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El tono espeso y plomizo del cielo, como de naranja que anuncia putrefacción, lo había visto antes en fotos. Familiares míos que viven cerca de Nueva York habían vivido confinamientos de semanas para zafarse de ráfagas similares procedentes de los incendios de Canadá otros años, pero la absurda creencia instintiva en que una puede escapar de lo más grave me impedía aceptar esa misma contemplación en Andalucía, la patria chica de los días azules de Machado. Al caer la noche, ni una estrella, y la luna parecía la grieta tímida que dibuja un edificio minutos antes de derrumbarse. Lo más extraño, sin embargo, fue el olor: la mixtura del petricor (había llovido en algún rincón de la sierra) y un humo cargado de sustancias tóxicas, al que hubieran espolvoreado también restos de una poca materia orgánica (árboles, matorral, animales), se introducía en las narinas y en la garganta provocando un escozor que vaticinaba tragedia. Medio país ardiendo; el extremo opuesto, al este, se preparaba para nuevas lluvias torrenciales, irremediablemente provocadas por la ebullición del Mediterráneo; en el centro sur, donde me hallaba, Córdoba, percibíamos las flechas leves procedentes de esas geografías, y batíamos récords, otra vez, de calor.
Horas antes de aquellas experiencias había tirado de WhatsApp para comprobar que cuatro de mis amigos, en las cercanías de las llamas, se encontraban bien. El mensaje que más me conmocionó provenía de Verín (Ourense): “Ha ardido todo”, y luego un audio afectadísimo arremetiendo contra las instituciones. Pero, ¿qué arde cuando arde todo? ¿Castaños, abedules, viñedos? Ella me dijo que la infancia, y una intuye que, cuando comienzan a calcinarse terrenos de la memoria, la emergencia adquiere una dimensión terrorífica. Días más tarde, en la televisión, una señora aseguraba que habían ardido 300 años de historia, los que tenía la iglesia del pueblo, y que la patrona del lugar había decidido sacrificarse para que las lenguas incandescentes no engullesen el resto de la localidad. El polvo de la deidad suicida quizá estuviese entreverado con esas bocanadas químicas que se desplegaban sobre mi azotea; desde luego, daban ganas de rezar. Y entonces, al juntar las manos, con los dedos enhiestos como delgadas columnas que no ceden, recordé aquella comparecencia de Pedro Sánchez, donde, asimismo en tierras gallegas, anunciaba la propuesta de un Pacto de Estado con el cual controlar la crisis climática: quizá así las vírgenes no optarían nunca más por inmolarse en la hoguera y nadie inhalaría sus cenizas.
Pacto de un Estado cuyos distintos partidos políticos son incapaces de alcanzar acuerdos básicos sobre casi ningún tema; pacto que emulaba a otro ya firmado cuyos resultados se fundieron con la lumbre del monte; pacto hecho de matemáticas imposibles en el Congreso y en el lodo mediático que, cada día, almorzamos y cenamos como involuntarias y perjudiciales dietas para la salud democrática. Cuando Sumar iniciaba su andadura pidió a distintos colectivos, investigadores, periodistas, etc. que preparásemos de manera altruista un documento exhaustivo con el fin de propulsar la transición ecológica ideal, y lo hicimos en un alarde de desenmarañar la política de sus propias limitaciones parlamentarias, amalgamando un conocimiento desinteresado que abarcaba ámbitos tan dispares como el urbanismo, la educación, la cultura y el sector energético. Entonces no habían sucedido ni la dana ni los incendios. Ahora, montañas inconmensurables de dolor se acumulan sobre las espaldas de decenas de miles de ciudadanos, y las palabras de ese presidente de pómulos marcados y delgadez extrema se asientan sobre ellas, palimpsesto de catástrofes que no se despega del cuerpo.
¿Cuál será el contenido? ¿Seremos capaces de desbrozar la carga ideológica del término “clima” y rasparlo hasta el hueso exacto donde la preocupación común se enraíza? Y, si ya sabemos que incluso los fenómenos meteorológicos devastadores no alteran los prejuicios de quienes los padecen en primera persona, y que la estrategia comunicativa de las derechas (también en otros países) es agredir sin piedad al contrario, esquivando cualquier atisbo de diálogo inteligente o colaboración responsable, ¿con quién se va a pactar? Porque estamos rozando ya el punto de no retorno a partir del cual la gente no cree en nada, se deja llevar por el visceral arrebato de quien le transmita el grito más airado, y desconfía tanto del Estado como de su vecino. En Estados Unidos, cuando, en 2020, se politizó el uso de las mascarillas y la mofa común de las medidas sanitarias desembocó incluso en fiestas a favor del contagio (de COVID-19), yo miraba a España esperanzada por su civismo. Cinco años después, varios desastres después, nuestras lindes emulan dichos comportamientos y una necropolítica interiorizada por muchas mayorías sociales ha calado, no en las peores calañas, sino en casi cada grieta de cada casa que, como la hendidura de la luna, invoca demolición.
La dificultad de convenir un acuerdo climático nos devuelve la imagen tétrica de un contrato generalizado que sí se está fraguando, sin necesidad de votarlo: lo que he venido a llamar “fascismo por desafección”. Si todos los (partidos) políticos son iguales –no lo son, pero así lo estima parte de la población–, entonces habrá que destrozar sus cimientos y alacenas; si el estado de bienestar se ha transformado en un amasijo herrumbroso inservible y ni cita médica me dan, entonces no quiero pagar impuestos; si mi miserable vida de trabajador precario no cubre apenas el techo donde me cobijo, entonces demando la porción de odio que actúa como mecanismo compensatorio frente a mi propia desventura. Se trata de un fenómeno tan irracional como estudiado, con una profunda raigambre histórica. El pensador estadounidense Erich Fromm recurrió al psicoanálisis para explicar lo inenarrable: el auge del nazismo, que él veía como la consecuencia de impulsos sadomasoquistas enterrados en las entrañas del alma humana. Hoy, que el cielo parece que vuelve momentáneamente a clarear y los rayos del sol no se muestran tan opacos, la incomunicación mediada por el algoritmo sigue desollando los consensos. Hoy, el augurio de Fromm adquiere consistencia.
Antes de que no se pueda hablar, de que la censura, el miedo y la militarización de las calles nos transforme en lo peor –¿cuánto tardará en aterrizar “eso” que observamos al otro lado del Atlántico?, me preguntaba una amiga–, hay que buscar fórmulas eficaces para despertar.
Vamos tarde, estamos avisados, un ardor en las vías respiratorias es el primer síntoma de ahogo.





Nuestra DANA, nuestro abandono, nuestra solidaridad.
Están dejando arder todo el noroeste de la península vaciada, desde el Estado español a Portugal. Desde Trás-os-Montes a Galicia, Asturias, León y Extremadura. La han dejado arder todos los partidos políticos, de un lado o de otro. Con perfecto conocimiento de causa. Hasta conseguir transformarlo en un megaincendio transnacional, ante al que ya reconocen, los medios técnicos no pueden actuar. Nos piden que confiemos en que llueva. O nieve. Pero los incendios se atajan con prevención, o si ya se han iniciado, atacándolos al principio, no dejándolos avanzar. Justo lo contrario de lo que se ha hecho. La Sierra de la Culebra y sus muertos fueron un macabro ensayo. No pueden decir que no lo sabían…
…Nos duele que a pocos kilómetros del megaincendio de Cabrera-Bierzo, exista, en Astorga, un regimiento militar, cuya función desde hace años es bombardear el monte Teleno, monte sagrado de los astures, y que cuenta con sofisticados medios para apagar los incendios que sus bombardeos producen, pero no hayan salido a apagar lo que tienen al lado. Nos duele que sí haya dinero para preparar unas guerras por los últimos recursos accesibles del planeta, unas guerras que no queremos, en las que no queremos que mueran nuestros hijos e hijas, y no haya dinero para prevenir los incendios, para cuidar nuestra Naturaleza.
Es nuestra DANA regional, producto no solo del calentamiento global, sino sobre todo de las políticas de décadas de todos los partidos, consistentes en reducir servicios públicos, empujar a la población hacia las ciudades y vaciar el campo. Para luego explotar a su antojo el aire, el agua, los bosques, los minerales, para seguir manteniendo las conurbaciones de la periferia que no producen más que desechos, un modelo suicida de crecimiento que aunque la sociedad no lo quiera ver, tiene los días contados…
… el Estado, como en todas las crisis, no ha respondido. Autoorganización popular, apoyo mutuo, solidaridad y vida.
Puedes apoyar el Manifiesto:
https://forms.komun.org/incendios-noroeste
Lúcida y intuitiva, Azahara.
No será por falta de avisos y por lo que ya se palpa en el ambiente.
Ojalá que despertemos a tiempo.
El caos, el «territorio» donde el capital hace sus más suculentos negocios. En este inculto país abundan en demasia lxs siervxs del capital y los cainitas de su propia clase que se esfuerzan, sin disimulo alguno, en llevarnos al caos.
De momento la ultraderecha acusa a Futuro Vegetal, a Rebelión Científica, a lxs científicos del CSIC de terroristas y en las redes sociales incluso incitan a matarlos por «inventarse lo del cambio climático».
Las petroleras norteamericanas han impuesto a Greenpeace una sanción de 6.700 millones de dólares.
Esto viene a ser tan escandaloso como si el ladrón después de saquear a la víctima, encima, le impusiera una fuerte sanción.
Y con todo ello y mucho más, las masas de hoy día están como idiotizadas o quizá están más manipuladas que nunca.
Será que ya se dejan notar los efectos de la IA?, que en manos de los poderosos harán estragos en las mentes humanas sobre todo en las más incautas e irreflexivas.