Etiquetas:
Este artículo forma parte de la sección mensual titulada Prevención LAB: experiencias globales y soluciones locales, escrita por la experta en gestión de desastres Carmen Grau Vila.
Un poema de Federico García Lorca puede convertirse en reclamo climático en una huelga. «Verde que te quiero verde. Verdes ramas. Grandes sombras», piden los profesores valencianos en pancartas porque los patios de los colegios no tienen sombra. La comunidad educativa ha saltado a las calles para reivindicar mejoras en sus condiciones laborales y también alertar del estado de la infraestructura escolar. «Más de 1 año sin agua potable», «exigimos dignidad» o «20 ºC en los despachos, 27 ºC en la calle y 35 ºC en el aula». Ya no esconden su cansancio, muy especialmente después de la dana.
UNICEF estima que en 2024 los eventos climáticos extremos interrumpieron las clases de 242 millones de alumnos en el mundo. Las olas de calor, los ciclones, las tormentas, inundaciones y sequías afectaron la educación primaria y secundaria de 85 países. España es uno de ellos, tras el desastre que paralizó el aprendizaje de miles de alumnos y obligó a la comunidad docente a realizar un sobreesfuerzo para limpiar el barro, reorganizar centros y volver a las aulas.
El reclamo climático del profesorado coincide con la publicación en Catalunya del informe Calor en la escuela: cómo adaptar los centros educativos al nuevo clima del país, elaborado por un grupo interdisciplinar de expertas en colaboración con la Fundación Equitat.org. El estudio nos advierte de que el calor en los centros educativos públicos ya es una amenaza para el aprendizaje y las escuelas no están adaptadas. Concluyen que no hay tiempo que perder y que se debe actuar para proteger los centros, impulsar transformaciones estructurales, asegurando recursos y reforzando la normativa. En las escuelas ya se supera el límite de los 27 grados, la temperatura máxima fijada para trabajos sedentarios en espacios cerrados.
El bienestar térmico en las aulas «no es un capricho, es una cuestión de salud pública infantil«, alertaba la Sociedad de Pediatría del Sureste de España el año pasado. Los niños son más vulnerables al calor que los adultos. En temperaturas extremas, aumenta el riesgo de deshidratación y golpe de calor. Los más pequeños se fatigan y disminuye su capacidad de concentración. Las soluciones van más allá del aire acondicionado: sistemas de climatización adaptados, ventiladores en techos, buen aislamiento, espacios verdes y evitar las aulas prefabricadas. A ver cómo le explicamos esto último a los niños afectados por la dana.
Como consecuencia de las inundaciones, en septiembre 3.000 estudiantes arrancaron el curso en aulas prefabricadas, con patios de cemento, sin gimnasio o biblioteca. Familias y docentes reclaman agilizar la reconstrucción de estos centros. ¿Incluirán los nuevos edificios planes de climatización que aseguren las condiciones térmicas adecuadas durante todo el curso escolar? ¿Qué pasa con los otros colegios e institutos que acumulan años de daños estructurales y desperfectos?
Cambios necesarios en las aulas
Los Comités Locales de Emergencia y Reconstrucción (CLER) de la zona damnificada se han sumado a la protesta de la comunidad educativa y piden «aulas climatizadas, dignas y seguras». Visibilizan una realidad poco reconocida: en el momento de la emergencia, los centros escolares se convirtieron en refugio y puntos logísticos. Fueron las comunidades, familias y profesorado quienes se organizaron para recuperar sus colegios y convertirlos en espacios de apoyo.
Los plazos de reconstrucción de las escuelas damnificadas apuntan a un mínimo de cinco años de espera, «y que no sean más», se angustian en los pueblos. Es la etapa de primaria completa. Habrá una generación de niños que crecerá en prefabricadas, que perderán la oportunidad de disfrutar de un cole de verdad. ¿Por qué no priorizar esta reconstrucción? «No quiero hacer pipí en un barracón, quiero un baño digno», es la pancarta de dos niñas en una manifestación.
Naciones Unidas puso la educación y la seguridad de las escuelas en el centro de la estrategia para reducir el riesgo de desastres en el Marco de Acción de Hyogo (2005-2015), impulsado por la experiencia japonesa. Pero no se trata solo de construcciones resistentes a los terremotos, hablamos de ubicar escuelas en zonas no inundables, de dotarlas de sistemas de avisos, que cuenten con docentes formados y educación en prevención en sus aulas. En otras palabras, una escuela segura es un lugar que protege a nuestros hijos e hijas y donde se refuerza la resiliencia de todos.
Se están realizando múltiples esfuerzos en Valencia y hay numerosas iniciativas desde los diferentes niveles de gobierno y la ciudadanía, pero la comunidad educativa carece de recursos suficientes. A pesar del gran impacto que tienen los desastres y el cambio climático en la educación, ésta sigue sin priorizarse en las discusiones políticas. Es un derecho, además de la mejor herramienta para hacer frente a estos desafíos. Los profes, en sus pancartas, lo tienen claro: «Si educar es la llave, ¿por qué somos la última puerta?».

