La odisea del charrán: los ecosistemas de Groenlandia no tienen la palabra

En medio de las tensiones geopolíticas alrededor de Groenlandia y sus recursos, la fauna y la flora de la mayor isla del Ártico están más amenazadas que nunca.
La odisea del charrán: los ecosistemas de Groenlandia no tienen la palabra
Foto: ilustración de Atxe.

Hace semanas que el último charrán partió de la base área de Pituffik, en el norte de Groenlandia, en una misión que compite en épica con las de la NASA. Cada año, cuando se acerca el invierno, estas aves alzan el vuelo para cruzar el planeta hasta las aguas de la Antártida. Eso sí, con el regreso de la luz al polo norte, vuelven a casa para criar, cubriendo cada año una distancia de entre 38.000 y 80.000 kilómetros alrededor del globo. A lo largo de su vida, volarán lo suficiente como para viajar tres veces a la Luna.

El charrán ártico ha mantenido sus costumbres migratorias inalteradas durante milenios, pero a su alrededor las cosas han cambiado mucho. La II Guerra Mundial y, sobre todo, la Guerra Fría llenaron el territorio de esta ave de bases militares, aeródromos y estaciones de radio. Solo en Groenlandia, Estados Unidos llegó a tener 17 bases activas. Hoy las ha abandonado casi por completo, y en la de Pituffik, la única que queda activa, solo hay unos 150 militares (por los 6.000 que llegó a albergar durante los momentos más tensos del siglo XX). Cuando el charrán regrese de su verano antártico en el mes de mayo, quizá las cosas hayan cambiado de nuevo a causa de las crecientes tensiones entre Estados Unidos y Dinamarca (y la Unión Europea) por el control de la isla más grande del Ártico.

Las consecuencias de un incremento de la actividad militar, extractiva y/o comercial en Groenlandia no afectarán solo al charrán. Y los problemas de las especies que pueblan la isla tampoco tienen que ver en exclusiva con las políticas de la Administración Trump. Alrededor del  80% de Groenlandia está cubierta por una gruesa capa de hielo que se está derritiendo a un ritmo acelerado por causa del cambio climático. Si desapareciese por completo, el agua liberada sería suficiente para elevar el nivel del mar a nivel mundial en unos 7 metros. Pero sin llegar a escenarios tan extremos, su deshielo está contribuyendo ya a cambiar el clima y la circulación de las corrientes del océano Ártico.

La base aérea de Pituffik está en los límites de lo que se conoce como la ecorregión de tundra Kalaallit Nunaat, formada por la franja de tierra más al norte que está libre de hielo durante parte del año. Allí solo crecen musgos, líquenes y unas pocas plantas herbáceas, entre las que está la amapola polar, que florece más al norte que ninguna otra planta. No hay árboles y los arbustos son escasos. Aun así, además de los charranes, se dejan ver mamíferos terrestres como el zorro y el lobo ártico, el oso polar o la liebre ártica y aves como el ánsar cariblanco y el patinegro, el eider, el búho nival y el cuervo común. Y en sus frías aguas viven morsas del Atlántico, focas barbudas, arpa y anilladas, narvales y belugas.

Este ecosistema de equilibrios delicados lleva décadas sintiendo la amenaza del cambio climático y el deshielo, del aumento de la actividad marítima a través del ártico y del inicio de proyectos mineros y de extracción de combustibles fósiles. Ahora, en el nuevo marco geopolítico que está cambiando el orden mundial y avivando la lucha por los recursos minerales, todas esas amenazas podrían volverse realidad en un abrir y cerrar de ojos. Todo podría cambiar en mucho menos de lo que dura el viaje de un charrán.

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  1. EL JILGUERO, una de las aves más amenazadas en el estado español.
    Al jilguero lo queremos porque es vecino en todas partes. Está presente tanto en los espacios abiertos de las ciudades, como en los pueblos o en los paisajes agrarios.
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