El último abracadabra retardista: el «petróleo descarbonizado»

La estrambótica expresión fue utilizada por el primer ministro de Canadá, Mark Carney. Los expertos corrieron rápidamente a corregirle.
El último abracadabra retardista: el «petróleo descarbonizado»
Mark Carney conversa con el presidente estadounidense, Donald Trump, en una visita a la Casa Blanca, el pasado mes de mayo. Foto: DANIEL TOROK / WHITE HOUSE

Las industrias fósiles (como antes las compañías de tabaco) no paran de inventar nuevos conceptos, nuevas palabras, incluso nuevos productos para seguir vendiendo lo mismo de siempre. Aguantar su charlatanería es el peaje que hay que pagar por pertenecer a la economía de mercado. Después de todo, son empresas privadas y quieren vender su género, pero si su retórica cuentista es asumida por un cargo público (en teoría encargado de velar por la salud de la población) la cosa ya es más preocupante. Y si ese cargo público, para colmo, es un antiguo enviado especial de las Naciones Unidas para la Acción Climática y las Finanzas, hay que ponerse en guardia. Ese hombre es el flamante primer ministro de Canadá, Mark Carney, y ha usado una expresión que ha logrado que la comunidad científica se lleve las manos a la cabeza: «petróleo descarbonizado».

El dislate no fue un patinazo dialéctico. El mandatario norteamericano usó esa expresión con toda la intención en una reunión con los primeros ministros de las 10 provincias y los tres territorios que componen el país. «Es un término engañoso que se refiere a algo que no existe y que no existirá jamás», declaró Damon Matthews, profesor de Ciencias del Clima en la Universidad de Concordia, al diario La Presse.

Se trata, simple y llanamente, de un oxímoron, pero no sería descabellado que acabara imponiéndose. La clave está en qué se considera «descarbonizado» y, sobre todo, en quién lo considera así. Lo considera, obviamente, la industria fósil, que ha conseguido retorcer y deformar el concepto hasta lograr que encaje en sus intereses. La trampa –chiripitifláutica se mire como se mire– consiste en que lo descarbonizado es la producción de ese petróleo. Parece una broma, pero no lo es. Es el último grito de las compañías petroleras en materia de greenwashing. Bueno, no es exactamente el último, pero nadie con un cargo tan importante como Carney se había atrevido hasta ahora a verbalizar semejante despropósito. Se entiende por «petróleo descarbonizado» aquel crudo cuya extracción y procesamiento incorporan medidas (energías renovables, captura de carbono, compensaciones) para reducir o neutralizar las emisiones durante su producción. Pero la combustión del petróleo emitirá dióxido de carbono (CO2) siempre, sin que importe cómo se ha producido.

Hasta en su propio Gobierno han puesto el grito en el cielo: «No existen el petróleo y el gas descarbonizados. El petróleo contiene carbono. Es química de secundaria. Y emiten dióxido de carbono cuando se usan», declaró al diario The Star Simon Donner, climatólogo de la Universidad de la Columbia Británica y copresidente del órgano consultivo para la neutralidad climática del Gobierno canadiense. Donner fue especialmente duro con la ocurrencia del primer ministro. «El Gobierno se pone en evidencia al usar la jerga industrial y de marketing» de las compañías petroleras, agregó sin poder esconder su enfado.

El liberal Carney, sustituto de Justin Trudeau al frente del Gobierno canadiense y exgobernador del Banco de Inglaterra, defendía hasta hace poco la necesidad de mantener bajo tierra las reservas de petróleo, gas y carbón, tal y como vienen recomendando los científicos climáticos desde hace décadas. Pero algo ha cambiado en su discurso, más cercano hoy a lo que podría denominarse «pensamiento mágico». Carney quiere aumentar la producción y reducir las emisiones. En otras palabras: soplar y sorber.

Al parecer, este malabarismo retórico tiene su origen en la guerra arancelaria declarada por Donald Trump. Previendo una época de vacas flacas, el líder canadiense ha decidido borrar sus anteriores opiniones, anular la política climática de su predecesor (las petroleras detestaban a Trudeau, que tampoco es que fuera un comunista peligroso) y pactar con la industria fósil para extraer todas las riquezas naturales posibles. No en vano, Canadá es uno de los mayores productores y exportadores mundiales de petróleo y gas. «Podemos darnos a nosotros mismos mucho más de lo que cualquier gobierno extranjero [léase Trump] podría quitarnos. Así que estamos en condiciones de construir a lo grande, construir con audacia, construir una economía canadiense y construir desde ya», declaró Carney a un grupo de periodistas en Saskatchewan.

Entre esas cosas que va a construir están nuevos oleoductos «descarbonizados» y un proyecto multimillonario para capturar carbono de las arenas bituminosas de Alberta, uno de los procesos de extracción más contaminantes que hay, como explicaba John Vaillant en una entrevista con Climática. El resultante de minar esas arenas, combinado con la captura de carbono, es lo que Carney entiende por «petróleo descarbonizado».

El disparate se entiende mejor con números: se estima que el 80% de las emisiones de gases de efecto invernadero de los hidrocarburos provienen de su combustión y el 20 % de su producción. Como explica el citado profesor Matthews, el crecimiento de la industria fósil que plantea Carney, incluso en un escenario en el que se redujeran las emisiones durante los procesos de producción, es totalmente incompatible con la lucha contra el cambio climático. «Son dos objetivos contradictorios. No podemos lograr la neutralidad climática si continuamos produciendo petróleo. Es imposible», añade.

Es imposible, efectivamente, pero el concepto (tan ridículo como el de «hechos alternativos») ya está en circulación. Y hoy en día eso es lo único que importa.

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