¿Un Tour de Francia o La Vuelta en horario de mañana? Adaptación frente al estrés térmico

El Tour de Francia ha evitado milagrosamente los picos históricos de calor en el mes de julio, pero un exhaustivo análisis de medio siglo de datos climáticos revela que es cuestión de tiempo que el colapso térmico golpee la carrera. Investigadores piden adaptar horarios, rutas y protocolos de seguridad para reducir los riesgos.
¿Un Tour de Francia o La Vuelta en horario de mañana? Adaptación frente al estrés térmico
Un momento de la etapa 7 del Tour de Francia en 2023, a su paso por Burdeos. Foto: REUTERS/Benoit Tessier

Durante más de un siglo, el Tour de Francia ha puesto a prueba los límites del aguante humano a través de extenuantes etapas de montaña y frenéticos sprints. Sin embargo, el rival más formidable del pelotón en el siglo XXI no viste maillot, sino que se manifiesta en los termómetros. Un exhaustivo análisis de medio siglo de datos climáticos revela que, si bien la emblemática carrera ha logrado esquivar milagrosamente las condiciones más extremas hasta la fecha, el riesgo de estrés térmico provocado por el progresivo calentamiento global está cercando peligrosamente a la competición.

El estudio, publicado este martes en la revista Scientific Reports, analiza las condiciones climáticas asociadas a más de 50 ediciones de la ronda gala comprendidas entre los años 1974 y 2023. La investigación, liderada por el Instituto de Investigación para el Desarrollo (IRD) de Francia dentro del proyecto europeo TipESM, y que cuenta con la colaboración del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal) y la London School of Hygiene & Tropical Medicine (LSHTM), dibuja un panorama muy claro.

Los resultados evidencian un aumento constante del riesgo de estrés térmico en las fechas y localidades tradicionales en las que se celebra la carrera. De hecho, la última década concentra el mayor número de episodios de calor extremo. A pesar de esta pronunciada tendencia al alza, el Tour ha evitado hasta ahora enfrentarse a condiciones de máximo riesgo para la salud humana, salvándose en algunas ocasiones por un estrecho margen de apenas unos días o unas pocas décimas de grado.

Una carrera «extremadamente afortunada»

Ivana Cvijanovic, investigadora del IRD y autora principal del estudio, subraya esta insólita suerte estadística: “En nuestro análisis, observamos que la ciudad de París, por ejemplo, ha cruzado el umbral de alto riesgo de calor en cinco ocasiones en julio, cuatro de ellas desde 2014. Otras ciudades han experimentado muchos días de calor extremo en julio, pero afortunadamente no en la fecha de una etapa del Tour”.

Al comparar los valores máximos del índice de Temperatura de Globo y Bulbo Húmedo (WBGT) —una métrica que mide el estrés térmico— a las 15:00 horas, la diferencia entre los días de carrera y el resto del mes de julio es abismal. En Nimes, por ejemplo, el récord de estrés térmico en pleno Tour fue de 27,9 °C en el año 2019, rozando el límite de peligro. Sin embargo, en un mes de julio normal, la ciudad ya ha llegado a alcanzar los 30 °C (año 2020).

“Podemos decir que es una carrera extremadamente afortunada, pero con las olas de calor que baten récords haciéndose más frecuentes, es solo cuestión de tiempo que el Tour se encuentre con un día de estrés térmico extremo que pondrá a prueba los protocolos de seguridad existentes”, añade Cvijanovic.

El mapa del calor: regiones de alto riesgo frente a refugios de montaña

La geografía francesa no responde de manera uniforme a este aumento de las temperaturas. Los investigadores han trazado una radiografía del riesgo que identifica claramente las zonas de mayor peligro:

  • Zonas de máxima incidencia: el suroeste de Francia es uno de los focos más alarmantes. El pelotón ya cruzó la línea roja en Burdeos durante el Tour de 1995, alcanzando un valor WBGT de 28,7 °C (el límite de alto riesgo de la Unión Ciclista Internacional –UCI– se sitúa por encima de 28 °C). No obstante, la propia ciudad llegó a registrar 30,1 °C de estrés térmico en julio de 2019. Toulouse y Pau también han presentado valores superiores a los 27,5 °C en fechas de carrera, acercándose peligrosamente a sus respectivos récords absolutos mensuales.

  • Nuevos focos de alerta: urbes como París o Lyon están cruzando cada vez con mayor asiduidad el umbral de alto riesgo, convirtiéndose en nuevos epicentros. En París, el mayor índice registrado en carrera fue de 26,8 °C (2002), pero la ciudad ya alcanzó los 28,8 °C en julio de 2019.

“Se debe tener especial precaución al planificar etapas en estas regiones”, señala Desislava Petrova, investigadora de ISGlobal.

En el extremo opuesto, la alta montaña sigue ofreciendo un respiro climático. Enclaves legendarios para el ciclismo como el Col du Tourmalet o Alpe d’Huez se han mantenido históricamente en umbrales de riesgo térmico seguros: los picos máximos en carrera se sitúan en 23 °C (2006) y 20,1 °C (1992), respectivamente.

En cuanto a la cronología diaria, el análisis confirma que las horas matutinas siguen siendo la franja más segura para la actividad deportiva, mientras que los niveles elevados de estrés térmico pueden prolongarse de manera peligrosa hasta bien entrada la tarde.

¿El Tour o La Vuelta en horario de mañana?

Para realizar el estudio, se recuperó registros meteorológicos históricos de 12 localidades frecuentadas por el Tour y calcularon la antes mencionada WBGT, una métrica empleada en muchos de los protocolos de seguridad de las federaciones internacionales. Esta herramienta combina la temperatura ambiental con la humedad relativa (que impide que el sudor se evapore), la radiación solar directa y la velocidad del viento.

El Tour de Francia sirve en este análisis como un caso ilustrativo del impacto innegable que el cambio climático supone para la organización de eventos deportivos estivales en todo el planeta. El calor extremo no es solo un factor limitante del rendimiento, sino una amenaza directa a la salud. Federaciones internacionales, como la UCI o la FIFA, ya aplican protocolos de protección (hidratación o pausas), pero no existe un estándar universal.

A esto se suma un vacío en la literatura científica. James Begg, investigador de Galson Sciences, señala que aún existen incógnitas sobre la respuesta térmica en atletas de élite. “Para investigar las vulnerabilidades específicas del deporte, necesitaríamos acceso a datos fisiológicos anonimizados que nos permitieran ir más allá de los índices de calor por sí solos”, concluye.

Con todo esto, los investigadores resaltan la necesidad de adaptar horarios, rutas y protocolos de seguridad para reducir los riesgos tanto para los ciclistas como para el personal del evento y los espectadores antes de que al Tour se le agote su prolongada racha de buena suerte climática.

Sobre esto, la investigadora Ivana Cvijanovic sugiere, en conversación con Climática, que determinadas etapas (tanto del Tour como de aquellas de La Vuelta que transcurran en zonas costeras) terminen antes del mediodía, idealmente antes de las 11:00. «En un día de calor extremo, las franjas de 16:00 a 17:00 todavía pueden ser muy peligrosas, porque a medida que la temperatura baja, la humedad aumenta, por lo que el alto estrés térmico puede persistir hasta bien entrada la tarde», detalla. Esto, cuenta, es perjudicial no solo para los ciclistas, sino también para los espectadores. «Si pudiéramos limitarnos a las horas de la mañana, julio podría ser muchísimo más seguro y la carrera podría seguir celebrándose en este mes durante un tiempo más», añade.

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