Más árboles y menos asfalto: ¿es la vegetación la herramienta que necesitamos para refrescar nuestras ciudades?

El arbolado puede hacer bajar los termómetros hasta 10 °C y reduce cerca de un 50% el efecto isla de calor, pero la gestión de las infraestructuras verdes urbanas también tiene retos importantes.
Más árboles y menos asfalto: ¿es la vegetación la herramienta que necesitamos para refrescar nuestras ciudades?
La ciudad de Barcelona. Foto: Corey Buckley.

En la azotea de la facultad de Geografia i Història, de la Universitat de Barcelona, se alcanzaron el pasado miércoles 31,3 °C a las cuatro de la tarde. Así lo recogió la estación automática que el servicio meteorológico de Cataluña tiene en este edificio, en pleno barrio del Raval. Los datos también reflejan que, ese mismo día, los termómetros solo llegaron a bajar, de madrugada, hasta los 24,3 °C.

El área metropolitana de Barcelona solo dispone de otros cuatro puntos donde se recogen datos de forma automática: el aeropuerto, el puerto, la zona universitaria y el Observatori Fabra. Todos los registros arrojaron temperaturas similares a las de la estación del Raval. Sin embargo, a unos centenares de metros de la facultad de Geografia i Història, la sensación térmica era muy diferente.

Al lado del Raval, en el barrio de Sant Antoni, donde se instaló una de las primeras superilles de la ciudad (áreas donde se limita el tráfico motorizado y se prioriza el peatón), la vegetación ha tomado el mando. Allí no hay estación meteorológica que mida de forma constante el efecto del verde en las temperaturas, pero la literatura científica no tiene dudas: el arbolado puede hacer bajar los termómetros hasta 10 °C y reduce cerca de un 50% el efecto isla de calor (provocado precisamente por la energía que absorben y acumulan los materiales que predominan en las ciudades, como el cemento y el asfalto).

Frente al calor, más sombra

Ya sea en las superilles de la capital catalana, en los corredores verdes que vertebran la ciudad o en los parques, las sombras son espacios cotizados. Bajo los árboles, se respira un poco mejor y los días de temperaturas extremas son un poco más llevaderos. Por el contrario, la vulnerabilidad a las altas temperaturas se dispara en los barrios densamente poblados, con trazados que no favorecen la circulación del aire y con poca vegetación y mucho cemento.

“El tipo de material con el que están construidos los edificios y las calles, los colores de las fachadas y los tejados, con mayor o menor capacidad de rebotar la radiación solar, la proximidad entre los edificios y la sombra que se hagan unos a otros, el diseño de las calles, que puede favorecer la convección del aire, y las infraestructuras verdes influyen mucho en la exposición de la población al calor”, explica Gara Villalba, investigadora de la Universitat Autònoma de Barcelona y directora del proyecto URBAG.

Este proyecto investiga si la vegetación urbana podría hacer que las ciudades sean más resilientes al cambio climático y más sostenibles en términos de gestión del agua, producción alimentaria, calidad del aire, bienestar humano y biodiversidad. “Según los modelos que hemos utilizado, las temperaturas subirán bastante en Barcelona de cara a 2050: habrá bastantes días con 38 y 40 grados”, añade Villalba. “Ante este escenario, podemos pensar que la vegetación hará cosquillas”.

Sin embargo, la investigadora incide en que las infraestructuras verdes hacen mucho más que dar sombra. “Es una de las mejores herramientas que tiene la ciudad para ofrecer zonas de confort a la población, sobre todo, a quienes no pueden tener aire acondicionado en casa o a quienes viven en edificios mal aislados”, subraya.

¿Qué árboles debemos plantar en las ciudades?

“Cuando el arbolado urbano cubre alrededor del 40% de la superficie de la calle, se reduce la temperatura hasta 10 grados en comparación con un espacio que no tenga vegetación”. Para Mariona Ferrandiz, investigadora del CREAF y profesora de la Universidad Autónoma de Barcelona, no basta solo con plantar, sino que también hay que cuidar y gestionar bien el arbolado. “Si queremos que los árboles den mucha sombra, tienen que tener agua y estar sanos, sobre todo, pensando en que cada vez sufrirán unas condiciones más extremas. Es necesario pavimentar menos a su alrededor y que la tierra sea capaz de retener el agua. Y hay que tener en cuenta que no todos los árboles sean de la misma especie, por si aparecen plagas que les afectan”, añade.

Esto nos lleva a otra pregunta: si queremos que las ciudades tengan más árboles, ¿qué especies plantamos? A veces se apuesta por especies no autóctonas para aportar diversidad, pero estas pueden convertirse en especies invasoras o tener plagas asociadas. “Lo más indicado es trabajar con especies autóctonas y, si es necesario traer especies exóticas, debe estudiarse bien cuál puede ser su efecto en el clima y el territorio concreto en el que se van a plantar”, explica Ferrandiz.

Por ejemplo, la encina, el almez y el olivo, especies típicas del bosque mediterráneo, tienen unos requerimientos hídricos bajos y, si se plantan cuando todavía son jóvenes, se van adaptando a las condiciones climáticas a medida que crecen. Mientras, la falsa acacia, el árbol del cielo o el fresno de flor se han convertido en especies invasoras en Cataluña.

La investigadora señala también la importancia de seguir de cerca el estado del arbolado urbano a lo largo del tiempo. Solo entendiendo en detalle cómo los ejemplares responden al estrés térmico e hídrico, podrán tomarse mejores decisiones de gestión. En este sentido, el CREAF desarrolla desde principios de año el proyecto ARSEC para entender cómo afecta el cambio climático en el arbolado urbano de Barcelona.

“En los próximos meses tendremos más datos, pero por la información que tenemos en este momento, la prioridad para el arbolado de Barcelona sería favorecer que les llegue más agua. Eso pasa por retirar el asfalto de donde se pueda y por que los árboles tengan más tierra alrededor”, concluye Ferrandiz. “Así, cuando llueva, el agua penetrará en la tierra y no se irá por los desagües, reduciendo también el riesgo de inundación”.

“Y es clave no pensar solo en grandes parques que requieren de grandes inversiones, espacio y recursos”, puntualiza Gara Villalba. “Si tenemos calles cubiertas con árboles frondosos, ya tenemos un espacio en el que estar a la fresca. Las políticas deben dirigirse a crear ejes verdes, que conecten zonas a través de calles arboladas y con sombra y que nos permitan ir de un sitio a otro sabiendo que no pasaremos tanto calor”.

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  1. ARBOLES Y AGUA (agua en condiciones), indispensables para restaurar la salud del Planeta.

    La Alianza para la Defensa de la Directiva Marco del Agua exige al Gobierno de España que rechace el debilitamiento de esta norma.
    Se necesitan posicionamientos fuertes de los Estados en las instituciones europeas para rechazar cualquier reforma que reduzca sus objetivos ambientales, debilite el principio de no deterioro o abra nuevas excepciones para proyectos con gran impacto.
    En un país especialmente vulnerable a la escasez de agua, la desertificación, las sequías recurrentes y el deterioro de los ecosistemas acuáticos, las organizaciones firmantes recuerdan que la resiliencia hídrica no puede construirse a costa de rebajar las garantías ambientales. Al contrario: proteger y restaurar el buen estado de las masas de agua es una condición imprescindible para garantizar seguridad hídrica, salud pública, adaptación climática y futuro para los territorios.
    La respuesta a la sequía y a la desertificación no puede ser debilitar la principal norma europea que protege el agua. La resiliencia hídrica empieza por ríos vivos, acuíferos en buen estado y humedales funcionales. España debe situarse entre los países que lideren la defensa de la Directiva Marco del Agua, no entre quienes acepten rebajarla.
    La Alianza advierte de que la posible modificación de la Directiva Marco del Agua por parte de la Comisión Europea, bajo el argumento de la simplificación administrativa o del impulso al acceso a materias primas críticas, supondría un grave retroceso si se traduce en autorizaciones más laxas, menor control ambiental o menos transparencia y participación pública. También recuerda que la propia Unión Europea ha situado la resiliencia hídrica en el centro de su agenda, con una estrategia orientada a restaurar y proteger el ciclo del agua, equilibrar mejor la oferta y la demanda y garantizar el acceso al agua limpia y asequible. En la misma línea, el MITECO reconoce en sus orientaciones sobre agua y cambio climático la necesidad de recuperar, restaurar y proteger las masas de agua, incrementar la seguridad hídrica y avanzar en la gestión de sequías e inundaciones.
    Sin embargo, las organizaciones subrayan que estos objetivos serían incoherentes con cualquier reforma que rebaje la protección ambiental. “No hay resiliencia hídrica posible si se permite deteriorar las masas de agua. No hay adaptación a la sequía si se siguen sobreexplotando acuíferos, degradando humedales o autorizando proyectos sin garantías suficientes”, añaden.
    La Alianza insiste en que el problema no es la Directiva Marco del Agua, sino su insuficiente aplicación. Por ello, pide que los esfuerzos se centren en financiar y ejecutar los programas de medidas de los planes hidrológicos, prevenir la contaminación en origen, recuperar ecosistemas fluviales, mejorar el seguimiento del estado de las masas de agua y garantizar una participación pública efectiva.
    Las organizaciones también recuerdan que la Directiva ya contempla mecanismos de flexibilidad para casos excepcionales, incluidos proyectos de interés público superior, siempre que se justifiquen adecuadamente, se evalúen sus impactos, se adopten todas las medidas de mitigación posibles y no existan alternativas ambientalmente mejores….

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