Si vieras una vaca a la fuga… ¿llamarías a la policía?

'Insurrección animal', de Sarat Colling (Errata Naturae, 2024), es un ensayo que recoge historias de rebelión y resistencia de animales que logran desafiar las fronteras de un sistema para el que su explotación es una pieza clave, planteándonos así una pregunta sobre nuestra propia comprensión de sus acciones en el mundo que compartimos.
El libro recoge una amplia selección de historias de fugas, transgresiones, liberaciones y resistencias cotidianas por parte de animales en distintos lugares y tiempos, demostrando que su insurrección no consiste en hechos aislados. Foto:

Imagínate que, dando un paseo por los alrededores de tu pueblo, vieses una vaca a la fuga. Para hacerlo más exacto, imagínate también que antes hubieses visto en la televisión una noticia sobre este asunto. Una alarmante, vehemente pieza sobre el animal corriendo entre sembrados y carreteras como un ejemplo vivo del desorden. ¿Llamarías a la policía?

Por estrambótica que pueda parecer en un primer momento, es una pregunta que se han tenido y tienen que hacer muchas personas en muchas ocasiones, según cuenta Insurrección animal, un ensayo de Sarat Colling recientemente publicado por Errata Naturae. Que muestra, sobre todo, cómo al intentar responderla algunas de las piezas claves de la visión sobre el mundo de esas personas se tambalearon.

Y es que la cuestión que plantea este libro, entretenido y sorprendente como una novela de aventuras, es en realidad mucho más amplia: se trata de hacer que nos planteemos cómo pensamos acerca de los animales, qué lugar les damos en el mundo que compartimos, hasta qué punto somos capaces de estirar o desplazar esa imagen.

A mí, al menos, desde las primeras páginas se me reveló lo difícil que lo tiene nuestra mente moldeada por tanto tiempo de antropocentrismo para abrazar la explícita apuesta por escuchar a lo que nos habla de otra forma. «Debemos ser cautelosos para no situarnos como referente principal desde el cual medir a otros animales que poseen sus propias historias, culturas y comunidades», explica Colling. A través de referencias a autoras como Saha Ahmed o Chandra Talpade Mohanty, lo hace, además, estableciendo una analogía con otros giros del pensamiento que nos pueden resultar más conocidos, como la reflexión poscolonial o el feminismo. Acepto el desafío: vamos a ver a dónde nos lleva esta pregunta por ahora algo incómoda.

Animales rebeldes todo el tiempo, en todas partes

La idea central parte de algo que sabemos: el orden del sistema en que vivimos se sostiene en gran medida por la delimitación de mundos diferenciados, marcados por distintos tipos de fronteras. Esto también atañe a los animales. Se confinan en espacios específicos, categorías específicas, funciones específicas. Que son, precisamente, los que se rompen en las escenas extraordinarias que recoge este trabajo: «La insurrección de los animales interrumpe las estrategias de distanciamiento de aquellos que consumen productos de origen animal y que se aprovechan de ellos en la sociedad industrial», explica.

Se refiere a lo que ocurrió, por ejemplo, cuando ocho toros se escaparon de un camión en Alemania y uno de ellos trató de refugiarse en una tienda de comestibles: «En ese instante excepcional, el animal se encontraba junto a los mismos productos en los que estaba previsto que se convirtiera». O cuando un orangután llamado Ken Allen adoptó la costumbre de desatornillar diariamente el cerrojo de su jaula en el zoo de San Diego para darse un paseo y luego regresar, montar de nuevo el cierre, y pasar otro rato en su sitio.

Una de las cosas que más sorprende en la lectura es la enorme profusión de ejemplos, que muestra que estas historias extraordinarias no son para nada hechos aislados. Como todo lo que desajusta los límites que sostienen el orden, suelen contarse como anomalías, actitudes problemáticas de individuos extraños. Pero, en realidad –propone este libro–, se trata de comportamientos más que habituales, que están sucediendo todo el rato, en todo el mundo. Y lo llevan haciendo siglos.

Ahí tenemos la historia de Janet, una elefanta de circo que, harta ya de ser pinchada para el espectáculo, agarró con la trompa el focino con la que se la torturaba y lo aplastó contra el remolque, no sin antes detenerse para que pudieran bajar a los niños que tenía sobre el lomo. La de Chautauqua, el caballo decenas de veces premiado que, a partir de cierto día, se negó a correr. O la de la cerda llamada Babe –porque a veces la realidad imita a la ficción—que escaló la pared del vehículo que la llevaba al matadero y dio un salto de más de cinco metros del que cayó, ilesa, sobre la calzada.

El énfasis en los nombres de estos animales que protagonizan huidas, motines o acciones de autodefensa es intencionado: una de las propuestas clave del libro de Colling es que es precisamente ese nombre, esa historia concreta, la que nos permite empatizar con estos animales, convertidos así en individuos, de un modo del que no somos capaces cuando los imaginamos en masa. Como saben los poetas y los políticos, es la especificidad lo que permite la identificación: hasta si se trata de Tatiana la tigresa o Pete la pitón, su nombre y su historia nos acercan a ellos –en realidad, no nos pasa algo distinto cuando se trata de nuestros propios congéneres–. Aunque, como explica también la autora, este fenómeno produce al mismo tiempo una disociación: «La gente desarrolla un vínculo individual con los animales que conoce, mientras sigue consumiendo otros».

Un repaso a la historia de la opresión animal

Para explicar cómo hemos llegado hasta aquí, Sarat Colling hila las distintas anécdotas en algunos hilos históricos esclarecedores. Uno de ellos es el modo en que ha ido cambiando a lo largo del tiempo la idea de los humanos sobre los animales y la relación que mantenemos con ellos. Un ejemplo curioso: durante la Edad Media se practicaban juicios a los animales, a los que se atribuían motivaciones como la avaricia, los celos o la venganza. Los tribunales laicos en los que se celebraban la mayor parte de ellos asignaban incluso a los acusados un abogado defensor, que en ocasiones conseguía que se les declarase inocentes, o hasta dignos de reparación, como en el caso del abogado brasileño que –aún en 1713– logró que el monasterio que había planteado la denuncia se viese finalmente obligado a suministrar a las termitas a las que defendía madera para su consumo.

Además del de las ideas, otro rastro fundamental que sigue esta investigación es el de la cuestión material: cómo la historia de la dominación de los animales está indisolublemente trenzada con la historia del capitalismo. Domesticación, sedentarización, trabajo, comercio, colonialismo… hasta el urbanismo tiene todo que ver con la relación con los animales. No es sino una historia social de la opresión, solo que con otro sujeto, distinto al que estamos acostumbrados a considerar prioritario.

En este enfoque, resulta decisivo el carácter de «propiedad» que se ha otorgado a los animales en este sistema. No es sino eso lo que permite que a casi todo el mundo le parezca normal llamar a la policía cuando ve a la vaca a la fuga de la que veníamos hablando. Y es también por eso por lo que, para Colling, no hacerlo es transformador a niveles más amplios de lo que parece, porque implica desertar de todo un orden de sentido. «Junto con las historias de los animales que se resisten se encuentra los efectos de sus actos: la repercusión en los testigos y en el entorno, y su traducción en otras acciones para el cambio social», explica.

«Cuando los residentes del pequeño pueblo de Sherborn, Massachussets, descubrieron que una vaca se había fugado de un matadero, en vez de intentar capturarla, le proporcionaron una ‘red de apoyo clandestino’, mantuvieron en secreto su ubicación y pusieron heno a su alcance». Se llamaba Emily, tenía dos años y la iban a sacrificar. Acabó sus días en un santuario animal, llegó a ser dama de honor en una boda y, a su muerte, le hicieron una estatua a tamaño real que pusieron en su tumba “junto a las de oros activistas por la paz como Maya Angelou, Gandhi y John Lennon”.

El monumento a la vaca Emily. Foto: The Peace Abbey Foundation.

De nuevo, al considerar el carácter activista de las acciones animales, nuestra mente resbala casi inevitablemente ante el escepticismo antropocentrista. «La insurrección animal es un fenómeno social y político», afirma, vehemente, esta autora, y de nuevo nos cuesta un poco no tambalearnos en la lectura: ¿estas palabras no eran de las que demarcaban lo humano, lo profundamente humano?

Y, sin embargo, como dice una cita de un reportaje de Guillermo Altares que se recoge en el colofón del libro, «las fugas de los zoológicos nos acercan al resto de criaturas con las que compartimos el planeta, pues ya sean motivadas por la curiosidad, el ansia de libertad o la evasión ante una pareja inapropiada, es inevitable que nos alegremos por ellos». En ese mismo sentido, no menos emocionantes que las historias de rebelión son también las de encuentro, vínculo y transformación que se dan en los santuarios de animales, y que la autora recoge como ejemplos de «solidaridad multiespecie».

La tarea pendiente de seguir pensando

Salgo del libro con más preguntas que respuestas. Borro una y otra vez las posibles líneas de conclusión de esta reseña, porque todas acaban por parecerme antropocéntricas: no me parece muy oportuno decir, por ejemplo, que observar estas actitudes podría enseñarnos algo sobre las fronteras que deberíamos estar derribando en el mundo, que habría sido mi primer impulso. Recojo cable y decido limitarme a dos frases que tengo muy subrayadas.

Una funciona como resumen, por llevarnos una certeza: «Para los animales, su vida es importante».

Otra, como posible apertura, cargada de preguntas y tareas: «Los animales insumisos desafían el paradigma dominante del excepcionalismo humano».

Cuando cierro el libro, scrolleo un rato tontamente por Instagram y de pronto me salta un clic al reparar de modo algo distinto al habitual en una sucesión de imágenes. Aquí tenemos un vídeo de un chimpancé que está cogiendo a un cachorro de tigre como si fuera un gato; aquí un meme de la orca Gladys –«Ama los océanos, hunde a los ricos» –; aquí un grupo de pingüinos que está esperando algo alterado a otro a ver si logra dar un salto desde el pedazo de hielo que se ha desprendido del suyo y que amenaza con llevárselo a la deriva… ¡Al final lo da, y cómo me alegro!

Añado una última idea posible a estas no-conclusiones: gracias, Sarat Colling, porque creo que aquí se ha abierto una puerta de pensamiento que no sé muy bien a dónde nos podrá acabar llevando.

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