Nieve oceánica, seres extraños y calorías vacías: la vida en el crepúsculo de los océanos

Apenas conocemos a los habitantes de la zona mesopelágica, la región del océano en la que la luz se va apagando poco a poco. Aun así, parecemos estar dispuestos a alterar su vida para siempre.
Nieve oceánica, seres extraños y calorías vacías: la vida en el crepúsculo de los océanos
Foto: ilustración de Atxe.

Nadie sabe casi nada de los zifios. Apenas se dejan ver en superficie y lo poco que conocemos de ellos nos ha llegado a través de sus sonidos, de los ejemplares que de vez en cuando aparecen varados en la costa y de la captura comercial de algunas especies. Tampoco es raro: su mundo es radicalmente opuesto al nuestro. Estos cetáceos, primos lejanos de los delfines, viven en la frontera de la luz, allí donde el mar se transforma en oscuridad. En la llamada zona mesopelágica de los océanos, sin embargo, existe un ecosistema complejo y diverso; un ecosistema del que apenas sabemos nada y que, aun así, estamos más que dispuestos a alterar en nuestro beneficio.

Las fronteras de este ecosistema, que se extiende entre los 200 y los 1000 metros de profundidad bajo la superficie marina, las marca la luz. Empieza en el punto en el que la energía solar todavía llega, pero es insuficiente para que tenga lugar la fotosíntesis, y acaba allí donde todo es oscuro. Por eso se conoce también como zona crepuscular. Es también una región marcada por la escasez de oxígeno y por un descenso brusco de las temperaturas. Nos resulta un mundo casi tan ajeno como otro planeta y, sin embargo, no hay duda de que seguimos en la Tierra: miremos donde miremos, la zona mesopelágica rebosa seres vivos.

Los zifios son de los pocos animales de gran tamaño que se aventuran en este reino crepuscular, que se extiende por el 60% de la superficie del planeta y ocupa el 20% del volumen del océano. Allí prospera un universo infinito de pequeños seres, un ejército de virus y bacterias y de los diminutos crustáceos, medusas, cefalópodos o larvas que forman el zooplancton, muchos de ellos bioluminiscentes. Como no hay luz no hay fotosíntesis, por lo que todos estos seres tienen que buscar formas alternativas de alimentarse. La mayoría recurre a un fenómeno que solo existe en las profundidades oceánicas: la nieve marina.

Los estudios más recientes señalan que el 53% de los grupos de zooplancton y el 60% de los grupos del micronekton (formado por peces y crustáceos pequeños, pero con capacidad para nadar) sobrevive a base de las partículas que se precipitan constantemente desde la superficie, de los restos orgánicos que caen, como si nevase, desde las zonas en la que sí hay fotosíntesis. Los animales de mayor tamaño, como los zifios o los calamares, dependen a su vez de que estos seres de menor tamaño estén bien alimentados. Además, gracias a su amplio rango de movimientos, trasladan los nutrientes a otras zonas del océano e, incluso, hasta la superficie. Entre todos, mantienen una rueda alimentaria compleja y delicada en la que nada se tira.

Si los planes para minar el fondo del mar acaban haciéndose realidad (como quieren, entre otros, Estados Unidos y The Metals Company), la riqueza de la nieve marina podría desaparecer. Un estudio llevado a cabo en la zona de Clarion-Clipperton, donde se ha puesto a prueba la tecnología de minería submarina, señala que esta actividad provocaría la liberación de sedimentos a gran escala en la zona mesopelágica, diluyendo las partículas nutritivas y llenando de calorías vacías una dieta equilibrada durante milenios. No entendemos casi nada de lo que ocurre en el crepúsculo de los océanos, pero hay quien está dispuesto a alterar sus dinámicas para siempre. Al fin y al cabo, no saber nunca ha sido razón suficiente para detenernos.

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    Nichanan Tanthanawit
    Campaña Global de Justicia Oceánica Líder de Proyecto
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