‘El Eternauta’: luchando por un paraíso en el infierno

La adaptación del clásico de la ciencia-ficción de Hector Germán Oesterheld y Francisco Solano López actualiza la ansiedad de la Guerra Fría y la Argentina próspera de los 50 a su actualidad precaria y de crisis climática, pero mantiene el fondo colectivista y humanista del original.
‘El Eternauta’: luchando por un paraíso en el infierno
Los actores César Troncoso y Ricardo Darín en 'El Eternauta'. Foto: Marcos Ludevid / Netflix.

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Juan Salvo es un vecino cualquiera del conurbano de Buenos Aires, un padre divorciado que todos los viernes queda con sus amigos de toda la vida a jugar a las cartas. Pero este viernes, en concreto, una nieve misteriosa cae sobre la capital argentina a pesar de estar en pleno verano. Una nieve que si te toca, te mata, y que llega acompañada de un pulso electromagnético que mata toda la tecnología a su alrededor. Juan emprenderá entonces una búsqueda casi suicida para localizar a su hija, que la noche del evento se encontraba de fiesta en casa de una amiga, mientras va descubriendo poco a poco lo que ocurre, y que va mucho más allá de un fenómeno atmosférico extraño.

Netflix anda empeñada en adaptar obras consideradas inadaptables, a nivel mundial pero latinoamericano en general, y en el último año se ha atrevido con Pedro Páramo, con la mismísima Cien años de soledad y ahora con El Eternauta. Creada por Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López en la revista Hora Cero Semanal, en 1957, ustedes van a leer estos días que se trata de una novela gráfica, pero yo les diré que no necesita darse tantos aires y es la historieta de ciencia-ficción en español más influyente del siglo pasado. 

Es la historia de un padre de familia que acaba convertido en una especie de héroe interestelar (tranquilos, no es espoiler, la adaptación camina por otros derroteros más mundanos) tras participar en la resistencia de la Tierra contra una invasión extraterrestre. Una aventura que recogió la paranoia apocalíptica de lo peor de la Guerra Fría y resultó premonitoria de la futura dictadura cívico-militar de Argentina en los 70, de la que fue una de sus víctimas destacadas el guionista Oesterheld, cuyo destino final, y el de sus cuatro hijas, se sigue desconociendo a día de hoy. Su secuestro, de hecho, se produjo mientras escribía la segunda parte de la obra, de carácter mucho más político, si cabe, que la primera.

Parte de la mística de El Eternauta es cierto aire profético, ya que sus viñetas finales presentan al mismo Oesterheld como personaje dentro de la historia preguntándose si podría prevenir tanto horror poniendo por escrito todo lo que le ha contado el protagonista desde el futuro (un giro de ciencia-ficción habitual de la época y que difícilmente aceptaría el espectador de Netflix actual). Así que la historia, aunque se publicó en los 50, en retrospectiva se suele leer en función de la dictadura de Videla y otros autoritarismos de la América del Sur de los 70.

La serie de Netflix, escrita y dirigida por Bruno Stagnaro (creador de Impostores o la premiada Okupas), es consciente de esa carga emocional y decide actualizarla en lo posible. En parte con saltos no exentos de ironía, ni siquiera vistos desde la distancia española –donde la historieta original fue también muy influyente en los 70 y 80 vía Francia–. Para empezar, el apagón generalizado que causa la nevada no alerta a los personajes de que ocurra algo raro porque en el conurbano actual de Buenos Aires en verano son casi rutina (igual deberíamos ir tomando nota por aquí). Y luego, el país que se presenta, y el Juan Salvo a juego con el mismo, están mucho menos idealizados que en la original (escrita en una época donde el nivel de vida en Argentina era mucho mejor que el de cualquier país de Europa, y no digamos ya España). También están muy pendientes la reciente pandemia, y la amenaza nuclear es sustituida por la crisis climática como apocalipsis alegorizado en la invasión alienígena.

Por momentos parece que Stagnaro quiere jugar a parodiar el género posapocalíptico en su acepción estadounidense, al que tanto se adelantó Oesterheld, con un planteamiento rozando la película de zombies y guiños a The Walking Dead o la mismísima The Last Of Us. Por otra parte, es evidente el deseo de establecer un discurso pop netamente argentino y todo lo decolonial que se pueda en la fría garra de Netflix, que es la que permite los efectos especiales de primer nivel.

La cuestión en la adaptación no es tanto lo jugoso de todas esas actualizaciones –con los personajes cantando Jugo de tomate frío, de la banda rockera Manal, en mitad de una misión casi suicida, por ejemplo– como en qué manera se traslada el alegato colectivista y de solidaridad frente a la catástrofe de Oesterheld, un intelectual comprometido de su tiempo en un sentido que ya no existe en el nuestro.

En ese sentido, ese equilibrio del guion entre los modismos yanquis y el carácter propio de El Eternauta es una especie de gradiente que va modulándose desde el episodio uno al seis, que adaptan libremente los primeros dos tercios de la obra original de los 50, aunque añadiendo elementos de sus continuaciones. Incluye elementos de puesta en escena con bastante retranca, como cuando, minutos antes de que el ingeniero Favalli (más humano que en el original, donde a veces era poco menos que un altavoz ideológico del autor) haga un llamado por radio “desde la Argentina”, la cámara enfoca una reproducción de la Estatua de la Libertad que sugiere la escala global del conflicto.

Así, vemos cómo los personajes pasan de la desconfianza y el sálvese quien pueda a la colaboración con desconocidos y el colectivismo de forma más gradual que en el tebeo, aunque con pasos muy parecidos. Los episodios 3 y 4, bisagras de la temporada, sirven de momento pivote en ese sentido, cuando Juan y Elena reniegan de la violencia incluso después de ser asaltados por otra pareja de supervivientes, y también más tarde, cuando él una vez más se interna con su mascarilla en el Buenos Aires devastado en busca de su hija en un plano que remeda los del arranque de la serie, pero esta vez es recogido por Favalli: nunca más marchará solo.

Lo llamativo es cómo a estas alturas necesitamos ese salto distópico. En los fines del mundo de otros momentos, incluso en los márgenes del mainstream anglosajón, se daba por sentada la colaboración entre iguales en pos de una defensa común y un futuro mejor. Ahora, en los fines del mundo contemporáneos, aunque la realidad nos grite que a la hora de la verdad ninguno somos tan malos y en mitad de un apagón general preferimos salir de picnic que saquear comercios, le pedimos a la ficción que nos venda bien que unos amigos de toda la vida –38 años, no 40, aclara Juan– tengan que pensárselo antes de ayudarse. O que socorrer a un completo desconocido no siga siendo la reacción primordial de cualquier médico, incluso cuando la vez anterior acabó con un arma apuntándole a la cara.

Por cierto, los pósters anunciando la serie en Buenos Aires llevan una semana amaneciendo con carteles que denuncian la desaparición de Oesterheld y su hijas. 

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