezó con el vino a los 10 años ayudando a su padre en un pequeño viñedo familiar. Tras completar sus estudios universitarios en enología y vitivinicultura, viajó a diferentes países del mundo –Estados Unidos, Nueva Zelanda, Francia– para ejercer su oficio y profundizar sus conocimientos. Conoció a Emma en una bodega en Toscana, donde ambos trabajaban y, después de un tiempo, la pareja decidió comenzar su propio emprendimiento vitivinícola. Pero en vez de afincarse en la Italia natal de Andrea, o algún otro país vitivinícola tradicional, miraron hacia latitudes más boreales

“Teníamos claro que lo queríamos hacer más al norte, debido al cambio climático”, afirma Andrea. “No iba a ser la mejor idea comenzar algo de cero en Italia dada la situación climática actual. Después de dos años de investigaciones, concluimos que Gotland podría ser adecuada para el cultivo de uvas”.

El piwismo 

El cambio climático es una de las amenazas más urgentes que enfrenta la industria vitivinícola europea. La Organización Mundial Meteorología (OMM) declaró 2023 como el año más caluroso jamás registrado. Cada verano en el sur de Europa, las temperaturas alcanzan niveles cada vez más extremos, generando sequías, provocando incendios y arruinando cosechas. “Es una locura en todos los niveles”, dice Irene Bonilla, responsable de Viñedos de la bodega CVNE, que produce vinos en La Rioja desde 1879. “Nunca sabes de dónde vendrá el próximo golpe”. 

A su vez, el calentamiento global también caldea el frío nórdico a grados más apetecibles a muchos cultivos frutales, entre ellos la uva. Según estadísticas del Climate Change Knowledge Portal del Banco Mundial, en Suecia la temperatura máxima promedio en verano durante el periodo de 1991-2020 fue 0,9 °C superior a la de 1961-1990

Sin embargo, a pesar de temperaturas cada vez más favorables, Andrea y Emma insisten en que la clave del éxito de sus vides no está tanto en un clima cada vez más caluroso sino en las uvas en sí. Las piwi

Piwi es abreviatura del término alemán pilzwiderstandfähig, que significa resistente a enfermedades fúngicas. Las piwi se generan a través de la polinización cruzada, en la que las flores de una especie están espolvoreadas con el polen de otra; la semilla producida por esta fecundación es híbrida, llevan naturalmente la materia genética de ambas especies. 

Estas uvas híbridas se desarrollaron por primera vez en el contexto de la epidemia de filoxera que hizo temblar toda la industria vitivinícola europea durante la segunda mitad del siglo XIX. 

Cerca del año 1863, la filoxera, una pequeña chinche norteamericana que se nutre de las raíces de la vid, llegó al puerto de Burdeos y comenzó a arrasar viñedos a lo largo y ancho del continente. Devastó más de una cuarta parte de los viñedos en Francia y rápidamente el parásito invadió campos en España, Portugal, Alemania, Austria e Italia. Como parte de la búsqueda frenética de una solución, enólogos y botánicos cruzaron la vitis vinifera con otras especies, y se generaron las primeras hibridaciones, como un intento de crear una planta que fuese resistente al parásito. 

El remedio que predominó fue otro, el uso de portainjertos norteamericanos, naturalmente inmunes a la filoxera, una práctica que sigue ubicua en todo el continente, incluso en Suecia. Como consecuencia de ello, las uvas híbridas, por su parte, pasaron mayormente desapercibidas, hasta finales del siglo XX, cuando nuevos cruces desarrollados en Alemania produjeron uvas resistentes a las enfermedades fúngicas, facilitando la cultivación de uvas orgánicas sin el uso de fungicidas u otros productos químicos. Para principios de la década de 2000, se acuñó el término piwi para estas hibridaciones, que, en los años siguientes, llevarían la viticultura a latitudes jamás pensadas. 

Según PIWI International, unos 200 viñedos en Suecia producen cerca de 300.000 litros de vino al año, el 95% del cual proviene de uvas piwi. “Estas variedades funcionan en todos lados”, asegura Andrea. “Son absolutamente la estrategia número uno para hacer vino en Suecia”. 

Nuevas viejas uvas 

Hay algunas bodegas suecas que también apuestan a la capacidad de los suelos suecos de nutrir uvas tradicionales. “Desde el comienzo, nuestro foco estaba en las uvas tradicionales”, explica Johan Ölberg, consultor financiero de Estocolmo que, junto con su esposa californiana Heather, fundaron el viñedo Thora en la península Bjäre. De sus 11 hectáreas sembradas de vides, las piwi constituyen menos de un tercio. 

La principal amenaza del cambio climático para los vinos no es solo la subida de las temperaturas o las heladas, sino la variabilidad: los fenómenos extremos que, sobre todo, son impredecibles. Sin embargo, aquí en el horizonte parece haber cierta estabilidad. 

“Esta península es única porque en la primavera tenemos vientos constantes desde el océano, por lo cual no sufrimos heladas”, continúa Johan. “Pero, además, estos vientos secan los viñedos después de las lluvias, lo que reduce la probabilidad de enfermedades. Más lejos de la costa, tienen problemas con heladas en mayo y granizo en septiembre, cosas que aquí no ocurren”. 

Sobre la costa oeste del país, Bjäre está a unos 180 kilómetros al sur de la ciudad de Gotemburgo, bordeada por las aguas del estrecho de Kattegat entre el mar Báltico y el del Norte. La península forma parte de Escania, la provincia más austral de Suecia donde se concentra alrededor del 80% de sus viñedos. 

Johan y Heather fundaron Thora en las tierras de una casa de campo donde vacacionaban en verano. Comenzó más como un experimento que como un emprendimiento. “Ni sabíamos que se producía vino en Suecia”, reconoce Johan. En 2015, la pareja plantó 300 pimpollos de pinot noir para ver qué sucedía. Cuando prosperaron, decidieron seguir plantando. “Johan cree firmemente en plantar contínuamente”, dice Heather de su marido con una sonrisa. 

En 2021 contrataron a dos enólogos franceses para profesionalizar sus operaciones y hoy Thora ostenta una bodega propia donde llevan a cabo todos los procesos de maceración y fermentación, una larga cinta automatizada que permite embotellar a ritmos industriales, una sala de degustación y un restaurante recién estrenado. 

En Suecia aún no existe ningún reglamento de producción del estilo de Denominación de Origen Controlada (DOC) y por el momento vitivinicultores y enólogos en Suecia están experimentando con todo tipo de uva que creen que puede dar fruto en latitudes nórdicas. 

“Necesitamos que la gente crea en el vino sueco”, dice Emma Serner, de Langmyre. “Estamos tratando de poner la vara alta”. Dado los bajos costes de mano de obra en países como Italia y España –que entre ellos produjeron el 26% del vino mundial en 2023, según estadísticas de la Rome Business School–, el vino sueco jamás será competitivo a nivel económico. Por ende, esta primera generación de vitivinicultores suecos apunta a competir en el paladar. 

“Queremos hacer un vino comparable a los de España, Francia o Estados Unidos”, explica Heather. “Queremos hacer un vino de alta calidad. Queremos estar en los restaurantes con estrellas Michelin”. 

Se sienten afortunados, pioneros: están pudiendo usar uvas tradicionales en un terroir cero tradicional . Y dicen: “No queremos ser un vino excéntrico del Polo Norte”.

También participaron en este reportaje Soledad Domínguez y Polina Bachlakova.

Esta investigación se desarrolló con el apoyo de Journalismfund Europe y una beca del
fondo Investigative Journalism for Europe (IJ4EU).

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