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Tiene colmillos, pero no los usa. Su gran habilidad es quedarse inmóvil y emitir un sonido chirriante. No parece tener nada especial y, sin embargo, ahí está, ocupando su espacio en el planeta. La mayoría de vídeos que triunfan en redes sobre el hyrax siguen el mismo guion: reírse de un animal que, bajo nuestro punto de vista humano, no tiene sentido. Pero el también llamado damán roquero (Procavia capensis) es mucho más que eso. Algo habrá hecho para conseguir ser una de las especies de damán más abundantes de África. Y es que, por improbable que nos pueda parecer desde el sofá, el hyrax no solo no es un extraño producto de la evolución, sino que parece haberse pasado el juego.
Los damanes roqueros son, en realidad, el vestigio de un antiguo orden de mamíferos del que hoy apenas sobreviven seis especies. El llamado orden de los hiracoideos surgió hace entre 40 y 50 millones de años y, aunque los damanes son más jóvenes (solo tienen entre 5 y 10 millones de años), conservan algunos rasgos de aquellos mamíferos originarios. Entre otras cosas, no son capaces de regular con eficiencia su temperatura corporal de forma interna, como hacemos nosotros y muchos otros mamíferos, por lo que tienen que buscar fuentes de energía externas. Es por eso que los damanes roqueros pasan hasta el 80% de su tiempo descansando o tomando el sol.
Visto por fuera, el hyrax se parece a una marmota grande o a un conejillo de indias, con sus orejas y cola corta. Son, además, del tamaño de una liebre. Pero no son roedores ni están emparentados con estos. Sus familiares vivos más cercanos son, en realidad, muy diferentes: comparten antepasado común con los manatíes y elefantes. Sus dos pequeños colmillos delanteros, que no usa para nada más que para defenderse (es herbívoro), recuerdan a los de los elefantes. Además, los testículos de los machos no están en el exterior del cuerpo, como en la mayoría de mamíferos, sino dentro de la cavidad abdominal, cerca de los riñones (como las ballenas, los elefantes o los manatíes).
La lista de peculiaridades no termina ahí. Los damanes roqueros son animales muy sociales: viven en grupos de hasta 80 individuos y comparten la mayoría de las tareas. Tienen, de hecho, una de las estructuras sociales más igualitarias que se han observado en el reino animal y son la primera especie no humana en la que se ha descrito el fenómeno del equilibrio estructural: evitan configuraciones sociales desequilibradas y se guían por una especie de principio de “el amigo de mi amigo es mi amigo”. Esto les ha llevado, además, a desarrollar una comunicación compleja. Se han descrito más de 20 tipos distintos de sonidos y señales vocales en damanes roqueros en cautividad e incluso se ha señalado la existencia de una estructura sintáctica y de variaciones geográficas en sus vocalizaciones.
Por si todavía hay quien dude del increíble producto evolutivo que es el hyrax y de todo lo que le ha permitido sobrevivir durante los últimos 10 millones de años (Homo sapiens no tiene ni 300.000), el damán roquero aún guarda un as en la manga para convencernos. Durante siglos, la medicina tradicional y la industria del perfume han sacado partido a la piedra de África, una sustancia resinosa y sólida que tuvo un origen incierto durante mucho tiempo. Hoy sabemos que este material se forma a lo largo de decenas de miles de años en las letrinas comunitarias de los damanes. Es decir, la piedra de África es una especie de fósil de la orina y las heces del damán roquero. Con ese historial, quién no va a triunfar en Instagram.





ALEGACION DEL GRANJERO JARABUGO, Ecologistas en Acción, Extremadura.
…los extremeños supieron siempre que el agua limpia es el oro de la tierra, y que el equilibrio de nutrientes sostiene la vida, no la destruye.
Yo soy el jarabugo (Anaecypris hispanica), un pez pequeño, tan frágil que cualquiera diría que soy un suspiro de agua. Nací en los manantiales del alto Zújar, cuando las piedras aún guardaban el brillo de la lluvia y las raíces filtraban el agua como si la peinaran.
Mis abuelos me contaron que, cuando el nitrógeno y el fósforo eran justos, las aguas eran tan claras que el cielo se reflejaba sin deformarse. Emprendí mi viaje hacia el Mar de la Serena, y me dijeron que no, que siendo grande no era mar; seguí nadando por la corriente lenta que serpentea entre las Vegas Altas y las Bajas, donde la vida era lenta y completa.
Entonces el agua empezó a enturbiarse, el fondo olía a podredumbre, las algas cubrían la superficie y costaba respirar por los cambios de oxígeno. Contaban los hombres que eso se llamaba eutrofización: cuando el agua recibe demasiados nutrientes —nitrógeno (N) y fósforo (P)— de purines, digestatos y fertilizantes.
Al principio parecía abundancia: durante el día, las algas hacían fotosíntesis y liberaban oxígeno, y la gente creía que el río estaba vivo. Pero era una ilusión, una burbuja efímera. Y “burbuja” es una palabra que nos toca las agallas a los peces: suena a aire hueco, a promesa inflada, a negocios efímeros.
Burbuja fue la inmobiliaria, la de la ganadería intensiva y ahora la de las plantas de biogás. Dicen que los peces no soñamos, porque no tenemos párpados ni cerramos los ojos.
Dormimos despiertos. Unos, como las carpas, se apoyan en la arena o entre las piedras; los jarabugos, peces de corriente, buscamos refugio tras una roca o entre raíces para no ser arrastrados.
Pero en esas noches sin luz, cuando el oxígeno se agota, dormir se parece demasiado a morir.
Cuando llegué al puente romano de Emerita Augusta, donde el granito se confunde con el rumor de los siglos, el verdor del agua parecía hermoso, pero era una belleza enferma. Las plantas exóticas crecen sin control y, cuando mueren, roban el oxígeno que los peces necesitamos para respirar.
Donde antes nadaban las bogas y los barbos, ahora flotan sombras extrañas: el camalote, jacinto de agua, nenúfar mejicano, coloniza la superficie del río y el léxico para nombrarlo, con sus raíces hinchadas, forma tapices que ahogan la corriente. Especies similares ayudan a colonizar acequias y embalses, alimentadas por los mismos nitratos que me asfixian. Ellas bloquean la luz, consumen el oxígeno y desplazan a las plantas nativas, como si el propio río dejara de reconocerse.
El caldo que las alimenta —hecho de nitrógeno, fósforo, pesticidas y herbicidas— es invisible, pero letal: altera mis branquias, mis huevos y mis sentidos, hasta convertir el agua en un silencio sin memoria.
Por eso levanto mi voz, no con ira sino con memoria.
Porque los extremeños supieron siempre que el agua limpia es el oro de la tierra, y que el equilibrio de nutrientes sostiene la vida, no la destruye.
Mis aguas no necesitan plantas que prometen circularidad mientras mantienen el veneno en el digestato. Necesitan respeto: menos ruido, menos química, más raíces que filtren, más tierra que respire.
No hablo solo por mí: hablo por los sisones, avutardas y cigüeñas negras que beben donde yo me escondo, y por los niños que aún creen que los peces pequeños pueden llegar al mar —al de Alqueva, al estuario de Diana que une a España y Portugal tantas veces.
Solicito, como pez y como alegato, que no se autorice ninguna instalación que ponga en riesgo las aguas del Zújar, y que se garantice el cumplimiento efectivo del Plan de Recuperación del Jarabugo, que exige conservar los hábitats fluviales en estado ecológico óptimo, libres de eutrofización, pesticidas y contaminación por nitratos y fósforo.
Solo así el jarabugo podrá seguir nadando —de la sierra al llano, del río al recuerdo—, llevando consigo la esperanza de que Extremadura siga siendo tierra de aguas vivas.