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El anotador de Larissa Nenning tiene 28 relatos en primera persona de trabajadores –la mayoría inmigrantes– que recolectan la cosecha en Almería cuando los termómetros superan los 40 ºC. «Te dan una gorra y ya está. Ni siquiera te dan agua fresca, tienes que llevarte el agua fresca desde las 7 de la mañana. Es que no te va a durar todo el día. A lo mejor se te acaba a las diez o a las 11 y ya solo tienes el agua caliente. Tienes que tolerarlo. Porque si no lo haces, te echan del trabajo», describe S., delegado del Sindicato de Obreros del Campo de Andalucía (SOC).
Nenning es investigadora de la Universidad de Hamburgo y lleva años analizando cómo las personas que trabajan en campo sufren el calor extremo. También qué recogen las leyes y cómo están respondiendo los sindicatos en España y en Alemania, países en donde ha centrado su último trabajo.
Su diagnóstico es que los accidentes laborales relacionados con el calor, los daños a la salud a largo plazo y las muertes están aumentando en Europa debido a la emergencia climática. Su investigación está atravesada por un eje central: quién trabaja bajo el calor, en qué condiciones y cómo se organizan los trabajadores para afrontar la carga desigual del calor en el lugar de trabajo. La conclusión es clara: se trata de una cuestión de poder.
En España, la normativa vigente, el Real Decreto 2023, que obliga a las empresas a adaptar los horarios, prohibir ciertas tareas y reducir la jornada ante alertas de calor extremo es de vanguardia a nivel continental. Pero “se ignora sistemáticamente” en el campo, uno de los sectores con más mano de obra extranjera del país. “Es sintomático del racismo estructural que forma parte de la crisis climática”, denuncia la investigadora.
El cambio climático lo transforma todo. También el trabajo. ¿Hacia qué escenario vamos en Europa, epicentro de la emergencia climática, en lo que respecta al mundo laboral? Hablamos mucho de IA y casi nada de calor extremo, por ejemplo.
El cambio climático ya está aquí y lo sienten muchísimo los trabajadores y trabajadoras de la mayoría de los sectores. Hay un padecimiento que se traduce en agotamiento, cansancio y empeoramiento de la salud. El problema es que, por lo general, las empresas están llevando a cabo mala adaptación a estas nuevas condiciones. Más aún: muchos empresarios usan el cambio climático para intensificar el control sobre las personas trabajadoras. Un ejemplo: en el campo se está usando la adaptación climática como una herramienta para reorganizar el trabajo desde arriba, redistribuyendo turnos o modificando descansos sin negociar con los trabajadores ni con los sindicatos.
Por eso, imagino, son tan importantes las políticas públicas.
Es vital que los gobiernos avancen en leyes de protección. Los sindicatos están siendo una fuerza importante para presionar a los gobiernos para mejorar las leyes. España tiene una particularidad. Tiene leyes muy avanzadas en la cuestión del cambio climático y del calor, pero no se cumplen. Una cosa es tener la normativa y otra muy distinta tener el poder social, político y económico para hacerlas cumplir. Al final, la precariedad es el mayor peligro a la hora de cruzar el trabajo con el cambio climático.
¿Qué le ha sorprendido de tu trabajo de campo en Almería? ¿Qué panorama ha encontrado?
Encontré que la adaptación de la jornada laboral por el calor se hace sin participación de las personas trabajadoras. Las empresas del campo empiezan muy temprano, de madrugada, sin tener en cuenta la conciliación con la vida familiar. Las trabajadoras y los trabajadores con niños tienen un problema porque ninguna institución escolar o recreativa abre a las cinco de la mañana. Se intenta respetar el derecho a la salud, sin respetar el derecho a la vida familiar y a la autonomía. Otra cosa que me sorprendió es la falta de medidas básicas de protección frente al calor. La mayoría de las personas me han contado que no tienen acceso a agua fresca, a sombra, a ventilación, ni a pausas regulares. Y el tercer punto: hablamos mucho de los trabajadores del campo y de los invernaderos, pero muy poco de quienes trabajan en los almacenes de envasado. El calor también allí es un problema de primer orden. La precariedad excede al aire libre y a los rayos del sol. Es importante ver la panorámica.
Su investigación está atravesada por el concepto de poder. ¿Por qué es un error analizar la problemática del trabajo y del calor extremo sin esta variable?
Porque algo tan básico como poder tomar agua está condicionado por el poder. La cuestión de tener el poder de decidir cómo organizar el trabajo es una cuestión de clase. Y en el campo, los trabajadores inmigrantes son aún más precarios. Con o sin papeles no son tratados como humanos. Esto es una cuestión de poder estructural, pero también de poder político. Por eso también me interesa mucho qué están haciendo los sindicatos: saber cómo se están organizando las personas trabajadoras en este sector. En España, la cuestión de clase y de racismo se impone a las leyes. Hay mucha presión del mercado para producir productos muy baratos. Este modelo está vulnerando los derechos laborales de las personas inmigrantes.
¿Qué caso le impactó?
Un ejemplo: un grupo de trabajadores de un invernadero que tienen que organizar los traslados al hospital cuando alguien se desvanece por el calor. Las empresas no llaman a las ambulancias, los dejan ahí y son los trabajadores los que tienen que organizar el transporte. Esto es parte de este racismo que estamos hablando. En el campo los trabajadores son desechables. Sienten que, si muere uno, viene otro y la rueda sigue girando. Hay una actitud empresarial racista frente a los trabajadores inmigrantes.
¿Cómo influyen las narrativas de deshumanización de los inmigrantes que circulan por las redes sociales?
El crecimiento de los movimientos de ultraderecha, como Vox en España, está creando las condiciones para mayor explotación laboral y para mayor sufrimiento social al calor. Porque en paralelo al aumento de las temperaturas aumenta el miedo de las personas inmigrantes a organizarse para reclamar condiciones mínimas de trabajo. Por lo tanto, el clima racista que está creciendo en España y en Europa es parte de esta situación de explotación laboral, de más padecimiento del calor y del miedo.
¿Qué están haciendo los sindicatos para proteger a los trabajadores?
Hay diferentes estrategias a nivel europeo. Hay una propuesta que viene del movimiento obrero para una directiva sobre las temperaturas extremas. Después hay iniciativas puntuales. El Sindicato Internacional de los Trabajadores de la Construcción y de la Madera tiene, por ejemplo, una campaña que se llama “Hace demasiado calor para trabajar” que está visibilizando esta problemática. Son avances, pero lamentablemente los conflictos siguen ocurriendo en los lugares de trabajo. El calor es cada vez más extremo y los trabajadores tienen que luchar por medidas básicas como acceso a pausas, al agua o a ropa adecuada.
El calor en el trabajo impacta las 24 horas, no sólo en el campo. Esto suele estar invisibilizado.
Exacto. Un ejemplo: en Almería, muchas personas no tienen coche para ir al trabajo. Así que van en bicicleta o en autobús. Esto significa que cuando llegan al trabajo ya están muy cansados por el calor. También impacta la cuestión de la vivienda. Muchas personas no tienen acceso a hogares con climatización, lo que empeora la exposición al calor y el riesgo de enfermedades.
El trabajador migrante que trabaja en Almería a 40 ºC produce alimentos que España, huerta de Europa, exporta a todo el mundo. ¿Nuestras elecciones de compra influyen en esta problemática?
Sí, todos somos parte de este sistema. Por eso es importante educar a las personas sobre las cadenas de suministro y sobre cómo, de algún modo, contribuimos a esta precariedad laboral consumiendo las verduras y las frutas que se producen en estas condiciones laborales en España. Tenemos la responsabilidad de usar nuestra posición como consumidores para que estás prácticas no se sigan reproduciendo. No se trata de culpabilizar, sino de entender el enorme poder que tenemos a la hora de elegir un producto en un supermercado.

