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Marta Estrada, oceanógrafa: «Los padres de mis amigas pensaban que para qué iban a estudiar si se tenían que casar»

La oceanógrafa lleva medio siglo estudiando la distribución y dinámica del fitoplancton en los mares de todo el mundo. Fue una de las tres primeras mujeres españolas en pisar la Antártida y relata las dificultades que encontraban las científicas de su generación.
Marta Estrada ante el mural del Institut de Ciències del Mar (CSIC), en Barcelona. Foto: Clara Cardelús

Esta entrevista fue publicada originalmente en la revista La Marea 99. Puedes conseguir tu ejemplar, en papel o digital, aquí.

En el edificio del Institut de Ciències del Mar (ICM-CSIC), en Barcelona, hay un mural con su cara. Está rodeada de plancton, como no podía ser de otra forma. Marta Estrada (Granollers, 1946) lleva más de 50 años trabajando como oceanógrafa, estudiando la distribución y la dinámica de las comunidades del fitoplancton en los mares de todo el mundo. Pero hay un océano del planeta con un poco más de significado que el resto.

Estrada es una de las tres primeras mujeres españolas que navegaron el océano Austral y pusieron pie en la Antártida. Fue en 1984, junto a Josefina Castellví (también investigadora del ICM) y la periodista Charo Nogueira. Desde entonces, ha vuelto al continente helado varias veces. La última, en 2015, con el proyecto PEGASO, coordinado por el oceanógrafo Rafel Simó.

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«¿Si volvería otra vez a la Antártida? Claro, pero a mi edad, lo tengo difícil como investigadora, siempre hay miedo de que alguien sufra problemas de salud. Además, las plazas son limitadas y lo normal es que vaya gente joven con carrera por delante. Yo ya estoy amortizada», bromea.

¿Era muy distinta la Antártida que vio en 2015 a la que vio en 1984?

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La última vez que estuvimos en la zona de la península Antártica, creo que no bajó de cero grados casi ningún día. Incluso llovió, cuando lo normal hubiera sido que nevara. Pero es parte de la variabilidad normal. Lo que yo encuentre un día cualquiera no es significativo. Lo significativo es que hay muchos datos y análisis que nos dicen que la península Antártica se está calentando.

Igual que las nieves de estos días no significan que no exista el cambio climático.

Claro. Aquí en Barcelona hemos pasado de días muy fríos a un calor casi de primavera. No hay que quedarse en la experiencia puntual sino en las tendencias que marcan los datos.

1984. Primera visita a la Antártida junto a Josefina Castellví y Charo Nogueira. ¿Cómo recuerda aquel viaje?

Aquel viaje fue posible gracias a Antoni Ballester, que había estado en 1966 en una expedición oceanográfica belgo-neerlandesa y se había quedado enamorado. Estaba buscando siempre la oportunidad de volver, pero nadie le hacía caso. En aquellos tiempos, la investigación estaba bastante abandonada en España. Al final consiguió que nos invitara el Instituto Antártico Argentino para una campaña en el rompehielos Almirante Irízar. El objetivo de aquel barco era aprovisionar las bases, pero también se iba a aprovechar el viaje para hacer investigación. Y allí fuimos, Ballester, Pepita Castellví, Charo Nogueira y yo.

Marta Estrada
Marta Estrada (a la derecha), en 1985, en la base antártica Esperanza (Argentina). Le acompañan , entre otros, Josefina Castellví (centro) y Antoni Ballester (con la bufanda).

¿Cómo es llegar por primera vez a la Antártida?

Increíble. En aquella época, pensar en ver icebergs y esos paisajes helados era casi una utopía. Tuvimos la suerte de que el barco recorrió muchas bases y nos permitió ver mucho de la Antártida. Me quedé encantada, fue casi una revelación.

Hablaba antes de la situación de la ciencia en España. En 1984 ni siquiera existía una base en la Antártida.

La base se la debemos, en gran medida, al empeño de Ballester y Castellví, que más tarde fue jefa de la base [la primera mujer en lograrlo en la historia de la investigación antártica internacional]. En aquellos años iba a renovarse el Tratado Antártico y las autoridades españolas pensaron que, si éramos un país importante, deberíamos estar en la Antártida. Y para estar allí había que montar algo. Ballester, Castellví y otros colaboradores ya habían montado un primer campamento en la isla Livingston, que era un buen sitio para algo permanente. Así que cuando a las autoridades españolas les entraron las prisas para instalar una base, contactaron con ellos y todo se aceleró. Como decía Castellví en un artículo, lo que no se había hecho en 20 años se hizo en tres meses. En 1988 se inauguró y en 1991 entró en funcionamiento el buque Hespérides. Desde entonces, la contribución española en la Antártida ha aumentado muchísimo.

¿Por qué es importante investigar lo que pasa en la Antártida?

La Antártida es una pieza muy importante del sistema de la atmósfera y el clima. Es una zona de hielo con mucho albedo, por lo que refleja mucha radiación solar. Además, está rodeada por una corriente marina circumpolar y es un punto clave para la formación de agua profunda y la circulación marina global. Desde el punto de vista biológico también nos permite estudiar las adaptaciones de los organismos al frío. Desde el físico, es un lugar único para estudiar los campos magnéticos. Y la lista sigue. De hecho, los programas de investigación antártica son muy diversos: hay geólogos, sismólogos, expertos en pingüinos, gente que estudia líquenes y musgos e investigadores del plancton, como es mi caso.

Volviendo a los inicios de su carrera, una mujer estudiando biología y medicina en los años sesenta no era algo habitual. ¿De dónde viene su interés por la ciencia?

Lo que era más raro en mi época era que, en una ciudad como Granollers, hubiese chicas que estudiaran. Los padres de muchas de mis amigas pensaban que para qué iban a estudiar si se tenían que casar. Mis padres dijeron desde el principio que yo tenía que estudiar igual que mi hermano. Así que nunca me planteé otra cosa. Además, a mí me interesó la investigación desde joven por mis padres. Eran contables porque la guerra no les había permitido estudiar otra cosa, pero se dedicaban a la arqueología a nivel aficionado. Estudiaban los vestigios romanos y anteriores en nuestra comarca.

Cuando se graduó y empezó a trabajar, ¿enfrentó obstáculos por ser mujer?

Tuve la suerte de ser casi de una segunda generación de oceanógrafas. Por delante de mí, en el Instituto de Investigaciones Pesqueras que ahora es el ICM, ya habían pasado Josefina Castellví, Dolors Blasco y Tecla Riera. Además, el director de mi tesis, el ecólogo Ramón Margalef, era una gran persona y no era machista. Pero sí que nos pasaban cosas. Por ejemplo, a Castellví, Blasco y Riera no las dejaban ir a tomar muestras en barco porque iban hombres. Recuerdo la anécdota de Castellví, que le dijo al director del centro: «Déjeme salir una vez y no se lo pediré más». Y nunca se lo volvió a pedir, pero siguió saliendo siempre que salía la barca. O la de Blasco y Riera, que una vez salieron y fueron las únicas que no se marearon y tuvieron que hacer todo el trabajo.

Le abrieron un poco el camino.

De alguna manera, cuando entré yo, ya se entendía que habría mujeres que iban a salir al mar y a investigar. Lo que no había, eso sí, eran barcos oceanográficos. En 1971 se puso en servicio el primero, el Cornide de Saavedra, y se hicieron las primeras campañas para estudiar los afloramientos del noroeste de África, en las que tuve la suerte de participar.

¿La tomaban en serio sus compañeros y otros científicos hombres?

Bueno… Sí. En general, la gente de tu misma edad siempre te toma en serio. Sí que había profesores e investigadores misóginos, pero apenas coincidí con ellos. Esto no quiere decir que no hubiese discriminaciones, había muchas. Por ejemplo, si una mujer y un hombre publicaban juntos, la tendencia era pensar que la idea había sido del hombre. Pero lo que más ocurría era que las mujeres casadas tenían que hacer el trabajo de casa, encargarse de los niños y del cuidado de los mayores. Y después estaba el techo de cristal, que sigue existiendo. A una mujer le cuesta mucho más trabajo que a un hombre llegar a un alto cargo.

La situación actual no es la misma, pero ¿qué cosas deberían mejorar?

El techo de cristal sigue ahí, por lo que leo. La carga de los cuidados familiares también sigue recayendo en mujeres, en su mayoría. En muchos sectores todavía existe brecha salarial y también hay diferencias entre lo que se espera de un hombre y lo que se espera de una mujer. Después hay situaciones más difíciles de explicar, como las conductas machistas entre los jóvenes. Hay muchas cosas que mejorar.

Marta Estrada
La base antártica Esperanza, fotografiada en 1985, con el majestuoso pico Pirámide al fondo.

Usted ha dedicado su carrera casi por completo al estudio del fitoplancton. Estos microorganismos acuáticos pasan desapercibidos para la gente de a pie. ¿Por qué son importantes?

Todos los niños escuchan hablar de las plantas, de los conejos o de los linces, pero de lo que sucede en el mar se explica poco. Y eso que ocupa tres cuartas partes de la superficie terrestre. El fitoplancton, un grupo de organismos muy variado, hace el papel de las plantas en el mar: representa la mitad de la producción primaria de materia orgánica del planeta. Todos estos organismos son también la base de la alimentación de pequeños animalitos, el zooplancton, de los peces y, por extensión, de todos los animales acuáticos. Además, son importantes en los ciclos biogeoquímicos de la Tierra, como el del carbono.

Cuando empecé a estudiar, pensaba centrarme más en la bioquímica. Después conocí al doctor Margalef y su enfoque de la ecología, que integraba conceptos de matemáticas, teoría de la información y biología. Y me gustó, así que entré a hacer la tesis con él. Acabé dedicándome a la oceanografía, que me llamaba porque era interdisciplinar y porque el océano no tiene fronteras.

«Antes, la sobrepesca y la contaminación eran las principales preocupaciones. Ahora es el cambio climático»

Precisamente, la oceanografía le da una visión única de cómo todo está conectado en el planeta, que es algo que también es difícil de entender en nuestro día a día.

Si tenemos el clima que tenemos es porque hay una máquina de transmisión de calor del ecuador a los polos, una circulación de energía a través de las corrientes de los océanos. Si no hubiera océano, no sé en qué planeta viviríamos. Por otra parte, como comentaba antes, el mar es fundamental para muchos ciclos biogeoquímicos, para la distribución del carbono y otros elementos en el planeta (se calcula que ha absorbido un 30% del CO₂ generado por las actividades humanas), y como fuente de alimentación para muchos seres vivos. Cuando empecé a trabajar casi no teníamos herramientas para estudiar el océano. Ahora hay satélites y una flota de miles de boyas autónomas que miden constantemente la temperatura o la salinidad, entre otras cosas. No tenemos un sistema perfecto, pero tenemos una buena visión de lo que está pasando en el mar.

¿Y qué está pasando?

Durante muchos años, el cambio climático se veía como algo lejano. Cuando empecé a investigar nos centrábamos en problemas como la sobrepesca y la contaminación. Pero, en los últimos años, la preocupación por los efectos del cambio climático se ha disparado. Muchos de los hallazgos recientes superan las previsiones que se habían hecho.

Volviendo a la Antártida, ¿cómo se notan allí los efectos del cambio climático?

Hay zonas que se están calentando, sobre todo la región de la península y las islas, donde está la base española. Como consecuencia, por ejemplo, ha habido cambios importantes en las poblaciones de pingüinos, algunas se han reducido mucho. También hay un impacto directo en la abundancia y la disponibilidad de kril, un crustáceo que en ciertas fases de su vida se alimenta de microalgas que crecen bajo el hielo marino. Al fundirse el hielo, también se reduce el albedo y se refleja menos energía de vuelta al espacio, por lo que se amplifica el aumento de las temperaturas. Por otra parte, el agua del deshielo hace que las capas superiores de los océanos polares se dulcifiquen, dificultando que el agua de las capas superiores, normalmente más fría y densa, se hunda hacia el fondo.

¿Cómo ve el futuro de la Antártida?

Tenemos Antártida para bastantes años, creo. Espero que duren los protocolos que la protegen e impiden la explotación de recursos. Además del cambio climático, tendremos que estar pendientes del impacto de la sobrepesca y también del turismo, que ha ido en aumento. Creo que los operadores, de momento, intentan hacerlo bien, pero puede ser una fuente de contaminantes y de estrés para los animales.

Hablando de recursos, ¿qué opinión le merece la minería submarina?

Desde el punto de vista biológico, lo mejor sería no tocar el fondo marino. Es una zona fría, en la que los organismos crecen muy despacio. Pero entiendo que hay otros intereses y necesidades. Si se hiciese de forma controlada y acotada, quizá no habría tanto problema. Pero sabemos que eso es muy difícil de conseguir.

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  1. EL FIORDO DE VEJLE (Dinamarca)
    No todos los desastres ambientales son igualmente visibles. Bajo la superficie del fiordo de Vejle, el agua es ahora verdosa y turbia y la zostera marina ha desaparecido, al igual que los pequeños peces que solían esconderse allí.
    Muchos de nosotros tenemos recuerdos del fiordo que alguna vez estuvo vivo y que ahora ha desaparecido.
    Los barcos de pesca llenaban el mar, el pescado fresco se cargaba en el puerto y la comunidad local vivía en convivencia con el fiordo. Los pescadores deportivos recuerdan cuando el muelle estaba lleno de pescadores, pero ahora está desierto y muchos de ellos han abandonado por completo su pasión. La emblemática competición de pesca de Vejle, un evento anual desde 1967, incluso se ha cancelado en 2024.
    La muerte del fiordo de Vejle se debe al hecho de que hay demasiado nitrógeno y fósforo en el fiordo, que proviene del fertilizante agrícola de los campos. La agricultura es responsable del 90 por ciento de las emisiones de nitrógeno provocadas por el hombre, lo que crea un crecimiento explosivo de algas planctónicas en verano, lo que hace que el agua sea de color verde parduzco y turbia.
    El sebo sucio o el estiércol graso se depositan como manchas marrones en todo el lecho marino, lo que hace que los bosques de algas marinas y plantas marinas se marchiten. Y cuando las algas y las plantas se pudren en el lecho marino, se crea un agotamiento masivo del oxígeno, que asfixia la vida en el fiordo.
    El fiordo de Vejle se encuentra en un estado de muerte permanente, y lo mismo se aplica a la mayoría de los fiordos de Dinamarca. Desgraciadamente, lo hemos visto así durante mucho tiempo, pero los sucesivos gobiernos no han actuado.
    (Noticias Greenpeace Danmark)

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