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Este artículo forma parte de la sección mensual titulada Prevención LAB: experiencias globales y soluciones locales, escrita por la experta en gestión de desastres Carmen Grau Vila.
«¡Mamá mira! ¡Un volcán en erupción!», dijo mi hijo ojiplático frente al noticiero aquel septiembre de 2021. EraLa Palma, laisla bonita canaria que presume de cielo, tierra y mar. Atlántica y atravesada por la cordillera Cumbre Vieja, vio cómo un volcán emergía, sepultando a su paso siglos de historia contenida. Mientras las imágenes de una colada agónica se exportaban al mundo, los temblores sacudían la vida hasta entonces conocida y la ceniza se extendía, cubriendo de negro tejados y sueños.
Han pasado cinco años, otros desastres asolaron la Península y varias reconstrucciones siguen su curso cuando aterrizo a mediados de junio en Los Llanos de Aridane junto a un grupo variopinto de profesionales de la cultura. Traemos un encargo muy especial: rediseñar el papel de la cultura en contextos de emergencia y desde la diversidad territorial. ¿Se puede pensar el desastre a través de la cultura? ¿Cómo proteger las expresiones culturales en nuestros sistemas de gestión ante fenómenos climáticos extremos?
Territorio Experimenta es el nombre que recibe este laboratorio de conocimientos compartidos de norte a sur. Durante cinco días en La Palma aprendemos juntos gestores y mediadoras culturales, artistas, antropólogos, historiadoras, académicas, expertas en patrimonio, voces afectadas y figuras de la administración cultural. El objetivo es proponer mejoras que salvaguarden la cultura en emergencias. Los artífices de tal propuesta son el equipo del programa Cultura y Ruralidades del Ministerio de Cultura.

Porque en apenas 15 años, nuestro patrimonio cultural ha quedado dañado por un terremoto, incendios severos, terribles inundaciones, borrascas y una erupción volcánica. Se perdieron paisajes, árboles centenarios, cultivos y ganado, formas de vida rurales y urbanas, edificios y barrios históricos, hogares y vecindad, obras y tradiciones, costumbres y memoria. Resulta difícil cuantificarla desde una perspectiva capitalista, pero la cultura de las comunidades afectadas es identidad y arraigo, además de motor económico. ¿Cómo recuperarla y protegerla de futuros embates?
La reconstrucción suele ilustrarse con cifras o infraestructuras: millones de euros, vías, carreteras o puentes. Rara vez se atiende al patrimonio material o inmaterial en el desglose de los grandes presupuestos y en las medidas inminentes. Tampoco se planifica su protección en los planes de emergencia y con antelación. Inventariemos las obras artísticas y documentos a rescatar, los ritos y fiestas en riesgo de desaparecer o salvaguardemos el tejido comunitario, cuyos nexos vitales son la combustión necesaria –y el capital social– para la recuperación de los pueblos afectados. Esa forma de ser de las asociaciones locales será a largo plazo el motor de la resiliencia que tanto anhelamos.
A menudo se habla de resiliencia como un ente abstracto y político al que todos podemos subirnos. Nada más lejos de la realidad. La resiliencia frente al desastre pasa por la voluntad y la capacidad de las comunidades locales. Se teje con lazos ciudadanos y se cimenta con el apoyo institucional y la participación bidireccional. Sin procesos de participación efectivos y transparencia, la reconstrucción solo atiende a unos pocos intereses.
Quise aprender del Valle de Aridane y su reconstrucción en cinco días. No lo conseguí. Las máquinas y excavadoras que transitan por las coladas negras son testigo de conflictos aún latentes. Las viviendas temporales o ‘contenedores’ siguen presentes. No todas las voces están conformes con el discurrir de la reconstrucción. Un guía local afirmó que quieren volver a la normalidad con realidades, no con promesas. Otro lamentó la todavía escasa conciencia del riesgo y la preparación. Aun así, del dolor de los palmeros ha nacido una pionera Ley de Volcanes que busca agilizar a las instituciones. Si bien partí con más preguntas que respuestas, lo que sí traigo es un baúl de intercambios culturales.

En Territorio Experimenta tomamos nota de experiencias nacionales que sostuvieron la cultura cuando vinieron mal dadas. De Murcia aprendimos que fue posible recuperar una parte del patrimonio cultural de Lorca y descubrimos proyectos impulsados por mujeres jóvenes para ‘Revivir el Valle del Quípar’. Desde Valencia escuchamos el rol que desempeñaron al albor de la emergencia las fallas, las bandas musicales y asociaciones como la de los ilustradores (APIV), y supimos de herramientas que nacieron a posteriori para apoyar el sector, como la Oficina para la Recuperación Cultural posdana y el proyecto de rescate de la memoria familiar Salvem les fotos.
En La Palma fuimos testigos del abrigo social que desempeña un archivo histórico municipal, durante y después del desastre. Conocimos proyectos como ‘Revivir el Valle’, que busca dotar de participación ciudadana al futuro isleño, o ‘Camino Viejo’, que fomenta el desarrollo local. Y hallamos faros de luz: la juventud que puebla la isla reveló propuestas culturales y artísticas que aúnan diferentes generaciones, como la Asociación Cultural Karmala, ‘Arrente La Palma’, ‘La Isla de las Voces’ o Una vida, tres volcanes (2023), un documental que recupera la memoria de los mayores.
Faltaron días, pero no encuentros, y pusimos pequeños cimientos que ojalá un día custodien culturas.

