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Simon Hureau, autor de ‘El Oasis’: «El jardín me ha enseñado paciencia y humildad»

Quince años después de trasladarse a un jardín en el que estaba todo por hacer en el departamento central del Valle del Loira, sale en español la novela gráfica de Simon Hureau en el que narra la relación floreciente de su familia con un jardín de mil metros cuadrados, tan libre como vivo.
Simon Hureau es autor de más de una docena de cómics y relatos de viajes. Al castellano se han traducido 'La jauría y la paloma' y 'Revienta, cerdo'. Foto: Cécile Gabriel.


A Simon Hureau (Caen, 1977), el jardín hace tiempo que se le fue de las manos. De hecho, hace ya más de tres años que publicó la documentación de todo el proceso en una novela gráfica autobiográfica que no podía tener otro título que El Oasis, y que ahora ve la luz en castellano de la mano de la editorial Errata Naturae. En el libro, el dibujante recorre doce años de vida habitando, junto a su pareja y sus hijos, una casa en una localidad de Indre, departamento Central del Valle del Loira, en los que el jardín va adquiriendo vida propia, llenándose de visitantes de todas las especies que habitan el entorno. Una novela gráfica, encuadrada en el género de la nature writing, que se crece en los detalles invisibles, convirtiendo en extraordinario cada hallazgo, en un arbusto o en una flor, es decir, allí donde pensamos que la vida es más diminuta y ordinaria.

El propio Hureau confiesa, en una entrevista con Climática, que no era capaz de visualizar una vida sin jardín, un espacio que le suscita una sensibilidad especial. Creció en Caen, Normandía, donde sus padres tenían uno de unos 150 metros cuadrados y a él, cuenta, siempre se le podía encontrar allí. Al estudiar en Estrasburgo y después trasladarse a París, fue uno de los sacrificios personales que tuvo que hacer. Pero poco después, a la hora de buscar una casa con su pareja, ambos tenían claro que no iban a renunciar más tiempo a disfrutar de un jardín, aunque ello conllevase otro tipo de sacrificios. «Rápidamente entendimos que no era posible encontrar una casa así en una gran ciudad, donde los jardines son pequeños y los precios, muy altos», explica. Alquilaron un apartamento para comenzar a descubrir la región de Indre y tres semanas después ya estaban viendo casas en una pequeña ciudad a 25 kilómetros de Tours, con una población de 4.000 habitantes. «Para nosotros significaba una densidad de población buena, hecha a escala humana, no echábamos de menos la gran ciudad», asegura el dibujante, que sentencia que jamás habrían comprado la casa de no tener jardín.

Un espacio vivo y activo para el vecindario

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Su fijación por los jardines no solo proviene de los nostálgicos recuerdos por aquel en casa de sus padres, ni por las lecciones de biología que le transmitió su abuelo y que están recogidas en la novela. También hay un potencial movilizador, de sensibilidad política, escondido en los vergeles. Es por eso que señala la importancia de los jardines públicos incluso en regiones tan verdes como la que él habita, en la que la mayoría de los jardines son de titularidad y acceso privados. «Incluso teniendo el mío los echo en falta, los jardines públicos son acogedores, cuando viajo me gusta visitarlos, después de un rato caminando por la ciudad necesito ver plantas, escuchar a los pájaros, sentir la hierba bajo los pies o sentarme en un banco un rato». Para él, la importancia cívica de estos espacios reside en una lección tan crucial como intuitiva: la de conocer nuestro entorno más inmediato.

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«No seremos capaces de proteger aquello que no conocemos, que ni siquiera somos capaces de ver, por eso una de las claves del libro, y también para mí, es la de conocer las especies que visitan el jardín», afirma el dibujante, que plasma a lo largo de las páginas de El Oasis, de forma constante, meticulosos dibujos de especies de orugas, insectos o aves, acompañadas de su denominación científica. Especies que no son para nada ajenas tampoco a la fauna de la península Ibérica, como la curruca capirotada, el zapatero, la mantis religiosa o el colirrojo tizón. «Cuanto más observas, más aprendes y más quieres aprender. Pero no es algo que ocurra de manera automática, hay que esforzarse. Cualquiera puede cruzar este jardín de principio a fin y ver algunas flores y árboles, sin más, hay que acercarse a las plantas para ver los insectos, escuchar los pájaros para intentar saber cuál canta. De otra manera, el jardín sería solo un decorado».

Hureau advierte todas estas especies animales y vegetales desde un sentido de vecindad, lo que, de manera irremediable, les iguala como habitantes del planeta. «Al abrir la puerta de casa, los primeros vecinos que nos encontramos son los caracoles, las hormigas, las mariposas o los pájaros, y si no conocemos los hombres de nuestros vecinos, nos está faltando algo importante», puntualiza el autor, cuya forma de cuidar de su jardín, evitando pesticidas y químicos industriales, ha permitido que unas especies llamen a otras, generando, por utilizar sus términos, un espacio muy vivo y activo para el vecindario de su región. Tanto que todo ello le llevó a encontrarse una noche con un inesperado visitante; un tejón. «En los libros infantiles aparecen osos polares, leones, tigres… Los niños conocen perfectamente estos animales pero no se saben el nombre del primer animal que se cruzan en el día».

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El tiempo en el jardín

A menudo, una cierta representación idealizada de lo que supone tener un vergel en casa viene aparejada del sueño de la autosuficiencia alimentaria. Es fácil encontrar centenares de reels en Instagram con un foco romántico sobre cultivar tus propias verduras. Más complicado es hacer que esta soberanía doméstica funcione si hay que conciliar con otra profesión. El autor se sincera a este respecto y, aunque admite que cuidar del jardín es algo que le produce placer y que no lo concibe como trabajo, ha desistido de la idea de alimentar a su familia de sus frutos: «Cuando podemos comer cosas del huerto están mucho más sabrosas. Pero no tenemos la expectativa de que el jardín nos alimente todo el año. Eso sería un trabajo a tiempo completo».

El tiempo en el jardín es un regalo en su cotidianidad, aunque simplemente lo cruce una vez al día para ir a ver a las gallinas. Este invierno apenas ha podido trabajar en él, «pero no pasa nada, el jardín espera», matiza. Para él, esa es una de las grandes lecciones vitales que ha extraído de ese vasto espacio que ha crecido con los años (cuando se hicieron con la finca anexa), que incluye frutales, un huerto, un estanque e incluso una salida a un río que cruza por debajo. Por un lado, paciencia, y por otro también una buena dosis de humildad. «Los tiempos que requiere la naturaleza nos han enseñado paciencia. Alguna vez cometemos un error, pero no pasa nada, al año siguiente lo intentamos de nuevo», relata. «La humildad es otra cosa que hemos aprendido. No podemos forzar a la naturaleza, las cosas solo sucederán si las condiciones son oportunas y suficientes. No tiene sentido frustrarse o enfadarse porque se nos mueran las plantas. Es una lección de modestia. Nos llevamos tantas sorpresas y regalos del jardín que nos alimenta, (aunque el huerto no sea capaz de hacerlo). Eso nos enseña a relativizar».

Aun así, el oasis en el que Hureau y su familia han vivido los últimos quince años, no se ha librado de los efectos del cambio climático. De hecho, un espacio de estas características puede ser el laboratorio perfecto para medir sus consecuencias. «En quince años hemos tenido tiempo para observar los cambios que se han producido en el clima», afirma el autor. «Las primaveras cada vez son más secas y los veranos más cálidos». Nuevos visitantes han llegado al oasis, como la avispa asiática, que fue por primera vez avistada en Europa precisamente en el país galo, donde se extendió rápidamente, y que ataca a las abejas de manera mortal. También la polilla del boj, una planta muy extendida en Francia, causa sus estragos. Hureau y su familia palian como pueden los efectos del cambio climático, velando por ese espacio privilegiado que han conseguido hacer florecer. «Intentamos hacer crecer los árboles para tener más sombra y más frescor, asegurándonos de tener suficiente agua en el pozo. La recuperación es importante», explica

Mientras tanto, aquel oasis que les ha dado tantas anécdotas y alegrías sigue siendo fuente de inspiración para el autor, que continúa acumulando bocetos y bocetos de los que, tiene pocas dudas, saldrá una segunda parte para El Oasis. «Tengo mucho que decir de este jardín de mil metros cuadrados», advierte.

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