Del Sáhara al MoMA: el huerto que busca soberanía alimentaria en medio del desierto

Mohamed Salem, artista y agricultor del Sáhara Occidental, obtuvo en 2025 el premio Joven por el Clima, entregado en el MoMA de Nueva York, por su proyecto de ‘jardín nómada’.
Del Sáhara al MoMA: el huerto que busca soberanía alimentaria en medio del desierto
Foto: Mohamed Salem en su ‘jardín nómada’.

Mohamed Salem es un joven artista y agricultor saharaui de 23 años que, en el campamento de refugiados de Esmara, en medio del desierto, rodeado de arena y viento, ha levantado su jardín nómada, un pequeño huerto experimental, con la esperanza de proveer a su pueblo de un futuro más saludable e independiente gracias a productos frescos. El proyecto obtuvo el premio Joven por el Clima 2025, entregado en el MoMA de Nueva York.

Salem se expresa en inglés –algo poco habitual entre los refugiados saharauis, que utilizan mayoritariamente el castellano para comunicarse con los foráneos– y su hablar es pausado, pero cuando menciona el objeto de sus desvelos, se le encienden los ojos. Mientras conversamos en el huerto, se va levantando una tormenta de arena que nos va a obligar a continuar la conversación a resguardo. Esta tormenta mutará pronto en un agresivo siroco que nos va a tener inmovilizados un par de días sin poder despegar de Tinduf, se va a cobrar su cosecha de destrozos en las precarias construcciones de los campamentos y, ya de paso, nos va a mostrar de manera palpable las complicadas condiciones climáticas a las que debe someterse el proyecto de Salem.

Arena y agua

El jardín funciona gracias al sistema sandpónico, especialmente diseñado para el desierto. Se trata de una variante de la hidroponía que utiliza la arena como medio de cultivo en lugar de otros más habituales como la lana de roca, la perlita o la fibra de coco. Al utilizar arena y agua como medio, y excrementos de pescado como fertilizante natural en lugar de tierra y compost, la técnica crea un entorno natural de ciclo cerrado en el que las plantas y la arena actúan como filtro natural para el agua, y los excrementos de pescado aportan nutrientes a las primeras. Se trata de una técnica desarrollada por Taleb Brahim Kalil, ingeniero agrícola saharaui, según el cual el sistema ahorra cerca de un 95% de agua en comparación con la agricultura tradicional.

Mediante este sistema, Salem cultiva tomates, col rizada, lechuga, calabacines, sandías, cilantro, berenjenas, pimientos y algunos otros productos de huerta orgánica, «lo que demuestra –dice– que con creatividad y paciencia la vida puede crecer casi en cualquier lugar».

En el jardín nómada nada se desperdicia: el agua de la cocina o la lavadora se filtra, purifica y oxigena, para utilizarse primero en el estanque de los peces, después fluir hasta la piscina de los patos y, finalmente, hacia las plantas y los árboles. Los animales aportan nutrientes a las plantas, y estas ayudan a purificar el agua. Un ciclo natural y equilibrado.

Salem trabaja solo en el huerto, pero se suele reunir con asiduidad con amigos: además de con Taleb Brahim, comparte sus experiencias con Yougiha, jardinero de formación, y con Mohamed Sleiman, artista y agricultor. Juntos intercambian conocimientos, discuten ideas e imaginan el futuro de una agricultura sostenible en los campamentos saharauis de la hamada argelina.

Conjugar arte y agricultura no parece que le haya generado tensiones con otros compañeros de formación académica: «Bueno, creo que formamos una combinación perfecta: partimos de bases técnicas y agroecológicas, sí, pero siempre le damos un toque artístico y de experimentación a las cosas: “¿Cómo funcionará si añadimos esto a otro sistema, o añadimos algo o quitamos algo?”. Trabajamos juntos y la combinación es enriquecedora».

En todo caso, se muestra muy orgulloso de su faceta de artista: «El arte es muy importante en lo que hago porque los artistas siempre piensan de una forma fuera de lo común. Es perfecto porque, si nos fijamos en la agricultura, existen instituciones, universidades, que te aportan conocimientos básicos, sí, pero estamos en el desierto y nadie cultiva plantas en el desierto. Así que, en realidad, tuve la suerte de ser artista, porque siempre estoy probando, experimentando, explorando… También soy fotógrafo, hago fotos y vídeos. Estoy reuniendo un archivo con todos los experimentos que se llevan a cabo en el jardín. Y acabé haciendo documentales que hablan de todo esto. Estos documentales tienen dos mensajes: uno, local, para que mi pueblo vea lo que estoy haciendo y sea consciente de que es realmente posible. Pero también otro a nivel internacional, uno que dice: “Esta es nuestra historia. Existimos en el mundo”».

Cultivo sobre ruedas

Precisamente una de las últimas ideas de Salem en las que es difícil discernir el límite entre agricultura y propuesta artística es la del huerto móvil, instalación que muestra un pequeño cultivo de verduras sobre un carro tirado por tracción animal. El diseño conecta la agricultura con el estilo de vida tradicional de su pueblo: «Si las familias regresan a su estilo de vida nómada, podrán seguir llevando sus huertos consigo. Es un símbolo de cómo la tradición y la innovación pueden crecer juntas».

El huerto no deja de ser inverosímil para una cultura como la saharaui, cuyo carácter errante se encuentra fuertemente arraigado desde tiempos inmemoriales, y en el que la agricultura nunca ha desempeñado un papel significativo. «Los saharauis fueron nómadas del desierto durante siglos; luego pasaron por una invasión y una guerra crueles, y finalmente se establecieron en estos campos de refugiados –ilustra Salem–. Esto supone un gran cambio en la vida de mi comunidad. Todavía lo estamos asimilando».

A juicio de Salem, los saharauis se preguntan ahora si acaso es posible continuar con aquella vida nómada o es mejor asentarse: «Existe una gran incertidumbre, pero, en general, quienes entran en el huerto suelen mostrarse contentos; y es buena señal que algunos vecinos me pidan que les ayude a crear su propio huerto. Pero yo espero. Espero que vengan a pedírmelo, porque todavía estoy aprendiendo. Y si quiero incluir a alguien en este experimento, debe estar interesado para poder formar parte del mismo».

El huerto también se ha convertido en un espacio de aprendizaje, y dado que en los campamentos no hay muchos recursos para la agricultura del desierto, suelen ser habituales las visitas para ver cómo funciona y aprender a crear sus propios huertos.

Salem busca que el jardín suponga, además, una experiencia para los más pequeños. Para ello ha ideado el programa Un metro de arte, que anima a niños y niñas a visitar el jardín, observar plantas y animales y realizar pequeños experimentos. «Así descubren cómo producir alimentos orgánicos en medio del desierto. Nuestro pueblo no tiene experiencia en el mundo de la agricultura y nos lleva tiempo procesarlo todo. Me gusta transmitir estos conocimientos poco a poco, a medida que crecen, con la esperanza de que en el futuro tengamos generaciones que puedan cultivar sus propios huertos».

El jardín cuenta, además, con un espacio para que puedan dibujar, compartir sus ideas y sentimientos a través del arte, y desarrollar su creatividad. Al final de la visita, plantan un árbol, que se convierte en su sello distintivo, «símbolo de crecimiento, esperanza y responsabilidad». El objetivo final es «sembrar una semilla en sus mentes y regarla con conocimiento e inspiración, esperando que en un futuro esta generación sea capaz de producir alimentos orgánicos, incluso en medio del desierto».

Premiado en el MoMA

El jardín nómada ha obtenido el premio Joven por el Clima en Estados Unidos, una iniciativa de un grupo de diseñadores, arquitectos y expertos que busca apoyar a «líderes globales menores de 25 años que viven y trabajan en la primera línea de la crisis climática». Para los promotores, estos jóvenes innovadores deben «aportar soluciones climáticas inmediatas, con base local y escalables a través de proyectos arraigados en la comunidad, probados en condiciones reales y diseñados para la adaptación en diferentes regiones». Desde su nacimiento en 2022, el programa ha premiado los proyectos de una cincuentena de personas de 35 países, que abarcan desde la gestión de residuos y las fuentes de combustible alternativas hasta la innovación en materiales.

El pasado año, Mohamed Salem fue escogido entre otros 24 finalistas para llevarse uno de los cuatro premios. Los otros fueron a manos de las nigerianas Blossom Eromosele y Amara Nwuneli, y la boliviana Dayana Blanco. Las primeras por idear una estufa que reduce la contaminación del aire interior y genera energía para hogares y por promover la acción climática mediante el desarrollo de un parque comunitario, respectivamente. Blanco, por su parte, por aplicar el conocimiento ecológico indígena para restaurar una reserva de humedales contaminada. Todos ellos recibieron, además de un premio en metálico, un viaje a Nueva York para presentar su trabajo en The World Around Summit 2025, organizado en colaboración con el Instituto Emilio Ambasz del MoMA.

Tampoco el viaje a Nueva York fue fácil para un refugiado como Salem: «En realidad, al principio no pude ir. Debido a problemas con el visado, tuve que esperar seis meses para asistir. Pero mi vídeo se proyectó allí, en el escenario del MoMA. Y luego, sí, cuando finalmente conseguí el visado, fui allí y di algunas charlas sobre el jardín. Espero volver pronto», nos cuenta esperanzado.

El jardín de Mohamed Salem es mucho más que un huerto ecológico: es un ejemplo vivo de resiliencia y creatividad en mitad de uno de los entornos más difíciles del planeta. Y lo que empezó como un pequeño experimento se ha convertido en un modelo de vida sostenible en el desierto gracias a la paciencia, la observación y la innovación que nuestro artista jardinero ha ido poniendo en él: «Creo que el mundo está más conectado de lo que pensamos; así que, si quieres cambiar el mundo para mejor, puedes empezar por acciones sencillas o básicas y buscar recursos aunque te enfrentes a las peores adversidades». 

Más info: www.thenomadgarden.com

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