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Rey de los villancicos, símbolo de refugio, calor y protección, imagen de compromiso y humildad. El asno disfruta en Navidad, desde su lugar privilegiado en el pesebre, del buen nombre que se le niega el resto del año. Y no es solo gracias a la versión de Bisbal de El burrito sabanero. Sin embargo, el asno (Equus africanus) y su pariente doméstico (Equus africanus asinus) cargan históricamente con muchos estereotipos negativos; son vistos como seres tercos y tontos, como meras herramientas de carga de estatus inferior a sus primos los caballos. Nada más lejos de la realidad: el burro es un ejemplo de resistencia en los límites de la vida y un animal inteligente que nos ha acompañado desde los inicios de la sociedad domesticada.
Todo empieza en África. Allí, en las fronteras de los desiertos pedregosos y de las zonas semiáridas de lo que hoy es Eritrea, Etiopía, Somalia y Yibuti, el asno salvaje aprendió a sobrevivir a base de plantas resecas y sin apenas acceso a agua líquida. Para ello, este animal de cuerpo esbelto, patas largas y fuertes y un pelaje corto de tonos claros que refleja el sol del desierto, escogió un camino diferente al del resto de équidos. En lugar de vivir en manadas como los caballos o las cebras, los burros viven en soledad. Eso no significa que hayan perdido su sentido social, ya que los machos dominantes permiten la entrada puntual de otros asnos en su territorio y, además, los ejemplares de la especie son capaces de comunicarse en la distancia gracias a rebuznos potentes, audibles a varios kilómetros.
Además, el burro hizo de la prudencia su estilo de vida. Riesgos, los mínimos. Esto le ha valido su fama de tozudo, cuando en realidad, si un asno se niega a avanzar por donde un ser humano quiere que avance, es probablemente porque percibe algún peligro. A pesar de todo, sus técnicas y su adaptación física no le han servido para esquivar el riesgo de extinción: hoy solo quedan unos pocos cientos de individuos salvajes en la naturaleza en los países del Cuerno de África.
Sin embargo, el futuro de la especie está a salvo (por ahora) gracias a otro camino escogido hace al menos 9.000 años, el de la domesticación. El burro doméstico (Equus africanus asinus) fue uno de los primeros animales salvajes en aceptar la convivencia con el ser humano. El proceso, como siempre en estos casos, dejó beneficios en ambos lados. El Homo sapiens ganaba un compañero de trabajo fuerte y resistente. El asno, alimento y protección (y, aunque seguro que le importa poco, un lugar destacado en la historia y la tradición humanas).
Los burros estuvieron en el Antiguo Egipto y en la Grecia Clásica. Conquistaron el Viejo Mundo con los romanos y llegaron a América de la mano de los españoles. Hoy, muchas de las razas particulares que fueron surgiendo a nivel local como los pequeños burros de Cerdeña, que no superan los 90 centímetros de altura, o los burros zamorano-leoneses y catalanes, que superan los 160, también están en peligro. De hecho, la población europea de burros ha pasado de dos millones a medio millón en solo tres décadas. A nivel mundial, sin embargo, el estado de la especie es bueno, con cerca de 44 millones de individuos.
Salvaje o doméstico, en peligro de extinción o a salvo en el pesebre, ha llegado su momento de gloria: la Navidad. Y es curioso, porque el burro se coló en la tradición cristiana desde fuera. Los evangelios que originalmente hablan del nacimiento de Jesús no hacen referencia a ningún asno a su alrededor, pero este animal estaba tan presente en las sociedades humanas, su arte y su cultura (antes y después del cristianismo), que pronto pasó a ser un elemento irrenunciable en belenes y villancicos. Porque su historia, como la nuestra, está hecha de remiendos. Rin, rin.




