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Desde hace casi 200 años, cuando llega la primavera, miles de alemanes estrenan la temporada de sus pequeños jardines o Kleingarten. Son vergeles cuidadísimos que están en muchas ocasiones dentro de las ciudades, pero no son estrictamente de quienes los cuidan, sino patrimonio de todos, puesto que las parcelas se alzan en su mayoría sobre suelo público. Sobre mucho suelo público. Berlín, por ejemplo, alberga unas 870 colonias de jardines que ocupan cerca de 2.900 hectáreas de la capital, una superficie equivalente a 4.000 campos de fútbol.
En uno de estos jardines, en Erlengrund, pasa sus tardes de verano Verónica Belinchón, valenciana de 40 años que, tras la pandemia, cambió las noches de techno por tardes apacibles en un jardín y mañanas de mucho trabajo para asegurarse de que le crecen bien las tomateras.
Los jardines, que hoy en día sirven de refugio climático, son una herencia del siglo XIX. Surgieron en plena industrialización, impulsadas por asociaciones de Leipzig y otras ciudades alemanas, que empezaron a crear huertos y espacios de juego para niños y familias trabajadoras. Los terrenos evolucionaron hacia parcelas de cultivo familiar, dando lugar a lo que ahora se conoce como pequeños jardines o jardines de Schreber (Schrebergärten), en honor a Daniel Moritz Schreber. Este médico y pedagogo nunca vio funcionar una colonia así pero difundió las ideas que hay detrás del concepto: los niños de las ciudades, decía él, debían tener acceso a la naturaleza y a espacios donde desarrollarse de forma «ordenada» y saludable, en contraposición a las condiciones de vida urbanas del siglo XIX.
Los Kleingarten sirvieron como esparcimiento de las clases trabajadoras y también fueron un modo de subsistencia durante las guerras mundiales. Hoy siguen protegidos por ley y por el interés ciudadano incluso en lugares como Berlín, donde muchos de estos jardines están en zonas del anillo central de la ciudad, una zona en la que los inversores inmobiliarios ven un gran potencial de construcción.
Normativa rígida
Los Schrebergärten están regulados por una ley federal de 1983. Los municipios ceden el suelo a asociaciones por varios años. La normativa fija alquileres bajos, unos 700 euros al año. Cuando alguien entra en la asociación, compensa al anterior inquilino por árboles, caseta e inversiones. Verónica pagó 5.500 euros.
A cambio, los usuarios pasan a formar parte de la asociación de jardineros, que dirige la colonia con normas estrictas. Una de ellas es la regla de los tercios: al menos un tercio de la parcela se ha de destinar al cultivo de frutas, verduras y plantas útiles; el otro tercio, al jardín ornamental con flores y arbustos, y la parte restante es para el césped, la caseta, la terraza y los caminos y zonas de estancia. Son reglas que hay que cumplir, porque hay inspecciones periódicas. Belinchón cuenta que para ella, al principio, no fue fácil pasarlas: «Tengo que plantar, plantar y plantar. Mi jardín es bastante grande, así es que es mucho trabajo. Al principio iba perdida. Me tuvieron que ayudar, y fue duro. Pero este año ya he pasado la revisión, en la que además te dan consejos. O sea, que es un proceso bastante útil».
Aunque son lugares jugosos (Berlín, por ejemplo, planea reducir el 0,5% del área total de las parcelas de aquí a 2030 para usar parte de esos terrenos para construir infraestructuras públicas), por lo general estos espacios siguen estando protegidos no solo por la ley, sino también por el peso que las asociaciones de jardineros tienen en la vida diaria de las ciudades alemanas. En Berlín hay más de 70.000 parcelas, así que muchos de sus habitantes tienen un amigo al que visitan en verano en su terrenito con frutales, flores, hileras de verduras perfectamente ordenadas y casetas de madera. Por lo general, se espera que el visitante también eche una mano.
La mayoría lo hace con gusto, porque las listas de espera para optar a un jardín de este tipo son tediosas: quien tiene un jardín no se desprende fácilmente de él, así es que la espera se hace larga, de varios años, y esa es la razón por la que no muchas personas jóvenes consiguen acceder a un terreno. Como no hay mucha renovación de personal, tampoco entran muchas personas migrantes, con lo que estos espacios son vistos en ocasiones como zonas de ocio para alemanes de la tercera edad, en esencia conservadores. Aunque, según Verónica, hay de todo y cada vez hay más personas jóvenes y migrantes. En su jardín, asegura, ella y sus amigas –un grupo de mujeres lesbianas españolas– se han sentido bienvenidas. «Creo que la clave fue empezar a participar en la fiesta anual del jardín», dice.
Una forma de vida
Los Schrebergärten no son solo espacios de producción de alimentos, sino que funcionan como lugares de encuentro social. Se celebran fiestas, actividades vecinales, talleres… La mayoría de las colonias incluso tienen un bar con refrescos y tentempiés a los que puede acceder cualquier viandante.
Algunos detractores aseguran que, por tratarse de sitios públicos, los terrenos deberían ponerse a disposición de todos. Pero estos lugares forman parte de la vida de miles de personas y, a pesar de la especulación inmobiliaria, siguen funcionando 200 años después. Son espacios que contribuyen a la biodiversidad, mejoran el microclima urbano y actúan como pequeños corredores verdes. «A mí el jardín me da la posibilidad de parar un poquito. Y, siendo inmigrante, también tengo acceso a mis zonas verdes, a alejarme de la ciudad, despejarme… Para la gente jubilada es lo mejor. Y, sinceramente, para mí también», dice Verónica. En un momento en que muchas ciudades europeas miran cómo construir refugios climáticos, en Berlín ya existen, pero como herencia del pasado.

