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Este artículo forma parte de la sección mensual titulada Prevención LAB: experiencias globales y soluciones locales, escrita por la experta en gestión de desastres Carmen Grau Vila.
Nunca imaginé que el hogar de mi infancia sería un día portada de Greenpeace. Calle Pintor Sorolla, Edificio Neptuno de una playa valenciana. Durante años esta fue mi dirección postal. El edificio marítimo con nombre de dios romano se construyó en los años sesenta del siglo pasado, pero en enero de 2026 su estructura retumbó. La borrasca Harry, un tridente de mar desmedido, se llevó por delante el muro de contención y las terrazas de mis vecinas. Para las personas que crecimos bajo sus cimientos, mecidas por las placenteras aguas, no es solo un edificio caído, es un pueblo entero.
Nuestro Mediterráneo ha sido, en los últimos sesenta años de historia, testigo silencioso de un proceso urbanístico y turístico sin precedentes en España. Entre inviernos húmedos y tórridos veranos, desde antaño somos punto de encuentro de una península ávida de sol y luz. De Albacete, Madrid y Galicia eran mis amigas de juegos en el Neptuno. Pero Gloria y Harry no son turistas que vienen a veranear, son las borrascas de 2020 y 2026 que han dañado nuestro litoral.

La playa donde se ubica el Neptuno «es el punto costero más gravemente amenazado de la región» y «sufre regresión crónica extrema», dice Greenpeace en su informe Destrucción a toda costa, publicado este julio. Es uno de los 22 parajes en estado crítico, solo en la costa valenciana, pero suman casi 200 en el conjunto peninsular. La organización internacional ecologista apunta a las causas: la subida del nivel del mar, la falta de sedimentos desde los ríos, el efecto barrera de infraestructuras como presas y puertos, la urbanización y la crisis climática.
Porque los cambios del clima no le son ajenos al mar, y los acucia como el que más. Múltiples informes, como el del panel de expertos MedECC, no dejan de alertarnos sobre el aumento de la temperatura del mar y los fenómenos extremos. Aunque es la realidad más íntima la que le pone rostro a la ciencia. Para mis vecinas del pueblo, los datos ya son hechos dolorosos. Somos la generación que experimenta impotente los cambios, pero también la que debe ponerse de acuerdo y buscar soluciones para nuestros hijos.
Las playas se regeneran en operaciones millonarias, pero nuevos temporales se llevan la arena aportada y con ella millones de euros, un descomunal esfuerzo económico de todos. En medio de la pérdida y el gasto, mis vecinos asisten incrédulos a una peligrosa paradoja: mientras una playa se desvanece, en las aledañas se promueven megaproyectos para seguir urbanizando. El litoral mediterráneo se ha convertido en un cóctel de caprichos humanos y climáticos del que no logramos despertar. ¡Nuestro mayor tesoro está perdiendo su capacidad para acogernos!
Se reparan los accesos, se alistan las pasarelas de madera, se recupera el sistema dunar y llegan toneladas de arena para resucitar nuestras playas en obras de emergencia a contrarreloj, pero no puedo dejar de preguntarme cuándo llegará el plan global a largo plazo para hacerle frente a la erosión.
La arena de hoy no es la de ayer. En junio conté los pasos que hay desde mi antiguo hogar de terrazas caídas hasta mojarme los pies, porque incluso con los ojos cerrados una no olvida un camino recorrido miles de veces, ni el paisaje que la acompañó a diario durante décadas. Qué pocos pasos di. Greenpeace me lo ha confirmado con el dato exacto: de 50 metros en los años sesenta a 5 metros este año. En mi memoria, te hacían falta unos prismáticos para distinguir bien la orilla y podíamos organizar torneos de vóley playa sin peligro de golpearle a las sombrillas. Hoy no cabe un partido y la arena está hundida.
La generación de mis padres y la mía aprendimos a nadar con los secretos del mar, a cuidarnos de las corrientes y protegernos de los vientos. «Sopla de poniente, cerrad las ventanas», era la sabiduría popular de las abuelas. Nos adentrábamos en bancos de arena y con pies y manos sacábamos tellinas, el preciado molusco autóctono. Nunca faltaron los habilidosos pescadores al rall, con su red y técnica artesanal a la captura de lisas. ¿Dónde pondría Sorolla su caballete para pintarnos ahora el disfrute del mar?
Nunca imaginé que el hogar de mi infancia sería hoy un grito de alerta: coherencia, soluciones a futuro, empatía y respeto por el territorio. Desde mi pueblo mediterráneo. Para una playa y para todas.

