Bajo los adoquines, las plantas: Gante reconquista el suelo urbano en favor de la biodiversidad

Una iniciativa ciudadana apoyada por el ayuntamiento convierte aceras y fachadas de esta ciudad belga en infraestructuras verdes con beneficios climáticos, ecológicos, sociales y para la salud. La renaturalización ha dado pie a 5.000 nuevos jardines.
Bajo los adoquines, las plantas: Gante reconquista el suelo urbano en favor de la biodiversidad
Foto: cedida por Geveltuinbrigade.

Al caminar por la calle no solemos preguntarnos qué hay debajo. El asfalto y las baldosas parecen haber estado siempre ahí, asentados sobre algo sólido, inamovible. Sin embargo, la sensación de solidez que proyecta lo artificial es una ilusión. La ciudad no está hormigonada hasta el centro de la Tierra, ni es irreversible. Debajo sigue habiendo tierra y no dejarla respirar tiene consecuencias. En Gante (Bélgica), desde hace casi una década, la gente levanta las baldosas para reverdecer la ciudad con el apoyo del ayuntamiento. 

Ya lo recordaba el lema del Mayo del 68, “Bajo los adoquines, la playa”. Nos lo recuerdan también los árboles en las calles cuando levantan baldosas con sus raíces, o los huertos urbanos en todo el mundo. En la ciudad belga, una iniciativa ciudadana se propuso retirar los adoquines más cercanos a las casas para dar espacio a las plantas. Hoy, el proyecto de los jardines de fachada sigue adelante con financiación municipal y la colaboración del vecindario y del voluntariado. Ya hay más de 5.000 jardines de fachada plantados

Hemos llenado las ciudades modernas de pavimento, una capa fina que plastifica la tierra que queda debajo. Desde un punto de vista ecológico, este sellado tiene consecuencias: impermeabiliza las ciudades y las hace más vulnerables a inundaciones, fragmenta los espacios disponibles para la vida y relega la naturaleza a áreas muy concretas. Árboles confinados en alcorques mínimos, parques aislados y aceras desnudas convierten muchas urbes en entornos hostiles para la flora, la fauna y los polinizadores. A esto se suma la pérdida de confort térmico y la intensificación del efecto isla de calor urbana.

Entonces, ¿por qué no plantar más? ¿Por qué reducir la vegetación urbana solo a los parques y las calles anchas donde caben árboles? Eso mismo se plantearon en Gante y han conseguido darle la vuelta. Hoy la ciudad cuenta con jardines de fachada incluso en las calles más estrechas. Arbustos, enredaderas, hierbas aromáticas y flores que decoran, dan alimento y refugio a polinizadores crecen a lo alto en las fachadas de casas y edificios. La responsable de esta iniciativa es la Geveltuinbrigade (Brigada de jardines de fachada). 

Todo empezó con unos presupuestos participativos del Ayuntamiento de Gante en 2017. Personas y organizaciones podían presentar proyectos, y la ciudadanía votaba cuáles recibirían financiación. La iniciativa favorita fue la de crear jardines de fachada de forma participativa, impulsada por la organización ecologista Gents Milieu Front (Frente Medioambiental de Gante). 

La idea consiste en retirar los adoquines más cercanos a la fachada y plantar vegetación local, como aromáticas, arbustos o enredaderas. No hace falta solicitar ningún permiso: con una simple notificación al ayuntamiento, cualquiera puede hacerlo delante de su casa o edificio. Además, con el presupuesto se creó una brigada destinada a ayudar a quienes lo necesitaran. Daniël Vernooij, uno de los coordinadores de la brigada, recuerda los inicios: “Con el primer presupuesto nos dio para martillos neumáticos baratos y empezamos con eso y una bicicleta de carga antigua. Comparado con el material que usamos ahora, no era lo mejor. Pero a partir de ahí creció y hubo otro presupuesto participativo, y así seguimos”.

Cuando contaron con más presupuesto, pudieron crear una página web para que la gente solicitara la instalación de jardines. “Agrupamos las demandas por calles y organizamos un día de fin de semana para dar un pequeño taller y ayudarles a hacer el trabajo. La jornada suele acabar en una especie de fiesta de barrio con comida y bebida.” 

Desde la brigada han observado que la implicación aumenta cuando la gente siente que no es un proyecto impuesto desde arriba, explica Daniël: “Las fachadas son espacios intermedios muy bonitos. Actúan como frontera entre lo público y lo privado. Conectan a la gente con el espacio público y hace que asuman el cuidado de sus calles. Y cuando la calle se vuelve agradable también se crean más conexiones entre vecinos”.

Además de los profesionales de la brigada y el voluntariado que colabora, el proyecto cuenta con aliados y aliadas clave en los barrios. En Ekkergem, uno de los que más han reverdecido, hay un profesor de secundaria que, desde que se jubiló, se dedica a convencer a sus vecinos para crear jardines de fachada. “Va puerta por puerta y les dice: si ponemos un cable bonito desde tu casa a la de enfrente para que la planta crezca por ahí, podemos crear sombra… Y funciona”, cuenta Daniël.

La adaptación al calor es una de las grandes ventajas de esta solución basada en la naturaleza. En las calles donde no hay espacio para árboles, las fachadas verdes ocupan muy poco espacio de la acera y permiten cubrir muchos metros cuadrados de hojas y flores que enfrían de varias formas: con la evapotranspiración, la sombra y el aislamiento térmico. A diferencia de sistemas como el aire acondicionado, que enfrían el interior pero calientan la calle, las fachadas verdes hacen más agradable tanto el edificio como el entorno urbano.

Otra ventaja es que las plantas filtran el aire y reducen la contaminación, con beneficios para la salud física. Además, un entorno más verde también tiene efectos positivos sobre la salud mental. Calles con vegetación son calles más agradables, asociadas a una mayor sensación de calma y bienestar.

Para Daniël, sin embargo, el beneficio más importante tiene que ver con reparar el daño que las ciudades han hecho a la biodiversidad. “Durante mucho tiempo hemos urbanizado expulsando la naturaleza y la hemos hecho muy higiénica y limpia. Al traerla de vuelta no solo fomentamos las plantas, sino también los pájaros y los insectos, que pueden anidar, refugiarse y alimentarse. Estamos creando corredores que conectan zonas verdes, y eso es fundamental”.

Entre la comunidad científica, cada vez se señala más el potencial de las ciudades como espacios fundamentales para la biodiversidad. En un contexto de degradación acelerada de los ecosistemas, las urbes pueden convertirse en refugios para especies fundamentales para la vida, como los polinizadores que, fuera de ellas, tienen cada vez menos margen para sobrevivir.

Las plantas tienen, además, una dimensión cultural. Cuentan historias y despiertan recuerdos, ideas y vínculos muy distintos según quién las mire. Desde la Geveltuinbrigade intentan aprovechar también esa fuerza cultural para conectar con la gente.

En uno de sus proyectos instalaron jardines verticales en el patio de un edificio donde vivían personas refugiadas, en su mayoría de Palestina y Siria. Al preguntarles qué planta preferían, todos mencionaron el jazmín de Toscana o jazmín estrella (Trachelospermum jasminoides). Les recordaba al olor de los patios de sus casas cuando florece en junio, cuenta Daniël. “Luego descubrimos que en Estados Unidos esa misma planta tiene una asociación muy fuerte con la extrema derecha. Allí la llaman Confederate jasmine y crecía en las villas de las familias esclavistas del sur”.

En los próximos años, la brigada quiere llegar a 10.000 jardines verticales, pero su visión va más allá. Buscan reverdecer la ciudad, desimpermeabilizarla y encontrar formas creativas de integrar la naturaleza en el tejido urbano. También trabajan en otro proyecto para identificar lugares donde retirar el hormigón y plantar árboles, arbustos y setos.

La iniciativa de los jardines de fachada muestra que integrar la naturaleza en todas partes es posible y aporta beneficios múltiples: ecológicos, sociales, estéticos y para la salud y el bienestar. Con muy poca inversión pueden generar un gran impacto, ya que ocupan poco espacio, tienen raíces superficiales y se adaptan incluso a suelos urbanos pobres. Desde Gante, nos invitan a mirar las ciudades de otra manera y a romper la capa impermeable que las cubre para restaurar el ciclo natural del agua, dar espacio a la biodiversidad y mejorar la vida de quienes las habitan. 

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