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En apenas dos décadas, el paisaje hídrico de la España peninsular ha sufrido una pérdida silenciosa pero devastadora. El 22% de sus lagunas temporales ha desaparecido entre los años 2000 y 2022. Así lo revela una exhaustiva investigación coliderada por la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC) y la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), que pone cifras al declive de uno de los ecosistemas más singulares y frágiles del continente europeo. El trabajo, publicado recientemente en la revista Journal of Environmental Management, sitúa a la acción humana, encarnada principalmente en la agricultura intensiva, y a las alteraciones climáticas como las principales fuerzas destructoras.
Para llegar a esta conclusión, el equipo científico recurrió a la tecnología satelital. Mediante el análisis visual de imágenes de alta resolución de Google Earth Pro —que permiten un nivel de detalle de hasta 30 centímetros—, monitorizaron la evolución de 1.303 lagunas a lo largo de 22 años. La elección de esta metodología no fue casual: el pequeño tamaño de muchas de estas masas de agua las hace prácticamente invisibles para los satélites convencionales.
«Estos ecosistemas se caracterizan por sus ciclos irregulares de inundación y desecación, y son considerados hábitats prioritarios por la Unión Europea debido a su gran biodiversidad», explica Margarita Florencio, investigadora de la EBD-CSIC. Sin embargo, su vulnerabilidad es extrema. Según la investigación, la mayor parte de los impactos físicos detectados tiene un claro origen agrícola. Prácticas como el arado indiscriminado de bordes y cubetas, la construcción de canalizaciones o los ahondamientos artificiales están asfixiando a las lagunas. A ello se suman la colonización por vegetación terrestre, la urbanización, el pisoteo de ganado estabulado y el tránsito de vehículos, creando un cóctel letal que, además, podría ser solo la punta del iceberg de problemas invisibles desde el espacio, como la sobreexplotación de acuíferos o la exposición a agroquímicos.
El cambio climático también tiene su parte de responsabilidad. Los investigadores han constatado una drástica reducción en la frecuencia de inundación de las lagunas que aún sobreviven, un fenómeno especialmente crítico durante los meses de otoño, mermadas por el aumento de las temperaturas máximas y la escasez de precipitaciones acumuladas.
Ante este escenario, los mecanismos de protección actuales parecen insuficientes. El estudio advierte que la Red Natura 2000 europea presenta claras limitaciones para frenar la degradación de estos entornos. Solo aquellas lagunas resguardadas bajo figuras de máxima protección, como los Parques Nacionales o Naturales, logran esquivar la peor parte del impacto humano.
Medidas para revertir la situación
A pesar de la gravedad de los datos, los científicos mantienen una postura propositiva. Christian Arnanz, el otro autor del artículo, asegura que la mayor parte del daño antrópico podría evitarse con voluntad política y gestión adecuada. Entre las soluciones prioritarias, el equipo destaca la necesidad de implementar incentivos financieros que compensen al sector agrícola por no arar las cubetas y por mantener anillos de vegetación natural de al menos cinco metros alrededor de la zona de inundación.
La restauración ecológica es otro pilar fundamental. Para recuperar las masas de agua perdidas, los expertos recomiendan utilizar el sedimento original, un auténtico «banco de memoria» biológica donde aguardan latentes huevos, semillas y quistes de microorganismos capaces de resistir sequías extremas.
Finalmente, la investigación hace un llamamiento a la ciencia ciudadana. Herramientas como la aplicación PondMapp permiten a cualquier persona registrar la ubicación de pequeñas charcas, democratizando la vigilancia ambiental. “Esta colaboración ciudadana resulta fundamental para mejorar el conocimiento y la protección de estos ecosistemas”, destaca Arnanz.
Más allá de su incalculable valor como refugios de biodiversidad, la pérdida de estas lagunas supone también un golpe directo al bienestar humano y al entorno. Estos ecosistemas funcionan como auténticas infraestructuras naturales que prestan servicios esenciales a la sociedad: actúan como sumideros para el almacenamiento de carbono, regulan el clima a escala local y juegan un papel crucial en el control de nutrientes. A ello se suma su enorme riqueza paisajística y cultural. Su desecación, por tanto, no solo empobrece el patrimonio natural peninsular, sino que nos priva de herramientas clave, y completamente gratuitas, para mitigar los propios efectos de la crisis climática.

