Bárbara Tapia Cortés (OMM): «Tenemos que saber convivir con un planeta más caliente, esa es nuestra nueva normalidad»

La meteoróloga de la Organización Meteorológica Mundial analiza el inminente desarrollo de El Niño y hace un llamamiento urgente a los gobiernos para fortalecer los sistemas de alerta temprana frente a los eventos climáticos extremos.
Bárbara Tapia Cortés (OMM): «Tenemos que saber convivir con un planeta más caliente, esa es nuestra nueva normalidad»
Foto: cedida por la entrevistada.

Las aguas del Pacífico ecuatorial se calientan y las alarmas globales ya han comenzado a sonar. Según la última actualización de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), existe un 80% de probabilidades de que el fenómeno de El Niño se consolide plenamente durante los próximos meses. Aunque se trata de un evento climático de origen natural, ligado a la interacción entre el océano y la atmósfera, su inminente llegada en pleno contexto de emergencia climática amenaza con actuar como un poderoso amplificador. En un planeta al límite (con muchos ya sobrepasados), este nuevo ciclo tiene el potencial de empujar aún más al alza las temperaturas globales y exacerbar el riesgo de sequías extremas y lluvias torrenciales en diversas regiones del mundo.

Para descifrar las verdaderas implicaciones de este pronóstico y alejarnos del ruido mediático, hablamos con la meteoróloga chilena Bárbara Tapia Cortés, coordinadora técnica de servicios en la Oficina Regional de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) para las Américas con sede en Asunción, Paraguay.

Lejos de los titulares apocalípticos que ya especulan con la formación de un «superniño», Tapia invita a la cautela y pone el foco en la mayor ventaja que ofrece la naturaleza de este fenómeno: la anticipación. La meteoróloga desgrana los patrones geográficos que podrían verse más alterados, el impacto directo en la salud pública y la urgencia ineludible de que los gobiernos refuercen sus sistemas de alerta temprana para proteger a la población.

¿Cómo es este fenómeno meteorológico que a veces genera tanto temor?

No hay que tomarlo con miedo. El Niño se puede explicar como si el océano Pacífico tuviese una especie de fiebre, se está calentando. Y, obviamente, como cuando nosotros estamos enfermos o afiebrados, todo en nuestro sistema tiende a desordenarse; es lo mismo que ocurre en el océano Pacífico.

Durante el fenómeno de El Niño, que es su etapa cálida, el Pacífico se calienta principalmente en la superficie y en su zona central sobre el ecuador. Cuando se produce este calentamiento, se tienden a desordenar todos los patrones normales que existen a nivel global, mayormente los de precipitación. Es decir, se dan excesos de lluvia o, por el contrario, déficits que asociamos a la sequía, junto con un aumento de las temperaturas. De forma opuesta, cuando tenemos la fase de La Niña, se da el enfriamiento.

¿Esta «fiebre« es puramente natural o estamos influyendo en ella?

Es natural, es parte de una oscilación natural océano-atmósfera; se tienen que dar las características en ambos sistemas. Es algo que ocurre generalmente en periodos de dos a siete años. Por lo mismo, ningún fenómeno de El Niño es igual a otro y nunca empieza exactamente en la misma época.

Al ser una variación natural, su aparición no está directamente ligada al calentamiento global. Lo que sí está ligado al calentamiento global es que los eventos o sus impactos puedan verse exacerbados. Es decir, que se den eventos extremos como mucha más precipitación e inundaciones importantes, o por el otro lado, sequías muy extremas y olas de calor. Esta oscilación ocurre siempre y va a seguir ocurriendo. Se viene monitoreando con datos claros desde más de 50 años, pero esto ha ocurrido mucho antes. La diferencia es que ahora estamos en un planeta que está más caliente, y por eso no sabemos qué tanto pueden aumentar sus impactos.

Teniendo en cuenta que el último episodio fuerte ocurrió entre 2023 y 2024, y ahora hay previsiones para los próximos meses, ¿esta frecuencia también entra dentro de lo normal?

Está totalmente dentro de lo que se espera. El fenómeno anterior empezó en 2023, pero muchos de sus impactos, principalmente el aumento de la temperatura global, se experimentaron hacia 2024. A diferencia de la etapa fría de La Niña -que tiende a ser más persistente y de la que veníamos tras tres años consecutivos–, el estado neutro es la normalidad, y se va oscilando entre ambos. Que ocurran cada dos o siete años es la media. Que haya pasado menos tiempo entra dentro de la normalidad, no hay que buscarle cinco pies al gato.

El 2024 acabó siendo el año más caluroso por una mezcla de calentamiento global y de este fenómeno. ¿Podría este nuevo ciclo llegar a desbancarlo?

Nosotros solamente tenemos pronósticos a seis meses. Es difícil ser categórico y decir que un próximo ciclo vaya a ser más caluroso que 2024. Sin embargo, siempre que estamos bajo el evento de El Niño, las condiciones ambientales y globales tienden a ser más cálidas. Bajo ese concepto, se podría esperar que sea un periodo cálido.

Si uno compara eventos de El Niño en el pasado, como el del 82 o el de 2015, a pesar de que generaron un gran calentamiento, el planeta no estaba tan caliente como está hoy en día. Lo que sí podemos indicar es que tenemos que estar preparados, porque no nos extrañaría que se repitieran eventos de olas de calor consecutivas en distintas regiones a nivel planetario. Eso es muy seguro que se va a registrar, porque el calentamiento global tiende a exacerbar todo este tipo de eventos extremos.

¿Qué señales han sido definitivas para este pronóstico?

La temperatura superficial del mar es el indicativo principal. El Pacífico lo dividimos en cuadrantes.Justo por la línea del ecuador, en el centro del Pacífico (la zona Niño 3.4), se monitorea mucho. Cuando la temperatura media supera en al menos 0,5 ºC lo normal durante tres meses consecutivos, ya estimamos que estamos bajo El Niño.

Pero también miramos las condiciones bajo la superficie. En profundidad, el océano también está más caliente, actuando como una especie de reserva de calor que alimenta el calentamiento de la superficie. Por eso pensamos que hay una alta probabilidad de desarrollo. Además, hay otros indicativos técnicos a nivel del viento en altura, asociados a anomalías en los vientos del oeste, que tienden a trasladar el calor a través del Pacífico Ecuatorial. En resumen, tanto el océano como la atmósfera están acoplados y mostrando señales coherentes.

Se habla mucho de «superniño», un concepto que desde la OMM no utilizáis ¿Crees que esta idea del «superniño» ayuda o perjudica?

La verdad es que el término no ayuda en nada. Uno escucha «superniño», «niño Godzilla»… nombres que no corresponden. Un evento es débil, moderado, fuerte o, en el peor de los casos, superfuerte. Estamos hablando de un evento fuerte cuando la superficie del mar se calienta más de 2 ºC por encima de lo normal.

Pero un evento fuerte térmicamente no significa que los impactos vayan a ser directamente proporcionales. Hemos tenido eventos de El Niño débiles que han generado impactos fuertes. El problema es que la población tiende a asustarse, o si hablamos de un evento moderado, piensan que todas las consecuencias van a ser moderadas. La gran ventaja que nos da El Niño, a diferencia de otros eventos extremos, es que nos avisa que viene. 

Tenemos por lo menos seis meses para prepararnos, y a eso va ligada la iniciativa que tiene Naciones Unidas desde 2022: ‘Alertas tempranas para todos‘. Nos pone el acento en que tenemos que trabajar para que todas las personas estén protegidas con sistemas de alerta temprana. Es decir, independientemente del evento que haya, sean capaces de recibir información para poder tomar una decisión informada con respecto a qué van a hacer.

Si sabemos con seis meses de anticipación que vamos a tener una condición relativamente moderada de El Niño, los gobiernos, las personas y todos tenemos la oportunidad de empezar a prepararnos. Eso se tiene que traducir en decisiones concretas: revisar planes de contingencia, identificar zonas y sectores vulnerables, y repasar cuáles son los monitoreos para la sequía o lluvias intensas. Hay un sinfín de cosas que se pueden trabajar, como preparar campañas de comunicación pública y coordinarse con distintos sectores (protección civil y cómo va a afectar a la salud o la agricultura). Todo eso nos permite prepararnos. Ese es el mensaje: gracias a que El Niño nos avisa, es la oportunidad para que los Estados, los gobiernos y las personas pasen de una visión reactiva a algo más proactivo, estén listos para lo que pueda venir y tomen precauciones.

Aparte de todo este catálogo de medidas concretas, ¿hay algún país que lo esté haciendo bien o que esté tomando la iniciativa? 

Es difícil poder indicar un país en específico, pero te puedo indicar que desde el comienzo de esta iniciativa de alertas tempranas ya del orden de unos 120 países, si no más, están reportando que están avanzando con sistemas de alerta temprana a nivel nacional. Eso permite trabajar en conjunto con distintas instituciones. Desde el lado de la Organización Meteorológica Mundial apoyamos directamente a los servicios meteorológicos e hidrológicos nacionales a que fortalezcan sus redes de observaciones y cuenten con mejores capacidades para desarrollar pronósticos. Al final del día, eso se traduce en poder generar un aviso meteorológico a tiempo para que las personas puedan tomar la decisión de si tienen que evacuar una zona específica que la autoridad determine.

Con respecto al fenómeno de El Niño, hay zonas que se distinguen históricamente como más afectadas. Pero quiero ser bien cautelosa: si digo que una zona va a ser afectada por aumento de precipitaciones, no vayamos a pensar que toda esa zona va a estar inundada de forma permanente, sino que son más propensas a que puedan tener eventos más extremos. Generalmente, las zonas que con El Niño generan mayor cantidad de precipitaciones, reciben el efecto contrario durante La Niña.

Las zonas más afectadas por sequías importantes son América Central, el norte de Sudamérica y el Caribe, porque además con El Niño la temporada de huracanes en el Atlántico tiende a no ser tan intensa, pero sí es más intensa hacia el Pacífico. Todas estas zonas de sequía siempre están asociadas a aumentos de temperatura y posibles efectos asociados a incendios forestales.

Mientras, hay una alta probabilidad de grandes lluvias o aumentos de precipitaciones en el Cuerno de África y en el sur de Sudamérica. En el caso de Chile, mayormente en su zona central (que coincide con el invierno). Para el caso de Paraguay, el sur de Brasil, el norte de Argentina y Uruguay, su época normal de precipitaciones va de octubre en adelante, por lo que esa zona de lluvias pudiese verse un poco más aumentada.

¿Qué medidas o buenas prácticas destacaría que sirvan como inspiración?

Los sistemas de alerta temprana se basan en cuatro pilares principales. Primero, tenemos que conocer los riesgos de cómo nos afectan. Y eso está muy ligado a tener instituciones que hagan el monitoreo de una amenaza de forma continua; no sacamos nada con que nos afecte un huracán si no tenemos un servicio meteorológico o hidrológico robusto para tener ese tipo de información.

Segundo, el desarrollo de avisos meteorológicos. Tercero, una buena forma de comunicar esos avisos, ya sea a través de cell broadcasting (señales que te llegan en un mensaje al teléfono), o a través de la radio y WhatsApp. Y, además, hay que salvar la brecha del idioma: si los avisos están solamente en un idioma, no alcanzan a llegar a la comunidad local que puede tener idiomas diferentes.

Y finalmente, la respuesta. Los eventos extremos y las amenazas no las podemos evitar (un huracán se va a desarrollar igual), pero sí podemos estar preparados para mitigar sus daños tanto a la población como a la infraestructura. Trabajar en función de cómo nos preparamos para evitar una sequía o especialmente una inundación nos va a permitir ir avanzando.

Es difícil poder indicar en este momento qué país está liderando las preparatorias para El Niño, pero a nivel de las Américas y el Caribe se está trabajando desde hace un par de meses en ir destacando cómo afecta en temas de salud, agricultura y energía. Se está dando información a los tomadores de decisiones para que se vayan preparando y activando estos sistemas. Vuelvo a decirlo: la ventaja que tiene el fenómeno de El Niño es que nos avisa con tiempo y, si somos proactivos, podemos estar preparados para el evento.

¿Cómo nos puede afectar El Niño en términos de salud?

Donde hay sequía, lo más seguro es que haya altas temperaturas y olas de calor importantes. Esto afecta directamente a adultos mayores y a niños, aumentando el riesgo de golpes de calor, insolaciones y problemas respiratorios o cardíacos.

En sectores donde va a haber un aumento de precipitación e inundaciones, asociado a mayores temperaturas, hay una alta probabilidad de proliferación de vectores que transmiten enfermedades como el dengue, el chikungunya y la malaria. Es vital tomar medidas, como evitar recipientes de agua donde se reproduzcan los mosquitos, y que el personal de salud esté preparado para ambos escenarios.

En el contexto actual de crisis climática, estas medidas de alerta temprana parecerían recomendables para mantenerlas siempre. ¿Necesitamos medidas para aprender a convivir en un planeta tan caliente de forma permanente?

No sé si corresponde el término «alerta permanente», pero sí creo que debemos estar preparados en forma permanente. La población ha aprendido, pero el mensaje más profundo de la alerta de El Niño es que necesitamos que la sociedad esté mejor preparada para el clima que está cambiando. El calentamiento global no se va a frenar de un día para otro. Tenemos que saber convivir con esta nueva condición que es nuestra nueva normalidad: vivir en un planeta mucho más caliente, donde cada evento extremo será más intenso.

A veces parece que la lucha no es solo contra los fenómenos adversos y el calentamiento, sino contra el negacionismo o la ignorancia que cuestiona los avisos científicos. ¿Os preocupa esta situación?

Exactamente. El mensaje clave es que las poblaciones y los gobiernos tienen que trabajar de la mano con sus servicios meteorológicos nacionales. Nosotros en la OMM tenemos una mirada global, pero para saber cuáles van a ser los impactos reales a nivel local y conocer la vulnerabilidad de cada zona, hay que escuchar a los servicios nacionales. Ellos conocen la geografía y están ligados al sistema de protección civil. Esto no es un trabajo único, es una cadena de cooperación internacional, regional y nacional para poder entregar la mejor información y proteger a la población.

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