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¿Cómo te has despedido del invierno? Antes de cruzar la frontera invisible del equinoccio, ¿comiste con atención una última castaña? ¿Rendiste tributo a la última tarde de enroscarte con la manta en el sofá? Supongo que no, pero si en tu mente estuvieran las categorías de la cultura tradicional japonesa, quizá sí que lo habrías hecho. Al menos, según explica Ryoko Sekiguchi en Nagori. La nostalgia de la estación que termina (Periférica, 2023).
Otra pregunta: cuando comes una manzana, ¿serías capaz de distinguir por su sabor si es de agosto o de noviembre? De nuevo, tal vez después de leer este libro desees hacerlo. «Nagori» es un concepto que se entiende mejor en contraposición a otros dos: «hashari» y «sakiri». El primero se refiere a los primeros frutos de la temporada. El segundo, a los que aparecen en su apogeo. El que da título a este libro resulta más ambivalente y cargado de connotaciones: se refiere a los frutos que se dan al final de su temporada, los que están sobremadurados o llegan cuando ya casi termina su tiempo, pero, por extensión, alude también a la huella, la presencia, la atmósfera de algo pasado, de algo que ya no está».
«En el transcurso de nuestras comidas cotidianas podemos cobrar conciencia de la temporalidad»: leer Nagori invita a poner una atención distinta a lo que tenemos en el plato, yendo un paso más allá de los lugares comunes. Sekiguchi —que además de escritora es crítica gastronómica— nos plantea preguntas: “¿Qué es exactamente un producto de temporada? (…) ¿Cuándo hace su primera aparición anual? ¿En qué región? ¿Cuál es la distancia máxima que puede recorrer un fruto denominado de temporada? ¿En qué punto de su ciclo vital dejan de ser de temporada los tubérculos y los cítricos, que se conservan varios meses?». A partir de ellas, explora distintos aspectos de nuestra relación con las estaciones y el modo que tenemos de vivirlas y de darles significado.
Una idea es clave: si nuestros ancestros vivían sujetos a ese tiempo estacional, sin posibilidad alguna de escapar a sus designios, el mundo contemporáneo se caracteriza por haber roto esa condena. Ahora tenemos al alcance alimentos de cualquier estación, igual que también nosotras mismas podemos desplazarnos en busca de un verano infinito, de una primavera extemporánea o de nieve aprovechable para nuestro disfrute. Pero como cuando se rompe la maldición en un cuento, pagamos un precio: hemos dejado de apreciar los matices que traen consigo las vueltas cíclicas del tiempo, lo que pueden enseñarnos.
La mirada que articula este ensayo es crítica y aguda, y su estilo, delicado y lleno de destellos poéticos. Se lee como quien va asomándose a distintas ventanas: anécdotas, reflexiones, investigaciones, que ofrecen diferentes perspectivas sobre el tema de las estaciones, de sus comienzos y sus finales. Que es como decir: sobre el tema del tiempo. «Desear una naranja en pleno verano es desear vivir hasta el invierno», escribe Sekiguchi en uno de los primeros capítulos, anunciando la que quizá sea una intuición central de todo el libro: si la fruta que saboreamos casi al borde de su estación nos conmueve, es porque nos hace pensar en nuestra propia vida.
Esa es la sutileza de Nagori: una idea que funciona en realidad como una gran metáfora, nunca del todo despejada, que se queda flotando a nuestro lado después de leerlo. El mero hecho de regalarnos una palabra nueva para esa sensación tiene todo que ver con lo que propone este ensayo, una constante invitación a apreciar el matiz y celebrarlo.

Además de en la comida, Sekiguchi se fija también en el peso que las estaciones tienen en otras manifestaciones culturales japonesas, como la poesía. Recuerda, por ejemplo, que una de las normas de los haikus es contener una palabra relativa a la primavera, el verano, el otoño o el invierno. Pero no a su estereotipo, sino al modo en que realmente se dan en el lugar que habita quien escribe: de nuevo, una llamada a la atención, que no está desligada del lenguaje. La idea de que lo que no se nombra no existe revela aquí una base todavía más honda: «La sensibilidad nace de las palabras. No sabemos percibir aquello que carece de nombre».
La indagación en estas cuestiones no está en absoluto reñida con un análisis certero del contexto social y político en que se inscriben: prestar atención a las estaciones implica hoy, necesariamente, observar cómo están cambiando y qué consecuencias tiene ese cambio; igual que señalar nuestro desapego de ellas es inseparable del diagnóstico de que en la base de ese alejamiento están el capitalismo y los modos de vida que trae consigo. Más allá de estas ideas más o menos evidentes, Sekiguchi se fija también en el impacto e hechos concretos, como la bomba de Hiroshima o el accidente de Fukushima: «A pesar de que en el tiempo cíclico ‘la primavera regresará de nuevo’, las flores del cerezo están ahora irremediablemente irradiadas».
Procedimientos de conserva, cuentos populares, hasta un menú de cien ingredientes: cada capítulo de Nagori es como un plato sorprendente que degustar con sorpresa, una nueva vuelta sobre la misma idea que la matiza y la enriquece. Terminarlo, por supuesto, deja cierto sabor de nostalgia. Pero no de la que esencializa el pasado y teme al futuro, sino de una que hace todo lo contrario: invitar a vivir con la misma plenitud la estación siguiente. Porque, como explica su autora, «el corazón que experimenta el nagori es generoso, por no decir animoso: no teme entregarse a esas pequeñas cosas insignificantes, no necesariamente dramáticas pero sí frágiles y delicadas, que componen nuestra vida».
El Club de lectura Climática es un espacio de encuentro online moderado por la escritora y periodista Laura Casielles en el que, cada mes, nos juntamos para conversar sobre un libro. Si tienes una suscripción a Climática, puedes inscribirte aquía la próxima sesión, en la que hablaremos de este.





Por la salud, las abejas y la agricultura. Ciberacción.
Para proteger nuestra salud y nuestro medio ambiente: rechacemos el proyecto ómnibus sobre pesticidas. Apoyemos las reivindicaciones:
Para proteger nuestra salud y nuestro medio ambiente: rechacemos el proyecto ómnibus sobre pesticidas. Apoyemos las reivindicaciones:
Una normativa más débil sobre plaguicidas pone en peligro nuestro futuro. En su lugar, necesitamos una protección real de la salud, el agua y el medio ambiente. Los pesticidas necesitan una reevaluación periódica. Es hora de dejar atrás la vieja era química para pasar a una nueva era saludable y biodiversa.
1) Prohibir ya los pesticidas más tóxicos
Esto incluye los pesticidas que pueden dañar el desarrollo infantil, los pesticidas PFAS, los ‘mata-abejas’ y los que alteran las hormonas o afectan al cerebro. Hay que detener el uso de herbicidas como el glifosato que dañan la salud y contaminan el agua.
https://www.ecologistasenaccion.org/365827/por-la-salud-las-abejas-y-la-agricultura/
2) Promover formas más seguras de cultivar
Promover la rotación de cultivos y las buenas prácticas agrícolas. Reforzar el equilibrio natural para prevenir las plagas. Estimular el uso de soluciones mecánicas y biológicas. Garantizar que sólo se utilicen las sustancias menos tóxicas y como último recurso.
3) Acompañar a las y los agricultores en la transición.
Apoyar a las y los agricultores que producen alimentos sanos, restauran la biodiversidad y crean un paisaje vivo. Garantizar precios justos para la agricultura y consumo. Dar a la agricultura acceso a un asesoramiento independiente.