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Son pasadas las nueve de la mañana, Pedro Sánchez acaba de convocar elecciones y en Barcelona llueve a cántaros. Poco antes de las diez, los móviles empiezan a chillar al unísono. Es un ES-Alert de Protección Civil para ocho comarcas, del Garraf a la Selva: limitar los desplazamientos, protegerse en espacios interiores y alejarse de rieras y torrentes hasta las dos de la tarde. En el Vallès Oriental, donde el Tenes baja con más caudal que el Ebro, se pide directamente confinarse, una palabra que nos retrotrae inevitablemente al recuerdo amargo de algo que creíamos archivado.
En los grupos de WhatsApp circulan vídeos de calles convertidas en ríos, barro, coches que flotan, bajos inundados, goteras y humedades. Madres y padres, angustiados, preguntan si los niños están bien en la escuela.
El Meteocat, el servicio meteorológico de Catalunya, reconoce que el episodio de esta mañana no lo preveían los modelos; y sin que esto sea una crítica explícita al servicio, es ilustrativo de cómo (no) nos hemos ido concienciando del calentamiento global: años de informes que anuncian los riesgos y, cuando se materializan en forma de fenómenos meteorológicos extremos, la sorpresa de quien sufre un accidente desafortunado.
Mientras tanto, la campaña electoral acaba de empezar. De vivienda se hablará mucho. De la casa inundada, ya veremos.

