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28 de mayo, 10:15 de la mañana. Empiezo a escribir este artículo y en el instituto Vallvera, de Salt, Girona, la temperatura en las aulas supera ya los 30 °C. No parece una excepción. Los termómetros también alcanzan cifras similares en los institutos Margarida Xirgu, en L’Hospitalet de Llobregat, Castellbisbal, Jonqueres, en Sabadell, o Pius Font i Quer, en Manresa, todos ellos en la provincia de Barcelona.
Son solo algunos datos de los recogidos por la iniciativa Aules que cremen, una plataforma nacida para denunciar el maltrato y el abandono del sistema educativo, del profesorado, de las familias y del alumnado. Entre otras cosas, promueven colocar sensores en las aulas con el objetivo de evidenciar que las temperaturas superan los límites legales que marca el Real Decreto 486/1997, que establece los mínimos de seguridad y de salud en los lugares de trabajo, y que señala un máximo de 27 °C para la realización de trabajos sedentarios.
Los datos de temperatura recopilados por Aules que cremen no son sistemáticos ni son parte de un experimento científico, pero señalan una realidad que cada vez más asociaciones educativas y familias denuncian: en muchas aulas, del norte al sur del país, las altas temperaturas son insostenibles y afectan a la salud, el desarrollo y el aprendizaje del alumnado.
Los efectos del calor en los estudiantes
«La situación es grave. Muchos días, las temperaturas sobrepasan los límites que marca la normativa vigente, que están pensados para adultos y no para niños y adolescentes. Si tenemos en cuenta las tendencias y las proyecciones, para el año 2030, hasta una cuarta parte del periodo lectivo en Catalunya sobrepasaría este límite«, explica Mar Satorras, investigadora en sostenibilidad urbana en el Institut Metròpoli y coautora de un estudio sobre el calor en las aulas recién publicado por la fundación Equitat.org.
Los impactos en la salud de los niños están claros. De acuerdo con la evidencia científica recogida en el informe, se trata de un grupo altamente vulnerable al calor porque tiene un sistema termorregulador todavía inmaduro, produce más calor por kilogramo de peso que los adultos, y tiene una menor tasa de sudoración. La evidencia muestra también que a más días de calor, más problemas de salud y peores resultados educativos.
Los efectos en el aprendizaje y en el desarrollo cognitivo también están más que probados: la exposición al calor a largo plazo perjudica el aprendizaje acumulativo, afecta negativamente su capacidad para llevar a cabo tareas complejas como álgebra o comprensión lectora y reduce la eficiencia de la actividad neuronal y de la memoria. Un estudio elaborado en 58 países entre los años 2000 y 2015 probó, entre otras cosas, que cada día que el alumnado pasa expuesto al calor en la escuela reduce sus puntuaciones en las pruebas PISA en un 0,18%.
Los datos publicados el año pasado por la Sociedad de Pediatría del Sureste de España también hablan en este sentido: por cada 1 °C de descenso de las temperaturas en las aulas entre 20-25 °C, las respuestas correctas en matemáticas se incrementan un 10%, los estudiantes que se sienten térmicamente cómodos dan hasta un 4% más de respuestas correctas, y por cada 1 °C de incremento de las temperaturas por encima de los 25 °C, los resultados escolares caen un 0,4%.
«Además, la comunidad educativa siempre señala que la escuela es un espacio de convivencia y que el calor también impacta en la gestión de los conflictos, en la gestión del día a día en el aula», añade la investigadora catalana.
El calor en la escuela y la desigualdad
«Cada vez hay más días de calor, pero los niños y las niñas no solo sufren las altas temperaturas en el cole, también las pueden sufrir en sus viviendas y en sus barrios. La pobreza energética de las familias y la vulnerabilidad al calor de ciertas zonas que no tienen espacios verdes o que multiplican las temperaturas por el efecto isla de calor también les afecta», subraya Mar Satorras. «La escuela pública debería ser el espacio en el que romper ese ciclo de estrés térmico, pero en muchos casos contribuye a empeorarlo», añade.
El efecto acumulativo y multiplicar la desigualdad en la educación y el bienestar de los menores es otro de los pilares del informe publicado por Equitat.org. En entornos con bajo nivel socioeconómico, las malas condiciones de las viviendas y los edificios escolares, así como el menor acceso a espacios verdes, influyen en el descanso de los niños y las niñas, lo que afecta a su salud y a su desarrollo cognitivo.
La parte positiva es que actuar en los espacios escolares para que sean más frescos es también actuar contra esa desigualdad, es transformar colegios e institutos en refugios climáticos para todos. “Una de las cuestiones que proponemos es priorizar las actuaciones en los centros en base a distintos indicadores. Algunos más son físicos, cómo está el edificio, el patio o el entorno. Pero también tiene que haber indicadores de vulnerabilidad social”, señala Satorras. «El problema es que no tenemos datos de vulnerabilidad climática y social a nivel Catalunya o España, solo existen indicadores así en algunas ciudades como Barcelona».
«Lo que hay que tener siempre en cuenta es que las consecuencias de la inacción repercuten muchísimo en la desigualdad. No actuar solo hace aumentar la brecha«, recalca.

¿Qué se puede hacer frente al calor en las aulas?
En el CEIP Gabriela Mistral de Solana de los Barros, en Badajoz, las temperaturas en el interior de las aulas solían superar los 32 °C en junio y septiembre. Ahora rondan los 27 °C. El colegio extremeño es parte, junto a las escuelas Falcão de Oporto y Horta das Figueiras de Évora (ambas en Portugal), de un estudio para poner a prueba el poder refrigerante de plantas y árboles. A través del proyecto LIFE de la Unión Europea myBUILDINGisGREEN, se apostó por las cubiertas vegetales en los tejados y en las fachadas que más radiación solar reciben en horario escolar, por la ventilación programada y por la creación de charcas.
Los efectos en la envolvente de los edificios fueron inmediatos, logrando reducir la temperatura 20 °C en los periodos de máximo calor, y se han mantenido año tras año desde el inicio del proyecto en 2021. En el interior, la mejora es evidente y casi ningún día se superan los límites que establece el Real Decreto 486/1997. Además, ha aumentado la biodiversidad en el entorno, y alumnado y profesorado están satisfechos con la intervención.
El caso de estos tres centros escolares no es habitual. Aunque se están haciendo mejoras en algunos edificios, la rapidez, la intensidad y el alcance de las intervenciones no son suficientes. Solo en el caso catalán, analizado en el informe de Equitat.org, de los más de 1.400 centros que necesitan intervenciones, solo 250 han sido rehabilitados o reformados parcialmente en los últimos años. El estudio señala que es necesario rehabilitar energéticamente los equipamientos educativos, mejorar el aislamiento térmico, promover estrategias bioclimáticas como la ventilación cruzada, instalar ventiladores de techo y, en los casos en que sea necesario, instalar aire acondicionado.
Además, aumentar las zonas verdes en los patios y en los entornos escolares, instalar pérgolas y porches que generen más espacios de sombra, y aumentar las fuentes y los elementos de juego con agua en los patios contribuye a reducir la temperatura corporal de niños y adultos, mejorando su bienestar.
«Nosotras hemos hecho una estimación de gasto. Hemos calculado que hacen falta 1.300 millones de euros para intervenir en los 1.200 colegios que necesitan actuaciones. Si se despliega un plan a 10 años vista, hablamos de 130 millones al año, que equivale a unos 200 euros por alumno o, más o menos, a un 2% del presupuesto actual del Departamento de Educación de la Generalitat», concluye Mar Satorras.


Calor en el IES Hermanos Argensola de Barbastro (HU)
Las condiciones climáticas en que tenemos que dar clases, y recibirlas nuestro alumnado, no son ni mínimamente aceptables.
Lo voy a ejemplificar con un caso personal:
Entro al instituto a las 9 de la mañana, y pese a tener las puertas y ventanas de la planta baja abiertas de par en par, ya se nota el calor. Me dirijo a mi Departamento para prepararme para mis clases (debo confesar que no se está mal con el poco alumnado que tengo y que de momento está a la sombra y abajo del todo), pero pronto le dará el sol y subirá la temperatura (y pese a todo, se puede aguantar).
En el recreo marcho a desayunar a la sala de profesores (2ª planta), y según subo las escaleras de cada planta, se va notando el aumento del calor. Entro a la sala y allí, gracias a una bomba de aire acondicionado que tenemos (están arreglando la otra), estamos a ¡27,5 grados centígrados!
Pero luego me ha tocado guardia en una clase de la 3ª planta, y allí el calor es insoportable con más de 30 grados (y eso que en su día se puso una cubierta aislante, pero aquel se acumula y el sol no da tregua, y por la noche ni se refresca ni se ventila). Pensemos que en cada clase hay un número de chavales y chavalas que se mueven e interactúan y la temperatura se dispara aún más, o que el Departamento donde trabaja un compañero / -a está en esta planta y orientado al sol…
Añadan que el alumnado sigue haciendo Educación Física, y sigue teniendo sus clases y exámenes (PAU incluida), con lo que esto conlleva de presión, y no nos sorprenda que se desmaye por algún golpe de calor.
Es evidente que la Administración no va a hacer nada (ya se puso una denuncia ante Inspección de Trabajo), así que como solución de emergencia, el equipo directivo, con buen criterio, ha habilitado la biblioteca y otros espacios disponibles en plantas inferiores para trasladar esas aulas donde hace más calor.
La conclusión es clara: No se puede trabajar en esas condiciones. El instituto es un infierno.
https://rondasomontano.com/calor-en-el-ies-hermanos-argensola-de-barbastro/?unapproved=51620&moderation-hash=3941a6ccd9cd3fa83309c156184db642#comment-51620