Etiquetas:
Apagones, inundaciones, erupción volcánica, incendios forestales… En los últimos años, España ha sufrido todo tipo de eventos catastróficos, y si algo ha quedado demostrado es que, aunque muchos de estas situaciones extremas son recurrentes y las conocemos desde siempre, no estamos preparados ni física ni mentalmente para hacerles frente de la mejora manera posible.
Cuando Juan Manuel Gómez Rama, enfermero en el Hospital Virgen de la Victoria de Málaga y comunicador USAR en Bomberos GIRECAN (Grupo Internacional de Rescate ante Catástrofes Naturales), no está trabajando salvando vidas, dedica su tiempo a divulgar sobre la necesidad de instaurar una verdadera cultura de la autoprotección.
Presente en los devastadores terremotos de Turquía en febrero de 2023 y la DANA que golpeó a Valencia en octubre de 2024, Gómez Rama (conocido en redes como @Fenicio_112) se aleja del alarmismo y nos recuerda una realidad incómoda pero vital: en los primeros instantes de una gran crisis, los servicios de emergencia no pueden llegar a todos. Por eso, aboga por pasar de la angustia a la acción, recuperando la responsabilidad individual y vecinal para transformar el miedo y el desconocimiento en planes de familia, mochilas de emergencia y decisiones que salvan vidas.
¿Hay que enfrentar todas las emergencias por igual?
Como regla básica general, si hablamos de grandes eventos catastróficos, comparten acciones en común. Hay que prepararse antes, durante y después.
La preparación previa es común a todas: conocer los riesgos a los que estás expuesto en tu entorno de vivienda (zona inundable, vegetación cercana con riesgo de incendio, zona sísmica, etc.). Es necesario realizar un plan preventivo familiar que incluya un punto de encuentro en zona segura por si fallan las comunicaciones, asegurar alimentos y bebida para las primeras 24-48 horas y tener preparados los documentos personales. Es lo que llamamos la «mochila de emergencia», que preparamos a gusto de cada uno con comunicaciones (radio a pilas para no estar aislado), medicación habitual, dinero en efectivo y ropa de abrigo. Eso es común a catástrofes de gran escala. Luego, cada emergencia variará según los riesgos específicos.
¿Qué debemos reclamar a las administraciones para estar bien preparados?
Habría que empezar desde la escuela con formación en emergencias. Existen planes aprobados hace años, pero depende de si las distintas comunidades autónomas los implantaron en sus planes de estudio. A nivel local y de población, no tenemos una cultura preventiva como la de otros lugares, por ejemplo, Japón.
Una reclamación puede ser también condiciones laborales dignas para quien pone el cuerpo en las emergencias. Cada vez vemos más quejas en este sentido.
Eso siempre es mejorable. Existen diferencias abismales entre comunidades autónomas y servicios; algunas hacen gran inversión en recursos humanos y materiales, y otras no. No hay una norma de calidad unificada a nivel nacional, por lo que cada comunidad gestiona sus recursos según puede.
Cuando tiene lugar una catástrofe, desde un apagón hasta unas inundaciones, suele quedar la sensación de fragilidad como personas y sociedad. ¿Somos más vulnerables hoy que en el pasado a pesar de tener más tecnología, conocimientos y recursos?
La vulnerabilidad depende del desarrollo social. En Andalucía, por ejemplo, la evolución es evidente, pero los riesgos son latentes, como el riesgo sísmico. Estamos en una zona donde el riesgo de sufrir un terremoto catastrófico es recurrente cada cierto tiempo. Geológicamente hablando, episodios del año 1.800 son recientes. Sin embargo, la respuesta ante catástrofes y los servicios de emergencia han evolucionado mucho respecto a hace 50 años, mejorando la supervivencia y resiliencia. El problema es que estos eventos se diluyen en la memoria social. Si el último gran terremoto fue hace más de cien años, se pierde esa «tradición oral» que mantiene la alerta. Por otro lado, las edificaciones han evolucionado y son más sismorresistentes gracias a la actualización de normas de construcción.
La DANA de Valencia fue un punto de inflexión en muchos sentidos. ¿Cree que ha cambiado o hemos aprendido algo? Ya sea a nivel institucional o individual.
Por desgracia, se han aprendido muchas lecciones de aquello. Se vio que no se debería haber construido en ciertas zonas o, de hacerlo, haber realizado obras de infraestructura para evitar avenidas de agua. Esas zonas no deberían ser residenciales. Se pudo haber evitado, pero costó muchas vidas. También se aprendió sobre la necesidad de mayor agilidad en los avisos de Protección Civil a la población. Si hubiese habido más entrenamiento previo, podríamos haber mejorado la respuesta.

¿Existe cultura del riesgo en España?
Somos ‘cuatro frikis’ los que nos dedicamos a esto. A nivel general, hay muchísimo por hacer. Desde las instituciones se está haciendo mucho. En Andalucía, que es lo que más conozco por cercanía y por experiencia, se está trabajando bastante a nivel local para que la población conozca sus riesgos y planes de autoprotección, algo que hace 25 años no existía.
¿Quiénes son referentes en cultura del riesgo o de quiénes podríamos aprender?
Aquí tenemos cosas buenas que exportar, pero es verdad que a nivel institucional, de compromiso, de tener conciencia… En 2016 estuve en unos ejercicios de reclasificación del ERICAM [Equipo de Respuesta Inmediata de la Comunidad de Madrid], donde la ONU recomendaba entonces potenciar los equipos locales, los primeros intervinientes, en lugar de solo los equipos internacionales. En España esto no se está haciendo con la agilidad de países de Centro, Sudamérica o Norteamérica. Ellos trabajan muy bien la cultura preventiva, potenciando los equipos locales, dándoles una formación reglada y unificada a nivel internacional, homologada… Llevamos años pidiendo que la Dirección General de Protección Civil potencie, forme y dé recursos a los equipos locales (bomberos provinciales, agrupaciones locales), que son los primeros en intervenir en las catástrofes. En España queda mucho camino.
¿Qué le parece el uso que se está haciendo últimamente del sistema ES-ALERT?
Considero que ES-ALERT es una herramienta muy valiosa para la difusión de avisos generales a la población en situaciones de emergencia. En España, su aplicación en entornos reales es todavía relativamente reciente, y laPre‑Alertades autónomas disponen actualmente del sistema para su activación en función de sus planes de protección civil.
En algunos episodios, como la DANA de 2024, su uso se produjo de forma tardía, lo que probablemente redujo su potencial preventivo. En cambio, en actuaciones más recientes en Andalucía se han emitido mensajes con mayor antelación, mostrando una mejor integración operativa del sistema.
Hasta ahora, el uso se ha centrado principalmente en avisos ES-ALERT de Nivel 1, orientados a requerir una acción inmediata por parte de la ciudadanía. Desde mi punto de vista, sería muy conveniente potenciar también los avisos de Pre‑Alerta de Nivel 2, que permitirían una preparación previa ante riesgos potenciales y reforzarían el enfoque preventivo de la protección civil.
Cuando todo está bien, cuando hace sol y nada extraño ocurre, se nos olvida el miedo o la sensación de alerta. ¿Cómo podemos mantener una ‘cultura de riesgo’ activa sin vivir angustiados permanentemente?
La angustia la produce el desconocimiento, la inmediatez. Si esto se trabajara de forma continuada, como se hace en Cádiz, Barbate o Málaga con el riesgo de maremotos (simulacros, cartelería), se perderían los miedos. Esto hay que potenciarlo, no se está haciendo lo que se debiera. Hay que hacer partícipe a la sociedad, no solo a los cuerpos de seguridad. Si sabes lo que afrontas, sabes planificar y preparar tu entorno, te sentirás más seguro y la resiliencia posterior será mejor.

Hace unos años estuvo muy presente en los medios y las redes los preparacionistas, concepto ligado a gente considerada conspiranoica por vaticinar un colapso mundial. No ha llegado el fin del mundo como tal, pero sí que cada vez hay más eventos extremos ante los que no estamos formados. ¿Qué es realmente estar preparado para una persona o familia cualquiera?
Hay extremos, desde lo básico hasta el búnker nuclear. Ni tanto ni tan poco. Es cierto que quien practica el preparacionismo tenía recursos durante el apagón o situaciones críticas: power bank, gasolina, agua potable, cocina de gas, etc. Estar preparado es ser consciente: tener una mochila, revisar fechas de caducidad en la despensa y tener un margen de autonomía de cuatro o cinco días. La seguridad radica en que todos estemos protegidos, como con las vacunas. Si en una comunidad de 20 vecinos solo se prepara uno, ese será el objetivo del resto si ocurre algo.
En el imaginario está el prepper como un lobo solitario, pero con catástrofes recientes hemos visto que la red vecinal ha sido fundamental. ¿Qué debe primar a la hora de tejer estas alianzas ciudadanas?
La red vecinal y la ayuda mutua son fundamentales y siempre se darán, como vimos en Valencia o en accidentes anteriores y posteriores. Los vecinos son los primeros intervinientes, no nos queda otra. Lo ideal sería que cada vecino interesado se apuntara a su agrupación de voluntarios de Protección Civil para recibir formación y material. Hay que hacerlos partícipes, no acordarnos de Santa Bárbara cuando truena.
¿Qué le parece la frase «Solo el pueblo salva al pueblo»?
Ha habido mucha injerencia política. El pueblo siempre va a reaccionar y salvar al pueblo, pero debe estar formado e informado. Muchas personas fueron a ayudar sin medios suficientes y se expusieron a riesgos, como intoxicaciones por monóxido de carbono al usar generadores en sótanos.
Esa frase (“solo el pueblo salva al pueblo”) suele surgir como queja ante la falta de rescate inmediato en una catástrofe. En otros países son conscientes que no será así. ¿Debemos asumir que en las primeras horas o días debemos ser capaces de sobrevivir por nuestra cuenta?
No puede haber un policía ni una ambulancia para cada persona. Hay que ser conscientes de que los recursos son limitados y asumir que pueden pasar horas hasta recibir asistencia. Por definición, la ambulancia siempre llega ‘tarde’ porque la necesidad es inmediata. Tenemos que darnos los primeros cuidados nosotros mismos. Hay que desmitificar la omnipotencia de los recursos y ser conscientes de que debemos dimensionar las ayudas. Es importante tener extintores en casa o en la comunidad de propietarios; tú no eres bombero, pero te voy a dar una herramienta para que mientras llega la ayuda; tú puedas hacer frente a un conato de incendio, por ejemplo. O enseñar a hacer una RCP o, si presencias una parada cardiorrespiratoria, que puedas hacer las primeras maniobras de resucitación hasta que venga un equipo de emergencias. O distribuir desfibriladores semiautomáticos por las distintas zonas de nuestra ciudad, ya sea en una farmacia, en un poste o en una gran superficie. Vamos a formar a los vigilantes jurados también para que sepan atender emergencias. En definitiva, hay que saber hacer cosas que salvan vidas mientras llegan los recursos.
En grandes catástrofes, ¿cuánto tiempo debe asumir la gente que puede estar sin auxilio?
Siempre espera lo peor para afrontar la situación. Si te preparas para lo peor y luego tarda menos, mejor. En el apagón de Berlín o en situaciones en España se han visto esperas de días. Si tienes cómo calentarte, alimentarte y comunicarte, puedes sobrevivir bien. Hay que planificar y mantener la calma.
Toda persona que lea esta entrevista, ¿qué es lo mínimo imprescindible que debe tener en casa alguien ante cualquier imprevisto? ¿Cambia dependiendo de la emergencia?
Algo para comer y beber, algo para abrigarte o enfriarte, energía (placas solares, generador), comunicaciones (walkies sin licencia, radio), documentación y dinero en efectivo, ya que los sistemas de pago pueden caer. También recomiendo el concepto EDC (Every Day Carry, para llevar todos los días): llevar encima una linterna, una radio, algo de alimento y abrigo, especialmente útil si te quedas atrapado en un tren o carretera.
Deberíamos tener todo eso que comenta en una mochila ya preparada en casa, sobre todo por si es necesario abandonar el hogar.
Así es, es clave tener la mochila lista con lo básico que hemos ido comentando: linterna, latas de comida, agua, aseo, ropa… Eso es muy personalizable. Y muy importante: tener planificado dónde ir. Recomiendo hablarlo previamente y acudir a casa de un familiar o amigo antes que a un albergue, que es algo provisional y con menos intimidad. Están muy bien [los albergues], pero donde mejor vas a estar alimentado y protegido es en un hogar ya funcional.
Hay que tener un ‘plan familiar’ que contemple las rutas de escape según el riesgo. Y no olvidar a la mascota, que es uno más de la familia; afortunadamente, los albergues ya se están adaptando para admitirlas, algo que ha mejorado mucho en los últimos años.
¿Cómo se adapta un plan de emergencia cuando hay una persona dependiente, con movilidad reducida o que necesita electricidad para un respirador/oxígeno? ¿Qué deben hacer esos hogares prioritariamente?
Son población diana que demandará más recursos. Los primeros cuidadores son las familias, que deben prever soportes de respaldo (balas de oxígeno, baterías) por si falla el suministro. También es fundamental la planificación externa: los organismos locales, ya sea la Agrupación de Voluntarios de Protección Civil, Cruz Roja o los Servicios Sociales del Ayuntamiento, deben tener identificadas y localizadas a estas personas. Deben saber, por ejemplo, en qué vivienda reside alguien que necesita electricidad las 24 horas. El objetivo es que, dentro de los planes locales de Protección Civil, se contemple priorizar su asistencia para llegar hasta allí con un margen de tiempo de seguridad y facilitarles los suministros necesarios.
Hay que practicarlo e implicar a la población. Cuando ocurre una catástrofe, es común que las líneas telefónicas se saturen o caigan, y si no se ha ensayado previamente, la gente no sabe a dónde acudir ni qué hacer. Si se practican estos escenarios, se gana en tranquilidad y se aporta seguridad durante la emergencia, evitando que el pánico lleve a la gente a huir hacia lugares peligrosos, generando riesgos añadidos. Si trabajamos esta cultura de prevención y cada uno actúa como una «célula de seguridad» previsora, estaremos mucho más seguros como comunidad.
En las catástrofes –durante y después– es importante el factor psicológico.
Hay que dar más visibilidad y participación a la psicología de emergencias. Aporta herramientas tanto a los afectados como a los intervinientes para gestionar la situación durante y después del evento. En Andalucía, por ejemplo, se habilitó rápidamente una línea de apoyo psicológico tras las recientes inundaciones.
En un contexto de emergencia, ¿hay algo que considere que está muy normalizado y que para usted, como especialista, le resulte contraproducente, que reste más que sume?
Resta la poca asunción de responsabilidades personales. Hay que tomar decisiones, y lo que observo desde hace un tiempo es que la gente no quiere tomar decisiones por miedo a tener que responder después. Vemos situaciones, como en accidentes de trenes, donde la gente se pone a grabar con el móvil antes que a ayudar. Echo en falta acción en los primeros minutos ayudar a liberar a alguien, comprimir una herida, calmar al resto… Salvar vidas. Como decía antes, en esos primeros momentos no tenemos un policía, ni un enfermero, ni un médico, así que toca gestionar nosotros mismos.
Me gustó mucho la actuación del chico del tren que se hizo viral en el accidente de Adamuz. De manera calmada, informó e invitó a las personas que se encontraban bien a prestar atención al resto de pasajeros que estaban en peores condiciones. Sabía lo que tenía que hacer y lo ejecutó correctamente y con calma; fue de las mejores reacciones que vi ese día. Eso es precisamente lo que echo en falta y lo que debemos trabajar: combatir la inacción de las personas provocada por el desconocimiento.




