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El fútbol, el tenis, la Fórmula 1, el ciclismo, los Juegos Olímpicos, el béisbol… Muchos grandes eventos deportivos se han visto obligados a introducir normas o acciones nuevas para combatir temperaturas extremas. Lo que antes era excepcional, ahora marca la norma. Pero, ¿qué pasa con quien hace deporte no profesional, simplemente por hobby, por salud, por entretenerse? Mientras la industria deportiva invierte presupuestos astronómicos en aislar su espectáculo del clima, el deporte amateur agoniza en polideportivos municipales que funcionan como invernaderos y calles sin sombras. Y con una diferencia importante: un deportista de élite tiene unas condiciones físicas de las que la gente de a pie carece.
La doctora Teresa Gaztañaga Aurrekoetxea, especialista de la Sociedad Española de Medicina del Deporte (SEMED), evidencia esta profunda brecha, tanto de recursos como fisiológica. «Un deportista de alto nivel o de élite es un profesional y lo practica de una forma muy protegida, con muchos medios y muy controlada; es una adaptación segura», explica la experta. Sin embargo, la gente normal se enfrenta a la alerta térmica sin esta protección. «Cuando tenemos temperaturas extremas podemos adaptarnos, sí, pero durante un periodo corto de tiempo», señala Gaztañaga, advirtiendo que en una persona común «el cuerpo sufre alteraciones fisiológicas importantes que pueden causarnos problemas graves, incluso la muerte».
En mayo se registraron temperaturas históricas, sin precedentes en muchos puntos de Europa, incluida España. Según el Sistema de Monitorización de la Mortalidad diaria (MoMo), 101 personas perdieron la vida por el calor. Se trata de la cifra más alta para un mes de mayo desde que se empezó a usar (2015). Junio ha sido el segundo más cálido de la serie histórica de España con una temperatura media 3,2 °C por encima de lo normal. En Europa Occidental es el junio más caluroso jamás registrado. En España, el mes pasado más de un millar de personas fallecieron por las altas temperaturas, acorde también a los datos de MoMo. La mayoría de muertes no se deben a golpes de calor, sino al deterioro de las funciones del organismo, especialmente en personas vulnerables.
«El calor cambia la rutina. Por ejemplo, yo antes salía a correr tranquilamente a las 9.00, cuando dejaba a mi hijo en el colegio. Ahora a esa hora es casi imposible salir. Hay que hacerlo muchísimo más temprano. Pero es que, además, a las 21.00 tampoco se puede salir, porque sigue haciendo el mismo calor horroroso que te da dolor de cabeza», lamenta Yesica Brea Morilo, profesora de baile y flamenco, y runner.
Reside en Sevilla y confiesa que «este año está siendo especialmente duro porque ha entrado el calor muy pronto». Respecto a su trabajo (las clases de baile), dice que no tiene mucho margen para cambios, pero sí que ahora bebe muchísima más agua que antes. «Suelo adelgazar bastante en junio, pero es una pérdida de líquido», señala.
Hacer deporte bajo un calor intenso transforma el organismo en una olla a presión, como explica la doctora Gaztañaga. Para la especialista en Medicina de la Actividad Física y el Deporte, el entorno ambiental ideal para la práctica deportiva se sitúa entre los 18 y los 26 ºC, donde la termorregulación funciona sin fricciones. Sin embargo, rebasar los 37,5 ºC en el exterior desata un peligroso efecto dominó, especialmente si hay humedad alta. «Tenemos una respuesta cardiovascular y del sistema nervioso. A nivel central, la frecuencia cardíaca se incrementa. Y a nivel periférico hay una vasodilatación, baja la tensión y entonces la sangre se queda atrapada en las extremidades. Si a esto le sumamos que la humedad agrava la transpiración, la evaporación es peor y el sudor se queda en la superficie, pero no consigue hacer el intercambio. La dificultad es mayor para bajar la temperatura corporal, que es el objetivo», detalla la médica.
Durante un esfuerzo físico con calor extremo, la pérdida de líquidos puede dispararse de los dos litros habituales a más de tres y medio. «A partir de un 2% de pérdida de líquidos empieza a fallar la regulación metabólica. Empiezan a acelerarse las respuestas cardiovasculares y pueden fallar porque no pueden bajar la temperatura corporal», advierte la especialista.
Esta realidad la constatan en primera persona quienes llevan décadas en las calles. Dani Alcañiz, que practica ciclismo y running desde hace más de 20 años, confirma cómo se ha estrechado el margen para entrenar: «El calor afecta mucho al rendimiento en cualquier deporte, por la deshidratación y porque hace que el pulso te suba por la temperatura. Las temperaturas van subiendo poco a poco con los años y los episodios de temperaturas altas cada vez son más frecuentes». Para Alcañiz, residente en Valencia, la única opción es alterar sus hábitos: «Intento salir a entrenar temprano para evitar el calor, pero si no tengo más remedio y salgo con calor, no hago alta intensidad».
Esa misma estrategia de evasión térmica aplica Mónica Eiras (A Coruña) en el trekking, buscando siempre «rutas con mucha sombra y con zonas de río para refrescarse». Una necesidad de refugio a la que se suma Janire Sánchez, de Madrid. En la montaña, para la escalada, busca resguardarse en «laderas con pinares, cuevitas e, idealmente, con zonas de baño cerca». Sin embargo, en la ciudad, el cemento es una trampa térmica: «La calistenia solo es viable de noche o pronto en la mañana, al estar los parques en zonas muy expuestas y urbanas, donde el efecto isla de calor es mucho mayor», explica. En verano, ha tenido que renunciar directamente a su afición al running porque «las condiciones climáticas» no se lo permiten.

Aclimatarse o morir
El problema de la práctica amateur no se limita al aire libre. Hacer ejercicio en casa o en instalaciones deportivas muchas veces multiplica las condiciones de riesgo. «En los gimnasios que no están acondicionados, si la ventilación es deficiente, se acumula gente, no hay aire acondicionado… todo eso incrementa la humedad y el calor humano. Y el calor hay que disiparlo. Entonces el sudor no se evapora, con lo cual el riesgo es todavía mayor porque no puedes recuperar», alerta la doctora Teresa Gaztañaga.
Mónica Eiras lo corrobora con las actividades indoor: «Te exigen estar más pendiente de tus sensaciones, ya que estamos más expuestos a bajadas bruscas de tensión y desmayos». Un aviso médico que también experimenta en su propio cuerpo Janire Sánchez al entrenar escalada en el rocódromo: «El verano me exige beber muchos más líquidos; si no, rindo menos e incluso me baja la tensión».
Bajo estas condiciones de efecto invernadero, el peligro acecha especialmente a grupos de riesgo invisibles, como niños, adolescentes –cuyo sistema de termorregulación no está maduro– y mayores de 65 años, quienes presentan una respuesta metabólica menos eficiente. Sobre esto, la médica alerta de la falta de percepción del riesgo en el deporte popular. «Cuando tenemos sed, ya vamos tarde. La sed no es un indicativo de la deshidratación al principio», desmonta la doctora Gaztañaga. «Hay que hacer caso a todas las guías de salud. Cuando tenemos un riesgo, todos pensamos “a mí no me va a pasar, soy una persona joven, bebo agua, estoy trabajando, no tengo otra hora…”, y entonces salgo a la calle con ropa no adecuada o sin hidratarme. El riesgo es que la gente no se lo cree hasta que no le pasa». La alimentación, la hidratación (antes con agua y después con electrolitos), una buena indumentaria, pausas y un buen descanso son algunas de las recomendaciones de la experta.
El calentamiento global no va a acabar con la humanidad de un día para otro. El panorama es aún más cruel. Lo que hace tener un planeta 1,4 ºC más tórrido es deteriorar la calidad de vida, sobre todo de quienes menos posibilidades tienen para adaptarse. Agrava las desigualdades y aumenta el sufrimiento de todas las vidas, ya sea humana o animal. El cambio climático, que empeora cada aspecto de nuestro día a día, roba poco a poco todos los hábitos considerábamos inmutables. También el ocio activo y el deporte.

