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Paula Jiménez Argumosa, socióloga y economista, integrante de la consultora Traza, lleva años realizando investigaciones sobre la percepción del cambio social y del cambio climático por parte de las clases populares, un trabajo cualitativo que sale de los “espacios endogámicos y muy cerrados” que suelen acaparar el debate sobre la emergencia planetaria a la que nos enfrentamos.
Su diagnóstico es que la política no está escuchando ni entendiendo a esta numerosa clase social, que ve cómo su mundo industrial se acaba y no comparte la propuesta que lo reemplaza. Jiménez advierte que muchos de estos ciudadanos no son negacionistas. Su malestar, polarización y crispación alrededor del cambio climático tiene una explicación material: la propuesta de futuro que está planteando esta crisis no les encaja.
“Las clases populares no necesitan que alguien les explique mejor cómo se manifiesta el cambio climático, necesitan políticas nacionales de industria, vivienda, empleo y comercio que apuesten por un nuevo mundo que reemplace al industrial”, afirma.
A su juicio, el Pacto de Estado que propone el Gobierno, por cómo está planteado, omite esta falta de consenso social debido a que “plantea una conversación desde el punto de vista más identitario que de contenidos”. “Es un pacto dirigido a la clase cultural cosmopolita que deja fuera todo aquello que las clases populares tienen para decir y aportar en la lucha climática”, analiza.
¿Qué se dice en los barrios populares cuando de fondo aparece la problemática del cambio climático?
En primer lugar, hemos detectado que hay una división de clase social muy fuerte, que tiene mucho más que ver con una cuestión identitaria o una posición social que con el negacionismo, que existe y es evidente. Pero el posicionamiento de las clases populares está atravesado por su posición material y su posición moral como clase. En este sentido, el cambio climático y la emergencia climática son conceptos que pertenecen al imaginario de una clase social determinada, que es lo que llamamos una clase social o cultural cosmopolita, que es esta minoría activa que está en los espacios de poder, científicos, comunicadores, que habla con una imaginación planetaria, con una óptica global, muy diferente a la de las clases populares, que encuentran su pertenencia en una escala nacional o local.
Hay dos imaginarios de futuro muy opuestos.
Exacto. Esta clase cultural cosmopolita tiene el globo terráqueo en sus manos. Sueña con viajar a otros lados, participa en espacios comunicativos. Son personas atentas a noticias de otros lugares, viajan y viven en diferentes sitios, han superado el arraigo, que para mucha gente es un encierro en el barrio, y también han superado las instituciones del pasado, como la familia, las relaciones de trabajo, la sindicalización, la solidaridad en los barrios. Encuentran otra solidaridad más internacional y toman decisiones individuales. Es lo que la izquierda conservadora alemana llama “sabiondos cosmopolitas”, concepto con el que cuestionan el relato progresista, urbano e ilustrado. Lo que hay que entender es que las clases populares no participan o no entienden el imaginario planetario que plantea el cambio climático porque tienen otros imaginarios de futuro. No es que sean negacionistas. Esto es superimportante entenderlo para poder entablar una conversación con ellos y plantear un futuro compartido, una negociación compartida, un consenso en torno a la crisis climática.
¿Cómo encaja en esta descripción el pacto de Estado que propone el Gobierno? ¿Omite por completo “el pacto social”?
Es una propuesta que, a mi entender, no toma dimensión de lo que pasa en los barrios. Es un pacto dirigido a esta clase cultural cosmopolita, que interpela a un sector determinado. Yo creo que no se está escuchando aquello que las clases populares tienen que decir. Está imperando la cultura de la cancelación. A todo aquel que tiene dudas sobre el cambio climático o que tiene otros planteamientos, como son los de las clases populares, se le tilda muchas veces de negacionista. Pero si les escuchamos, están hablando de cosas que tiene mucho que ver con el cambio climático. Si les escuchamos, se pueden entablar conversaciones muy valiosas. Y, sobre todo, pueden surgir políticas más interesantes. Esta clase social reivindica hablar del pequeño comercio y su falta de protección frente a grandes poderes globales. Quiere hablar de industria, de vivienda, de empleo, todos temas que tienen que ver con el cambio climático. La sensación es que el Pacto de Estado está planteando una conversación desde el punto de vista más identitario que de contenidos. Entonces, al final, está alejando aquellas identidades, aquellos grupos sociales que no encajan en esta identidad cosmopolita, en esta imaginación planetaria y que realmente plantean cuestiones que tienen que ver con sus problemas materiales.

¿Por qué un Gobierno progresista no está tendiendo ningún puente con esta clase social, que dice representar desde sus políticas públicas, en lo que respecta al cambio climático?
Construir puentes es más fácil de lo que parece, pero tenemos que ser más inteligentes, tanto en la comunicación política como en el planteamiento de la negociación. El cambio climático es un concepto que gira todo el rato en el lenguaje de la dimensión biofísica, en lo ingenieril, en lo técnico. Así, lo que estas clases nos dicen repetidamente en nuestras investigaciones es que lo sienten casi como una religión. Porque les estamos pidiendo que comulguen con un cambio de hábitos, con un cambio de vida, con un cambio social. Que comulguen con algo que no entienden. Deberían tener fe en algo que no entienden para hacer caso a grupos más poderosos que están planteando ese cambio. Es muy difícil que surja un acuerdo de esta manera.
¿Cuán importante es que la izquierda política comprenda que muchos de sus votantes no comulgan o no entienden la narrativa planetaria de la lucha climática?
Es importante que se ponga el enfoque en el cómo. A veces hablar de cambio climático moviliza posiciones identitarias. Pero si hablamos de políticas concretas para esa solidaridad en los barrios, que es algo con lo que estas clases populares están totalmente a favor, es clave pensar en cómo vamos a hacer esta transición. Habrá discrepancias entre la izquierda cosmopolita y la izquierda popular. La izquierda popular lo que plantea son políticas para proteger el pequeño comercio. Políticas de natalidad, porque piensan que si en sus barrios no hay niños, si la juventud ya no es una mayoría social, no va a haber cambios, no va a haber ninguna transformación que mejore la calidad de vida.
¿Políticas de movilidad?
Sí, políticas de movilidad ligadas al tiempo. Esto es muy importante y muy interesante. La movilidad en las clases populares está arraigada al uso del coche, algo muy diferente al pensamiento de la izquierda cosmopolita. Usan el coche y lo reivindican, porque es una proyección de ascenso. Y también por una cuestión de tiempo, porque si tienen que llegar a un trabajo que está muy lejos de la ciudad, que está en la periferia, que está en el aeropuerto, que está en zonas del extrarradio, o en zonas muy lejanas a donde viven y no hay transporte público, el coche es la única solución. Hablemos de jornada laboral ligada a movilidad. El concepto de la ciudad de los 15 minutos que se plantea desde la izquierda es una entelequia para estas personas. Porque realmente lo que sería interesante es hablar de la ciudad de los 15 minutos aplicada al trabajo. Cómo generar trabajo en los distritos, en los barrios más populares. Un ejemplo: en el distrito de Villaverde, en el que hemos trabajado mucho, hay un polígono industrial que da mucho empleo, pero la gente que trabaja ahí no es del distrito.
Este ciudadano de barrio preocupado por el cambio climático que se siente fuera de la discusión, ¿cómo transita esta lejanía, con culpa, con bronca?
Utilizamos mucho la técnica del grupo de discusión, una técnica sociológica que te permite juntar a desconocidos con las mismas características sociodemográficas y que, poco a poco, van construyendo una estructura social a través de relatos en primera persona del plural. Siempre empiezan hablando del cambio climático desde el terror y la culpa: la humanidad es una calamidad, esto es nuestra culpa, el mundo se va a acabar. Pero luego empiezan a relativizar y despolitizar el tema. El cambio individual es algo con lo que esta clase social entra mucho en conflicto. Existe la idea, muy habitual, de que si el cambio climático fuera tan grave, los gobiernos no lo dejarían a la acción individual. Y también critican a las empresas que utilizan el cambio climático para traer nuevos productos al mercado, como el coche eléctrico. Las clases populares están totalmente en contra, sobre todo a las limitaciones que ponen los gobiernos locales al uso del coche no eléctrico, que son los suyos y que les dejan fuera de las ciudades. En resumen, hay un proceso de terror, culpa, despolitización y naturalización del conflicto..
Y de fondo, la ultraderecha estirando la mano, proponiendo falsas soluciones y captando votos.
Tal cual. La ultraderecha está hablando de familia, de natalidad, de muchas cosas que interpelan a estos ciudadanos. La izquierda no está escuchando a las clases populares, no como debería, con las orejas bien abiertas. No existe una escucha sin juicio de valor, una escucha que trate de entender por qué tienen estas posiciones. Y el caso es que el tema es muy importante, hay preocupaciones en común, más de las que pudiera parecer, pero desde lemas tan identitarios el entendimiento se aleja mucho más. La extrema derecha se aprovecha de esto con conceptos del pasado. Porque, claro, esta clase social tuvo un momento de esplendor, su pertenencia al mundo industrial era algo importante, y esa importancia parece que está desapareciendo. Entonces se preguntan, ¿qué lo va a reemplazar? Las soluciones individuales, que pasan por alto la familia o el barrio, no calan ni interpelan. Las ven como una carencia de valores y de solidaridad. La propuesta de futuro que está planteando el cambio climático no les encaja.
¿El temor a la descarbonización se basa en la amenaza de dejarlos fuera del “nuevo orden”?
Sí, porque se está planteando un reemplazo de su mundo industrial con una propuesta que no los incluye. Hablar todo el tiempo de neutralidad climática, de emisiones, de conceptos que son muy complejos y pertenecen más a la ingeniería, a la bioingeniería, que a un debate popular de consenso social, no ayuda. Esta clase no comparte la ensoñación con la escala planetaria porque no tiene un correlato material. Es algo que debemos comprender, o esas mismas clases populares, que temen ser “descarbonizadas”, nos darán la espalda. Es muy importante que la ciencia avance, que haya un consenso científico, que haya una minoría activa que reivindique esto, pero cuando queremos plantear un consenso social, un Pacto de Estado, tenemos que hablar en otros términos, tenemos que hablar del contenido de lo concreto y tenemos que escuchar a este grupo social.
El decrecimiento material, guste o no, parece ser inevitable. ¿Esto aparece en las preocupaciones de las clases populares? ¿Hay consciencia de que esto puede llegar a impactar en su calidad de vida?
Va a cambiar la calidad de vida, ciertamente, ¿pero cómo? ¿Y a quiénes? Si hablamos de energía, ¿quién tendrá que consumir menos energía? Las personas en situación de pobreza energética, no. Habrá que regular el consumo. Estas clases populares piden más políticas nacionales, más regulación, en temas concretos como industria, el comercio, la vivienda, los servicios. Otro ejemplo: si hablamos de las danas, no hablemos sólo de la emergencia climática. Planteemos también otros temas, como los pelotazos urbanísticos en zonas inundables, que es algo que enfada mucho y que en los barrios conocen muy bien. De nuevo: llenar de contenido el cambio climático. ¿Hay que cambiar al coche eléctrico? Pues que los gobiernos nos ayuden porque de otra forma es imposible, dicen. Si tengo que rehabilitar mi vivienda, ayúdame, yo no tengo dinero, ¿cómo voy a hacerlo yo solo? Piden soluciones colectivas, no individuales.
Cuando se habla de una preocupación climática que no cala en la ciudadanía se suele decir que hay un problema de “narrativa”, de que el mensaje no está llegando. ¿El problema principal está en la «falta de escucha»?
Está muy de moda hablar de narrativas y de relatos. Pero también hay que hablar de contenidos y de políticas concretas. Y replantear los términos de la conversación para que se deje de percibir el cambio climático como una “cortina de humo”, otro término que sale mucho en estos grupos. Si realmente el cambio climático va a plantear todo un cambio social, unas nuevas formas de consumo, de trabajos, de valores, pues entonces necesitamos construir esa nueva sociedad. El arraigo no puede quedar fuera. Para la clase cosmopolita, con una pertenencia planetaria, esto no es un problema, está muy desarraigada de su nación, de su ciudad, de su pueblo. Pero las clases populares piensan que el arraigo es algo fundamental para querer cuidar los bosques, el aire, el agua. Es su forma de cuidar el planeta. Hay un orgullo de ser español, de ser castellano, de ser valenciano, de ser de un pueblo. La pertenencia es un enorme motor de cambio.
¿Hay casos de éxitos de administraciones que hayan escuchado y actuado en consecuencia?
Nosotras trabajamos con el Ayuntamiento de Parla. Había un equipamiento en desuso, una vieja perrera municipal. Hicimos un proceso participativo con familias de distintas clases sociales, asociaciones que trabajaban con la infancia, y niños y niñas y adolescentes, para pensar en cómo este equipamiento podría reconstruir las relaciones sociales y el arraigo en el barrio. Esto generó una negociación constante sobre la gestión. Este trabajo con equipamientos lo hemos hecho también en el Ayuntamiento de Madrid, con funcionarios y funcionarias que tienen el convencimiento de que los equipamientos son posibles nodos de innovación social y climática. Es un buen ejemplo de cómo se puede hacer descender el debate del Pacto de Estado hasta los barrios.
En un contexto de desinformación, bulos y teorías conspirativas, ¿estas políticas transformadoras son suficientes? ¿O pesan más los sesgos?
No lo sabemos, pero hay que intentarlo con políticas de calado. Podemos hacer comunidades energéticas superinteresantes con hogares y pequeños comerciantes. Y eso se valora, pero en los encuentros que hacemos se repite que las administraciones públicas no protegen al pequeño comercio, que no hay una política como la de París, donde el Ayuntamiento compra locales comerciales y los alquila a bajo coste. Por eso urge que el Pacto de Estado que el Gobierno ha puesto sobre la mesa ofrezca políticas ambiciosas y concretas que generen un cambio en la vida de la gente. Sobran los discursos, los lemas y las posiciones identitarias.




