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Con determinación, sin pausa, avanzando poco a poco hacia una muerte segura. A su derecha, el borde de la banquisa antártica, hacia donde parte de su grupo se dirige en busca de alimento. A su izquierda, la seguridad de la colonia. En frente, a unos 70 kilómetros de distancia, las montañas del continente de hielo, un lugar inhóspito para un pingüino de Adelia (Pygoscelis adeliae). Y, a pesar de todo, sin razón aparente, el protagonista de esta historia se separa del grupo y se adentra en el campo helado, donde lo más probable es que no sobreviva. Pero ¿por qué?
La escena forma parte de Encounters at the End of the World, una película documental dirigida por Werner Herzog y estrenada en 2007. Casi 20 años más tarde, se ha vuelto viral. Las redes han bautizado a su protagonista como el pingüino nihilista y lo han cargado de muchas de las dudas existenciales que persiguen al ser humano. ¿Está loco? ¿Es la máxima expresión de la voluntad individual? ¿O sigue con determinación el camino escogido, sin importarle lo que piensen los demás?
El éxito del debate no ha pasado inadvertido a la Casa Blanca. Un poco de IA, una imagen de Trump dándole la mano a un pingüino, un eslógan con gancho para redes sociales (embrace the penguin, un mensaje que viene a decir algo así como seamos más como el pingüino) y una bandera estadounidense y otra de Groenlandia, a pesar de que ni en la isla ni en el Ártico vive una sola de estas aves. Qué más da.
En realidad, no hay evidencias científicas de intencionalidad ni de crisis existencial en el pingüino de Herzog, y mucho menos de pretensiones de conquistar un nuevo territorio contra viento y marea. Las causas del comportamiento de esta ave, una de las dos especies de pingüinos que viven en la Antártida, se desconocen. Puede deberse a fallos en su sistema de orientación, a cambios en las señales ambientales que utiliza para saber a dónde se dirige o incluso a alguna enfermedad. Nadie lo sabe con certeza, ya que este comportamiento ha sido observado en muy pocas ocasiones.
De lo que sí estamos seguros es de que la existencia de esta especie antártica, tan ágil y rápida en el agua como lenta en tierra, está ligada por completo a la vida del hielo. Los pingüinos de Adelia viven siempre cerca del borde de la banquisa, la capa de agua helada sobre el océano, y solo pisan tierra firme para reproducirse, formando ruidosas colonias de hasta 250.000 parejas. Desde el límite del hielo se sumergen en el mar en busca de crustáceos como el kril, peces y calamares: pueden bucear hasta los 170 metros de profundidad y nadar más de 300 kilómetros en una única salida para pescar.
El hielo, también, les permite huir de lo más crudo del invierno. Cuando cae la noche polar, se internan en el océano Antártico en dirección norte más allá del círculo polar, hasta donde les permite la banquisa y donde incluso en los meses más oscuros hay algo de luz solar. Pero el hielo está cambiando. El cambio climático está reduciendo y fragmentando la banquisa antártica, desplazando la frontera entre el océano y el hielo de la que los pingüinos de Adelia dependen para cazar y sobrevivir. De hecho, aunque hoy no está en peligro (se estima que hay más de 10 millones de ejemplares en la Antártida), se considera una especie muy vulnerable al cambio climático, ya que el deshielo amenaza su éxito reproductivo y la viabilidad de sus colonias a largo plazo, rompiendo el delicado equilibrio en el que ha vivido durante miles de años. Contra esa realidad, no hay nihilismo que valga. Nuestra vida y la del pingüino tienen hoy más sentido que nunca.




