‘Sepia officinalis’: las mil formas de decir cefalópodo

La sepia común despliega un amplio abanico de patrones, colores, movimientos, señales químicas y hasta nubes de tinta para comunicarse.
‘Sepia officinalis’: las mil formas de decir cefalópodo
Sepia común. Foto: ilustración de Atxe.

Las crías de sepia son capaces de ver el mundo antes de nacer. Sus ojos, con una pupila en forma de uve doble, se forman por completo cuando todavía están en el interior del huevo. Desde allí, a través de las membranas transparentes que todavía las separan de su entorno, empiezan a observar y a aprender. No se sabe qué información son capaces de procesar en ese momento, pero quizá sea ahí cuando empiecen a asimilar todas las formas de comunicación que es capaz de desplegar su especie.

A la hora de hacerse oír, la sepia común (Sepia officinalis) es un animal con recursos. Primero está su abanico de gestos y colores. Es capaz de cambiar con rapidez las texturas y tonos de su piel y lo hace en función de su audiencia y de la respuesta que quiere obtener de su interlocutor (no solo como reacción automatizada a un estímulo). Además, usa sus brazos para crear patrones asimétricos con fines comunicativos, algo que se ha documentado tanto durante el cortejo como en contextos de competencia entre machos o hembras.

Y hay más. Aunque su tinta cumple sobre todo una función defensiva, la usa también para crear nubes difusas a su alrededor en los rituales de apareamiento. También responde a sonidos, si bien su uso con fines de comunicación todavía no se entiende bien. Además, sus ventosas cuentan con receptores químicos y se ha comprobado que utilizan señales químicas para reconocerse entre sí. Y un estudio reciente (que todavía no ha sido revisado) sostiene que las sepias podrían crear patrones con sus brazos con significados concretos, movimientos con los que además hacen vibrar el agua de formas concretas.

La sepia común es una de las sepias más grandes que existen: los adultos miden más de 30 centímetros y pesan dos kilos, aunque algunos ejemplares llegan a superar esas cifras. Tiene dos ojos muy desarrollados con los que percibe luz polarizada y ocho brazos, como su primo el pulpo. Y, aunque no tiene esqueleto, sí cuenta con un jibión, una estructura interna dura y ligera que le sirve para controlar con maestría su flotabilidad.

La sepia común es, también, una maestra del camuflaje y una especie habitual en casi todos los mares del mundo, pero especialmente abundante en el Mediterráneo, el Báltico y la mitad norte del Atlántico. Es de hábitos migratorios, ya que pasa el verano y la primavera cerca de la costa, donde se reproduce, y el otoño y el invierno en zonas más profundas, entre los 100 y los 200 metros.

Cuando llega el momento de desovar, la hembra selecciona un sitio resguardado, en el que fija los huevos uno a uno en un proceso que puede tardar varios días (algunas puestas son de más de 4.000 huevos). Después los recubre de tinta, para oscurecerlos y camuflarlos ligeramente y, al contrario que otros cefalópodos, se desentiende de su prole. Eso sí, la mayoría también muere poco después de la puesta: la vida de las sepias comunes apenas dura entre uno y dos años. Con tan poco tiempo en el mundo, no es de extrañar que tengan tanto que contarse.

Si te gusta este artículo, apóyanos con una donación.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Siguiente artículo

Artículos relacionados