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Un buque científico de la Armada española, el Pentonkontors, se dirige al sur del océano Pacífico para estudiar la célebre isla de plástico, creada de desperdicios, que flota sobre él. Su objetivo es el Punto Nemo, el lugar en mitad del mar abierto más lejano a cualquier tierra firme. Pero primero son asaltados por piratas coreanos, en busca de un extraño objeto que nadie era consciente que viajaba en el barco, y luego los sacude una tormenta que los envía a una isla que no debería estar ahí. Una isla con una base rusa, de época soviética, y un secreto oculto entre los restos de la antigua base espacial Mir.
Estrenada el pasado viernes 28 de marzo en Prime Video, es un nuevo intento de tener una serie con acción, suspense y un elenco de personajes diversos que se relacionen de formas culebrónicas entre ellos y dé lugar a una franquicia. La plataforma de Amazon se la pegó con El Cid (2021-2022) y Zorro (2024), y también Netflix cuando quiso vender Bienvenidos a Edén (2022-2023) como sucesora de la madre de todos los pelotazos, La casa de papel (2017-2021).
Tan pelotazo que todas estas series tienen en común uno o varios intérpretes sacados de su reparto: en la que nos ocupa, Alba Flores, compartiendo cabeza de cartel con Maxi Iglesias –guapo transnacional que atraerá, sobre el papel, público hispanoparlante en general– y Óscar Jaenada, veterano de Vietnam que da lustre al asunto.
Punto Nemo, no obstante, se parece a Perdidos (2004-2010), con su isla misteriosa en un lugar inverosímil, el accidente que lleva a un grupo de desconocidos a tener que depender unos de otros en un entorno hostil y sus giros y regiros de ciencia-ficción. Eso sí, tiene el añadido de la crisis climática, omnipresente, y un debate filosófico de fondo menos estadounidense –individualista y narcisista, vaya– y más europeo –colectivo, que no colectivista me temo, y sin oponer demasiado la fe a la ciencia, que es la que manda–.
¿Recuerdan lo que hemos hablado por aquí del test climático y el test ecosocial? Pues Punto Nemo pasa los dos, aunque el segundo, el que exige mostrar soluciones, rozando el aprobado, casi en el 4,9. Las pocas que aparecen, que no son directas, o más bien se pasan con la alegoría y el desplazamiento, son todas basadas en la ciencia, la cooperación entre países –la serie es coproducción con Portugal y tiene bastantes diálogos en su idioma y en gallego, vía el actor Miguel de Lira– y lo público –porque los militares también son funcionarios públicos, no se olvide nadie, tanto como un investigador del CSIC–.
Sin embargo, no nos libramos de tener una periodista –que más que defensora de la libertad de información es una boicoteadora irritante y marisabidilla– y unos ecoterroristas. Aunque estos no son monstruos, ni el topicazo del ‘pijo de ciudad’, sino algo mucho más coherente y común: científicos especialistas. De hecho, tampoco son una secta de colgaíllos, como en Bienvenidos a Edén, sino gente bastante ética e incluso heroica, quizás de los más sensatos de la expedición –militares aparte, que la Armada ha colaborado dejando gadgets chulos para que quede realista–.
Por otra parte, y sin desvelar el giro principal –algo así como un cruce entre La amenazada de Andrómeda (1971), los mitos de Lovecraft y Star Trek IV. Misión: salvar la Tierra (1986), aunque habrá que esperar a una hipotética segunda temporada para confirmarlo–, sobrevuela la pandemia de la COVID-19, con un misterioso virus saliendo de un laboratorio secreto. No es que Punto Nemo valide las teorías de la conspiración, más bien lo contrario, pero las usa a su favor para su trama de ciencia-ficción.
Lo relevante para lo que aquí nos ocupa es que Punto Nemo, con todas sus aspiraciones de mainstream, de repetir el milagro de esas series que se convirtieron en fenómenos de masas, usa la crisis climática y sus derivados zoonosis, pandemias, especies en peligro, contaminación de los mares, ecoterrorismo, como marco y como reverberación de época.
La casa de papel, en su primer borrador, era una historia sobre la crisis hipotecaria de 2008 en la que cada ladrón iba a ser alguna clase de víctima de la misma (parados, desahuciados, etc.), aunque luego acabase en fantasía narcisista criptobro en su forma avanzada de la temporada 5. Esta, que quiere ser lo mismo, le salga finalmente o no, o al menos busca aferrarse a aquella fórmula de los grandes éxitos, tiene otra sensibilidad.
Otra circunstancia relevante es que es una historia que sucede en la crisis climática (y la geopolítica, y todas las demás), no va sobre ella, ni nos alecciona, ni frivoliza. La asume como parte del ecosistema y desencadenante, como motivación posible y que debe tomarse muy en serio de las acciones de sus protagonistas. También lo hizo The Head (2020-2024), pero aquí suena mucho menos a excusa y se cuelan menos golpes de efectos de científicos irresponsables y egocéntricos (el modelo americano).
La verdad es que es triste alegrarse de pequeñas victorias, sobre todo ante una serie estrenada en la plataforma de la multinacional más depredadora del planeta. Pero claro, una lección de Punto Nemo, precisamente, es que la luz nunca muere, ni siquiera en los monstruos, y toda vida sensible es merecedora de ser conservada.




