Asfixiados: cómo los pequeños ganaderos se ven acorralados por grandes corporaciones en toda Europa

Este 1 de mayo entra en vigor de manera provisional el acuerdo entre la UE y Mercosur. Decenas de pequeños agricultores y ganaderos entrevistados en España, Italia y Polonia describen la creciente presión de la industria y un futuro cada vez más incierto, marcado por el encarecimiento de los insumos y los bajos precios de venta.
Asfixiados: cómo los pequeños ganaderos se ven acorralados por grandes corporaciones en toda Europa
Ana Andreu en su granja en Allueva, un pueblo de la provincia de Teruel. Foto: Laura Villadiego.

Manuel ha pasado prácticamente toda su vida en una granja de cerdos. De familia ganadera, empezó a trabajar en el negocio familiar antes de cumplir la veintena, cuando aún era habitual que se criaran sólo unos pocos animales para vender en las zonas rurales. «Hace muchos años se podía sobrevivir con menos de 200 cerdas. Ahora el mínimo son 600», afirma. Hoy, con casi 50 años, esa realidad ha desaparecido. Manuel es uno de los pocos ganaderos que ha logrado mantenerse de forma independiente en un sector donde un puñado de empresas domina la producción y controla toda la cadena, desde el pienso hasta los medicamentos veterinarios, dejando a los pequeños ganaderos como él con escasas posibilidades de subsistir. «Ya no quedan muchos ganaderos independientes como yo en España. Ahora, todo está controlado por unas pocas empresas, y son ellas las que fijan los precios», se lamenta.

La Unión Europea se ha convertido en el segundo mayor productor mundial de carne, sólo después de China. Pero para llegar al podio global, Europa ha construido una industria centrada en la eficiencia que asfixia a los pequeños ganaderos. «No se puede sobrevivir fuera del sistema (industrial)», afirma Eloy Ureña, otro ganadero español que gestiona una pequeña granja avícola. Muchos temen que el tratado de libre comercio con los países de Mercosur (Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay), que Europa empezará a aplicar provisionalmente este 1 de mayo, sea la estocada final. «El Mercosur seguro que beneficiará a alguien, pero no va a ser a los pequeños agricultores y ganaderos», se queja Ureña, quien es además responsable del sector avícola en UAGA-COAG.

Según datos de Eurostat, la UE perdió 5,3 millones de explotaciones entre 2005 y 2020, con un descenso del 44% en las pequeñas explotaciones, pero un aumento del 56% en las grandes explotaciones –aquellas que tienen una producción superior a los 250.000€–, según cálculos de Greenpeace. En el caso del sector ganadero, hay más de 24.000 macrogranjas operativas en toda Europa, principalmente en la producción de carne de cerdo y aves de corral. Aunque no existe una definición legal estricta de macrogranja, se suelen incluir en esta categoría las instalaciones de ganadería intensiva que, por su tamaño, tienen que declarar emisiones –a partir de 2.000 cerdos y de 40.000 aves–.

España es uno de los ejemplos más notables de concentración en el sector ganadero europeo, debido en gran medida a su sistema de integración, por el que las grandes empresas controlan prácticamente todas las fases de la producción: son propietarias de los animales, producen el pienso, gestionan la atención veterinaria y comercializan la carne. Los ganaderos suelen aportar las instalaciones y la mano de obra, recibiendo un pago por cerdo engordado o por ciclo de producción.

Pero Manuel y Eloy no son los únicos en Europa asfixiados por la concentración empresarial. Una investigación de AGtivist, basada en decenas de entrevistas en Italia, Polonia y España, revela una tendencia común: el avance de grandes corporaciones deja a los pequeños productores con escaso control sobre su trabajo y los precios que reciben.

«Existe una clara tendencia a la americanización hacia explotaciones agrícolas más grandes e industrializadas. Lo que antes se consideraba una gran explotación ahora se clasifica como mediana-pequeña, ya que las grandes explotaciones siguen expandiéndose tanto en superficie como en cantidad de animales», afirma Filippo Boffelli, un pequeño ganadero italiano. «Antes, los agricultores locales eran el corazón de este negocio. Era nuestra identidad, nuestra educación, parte de nuestra tradición», añade un avicultor del centro de Polonia que prefiere permanecer en el anonimato. En España, aunque la ley limita el número de animales por granja, es habitual que un mismo promotor levante varias explotaciones próximas, intensificando la concentración en un mismo territorio. 

Los expertos señalan la legislación como un factor clave de esta concentración. Desde la reforma de 1992, la Política Agrícola Común (PAC) ha favorecido la concentración de la tierra al vincular la mayor parte de las ayudas al número de hectáreas explotadas. La misma Unión Europea estima que el 80% de los fondos se destinan al 20% de las explotaciones más grandes. «La PAC ha sido el principal motor de la desigualdad en el campo», afirma Cristóbal Cano, secretario general de la Unión de Pequeños Agricultores (UPA). «Ha canalizado las subvenciones hacia las grandes fincas a expensas de los pequeños y medianos productores», añade.

Varios estudios señalan, además, que la ganadería es el sector más beneficiado por la PAC. El más reciente, publicado en febrero por la organización FoodRise, estima que el sector cárnico concentra el 43% de los fondos, seguido del lácteo, con un 32%. En parte, esto responde a las grandes superficies asociadas a la ganadería extensiva, pero también a que una parte significativa de los cultivos subvencionados se destina a la producción de piensos. De este modo, aunque las explotaciones de porcino y avicultura ocupan menos superficie, la organización calcula que se benefician indirectamente del 9 y el 4% de las ayudas, respectivamente, frente al 16% vinculado a la producción de carne de vacuno.

Burocracia imposible para los pequeños

Los agricultores entrevistados también se quejan de que Bruselas ha aumentado los requisitos para mejorar la seguridad y reducir el impacto ambiental de las explotaciones, sin distinguir entre grandes y pequeñas explotaciones. «La burocracia supone un reto importante. Estamos obligados a cumplir las mismas normativas que las grandes empresas, lo que a menudo resulta imposible para las pequeñas explotaciones», protesta Luca Quirini, un pequeño ganadero italiano. «Los objetivos de la PAC son, en cierto modo, contradictorios, porque por un lado impulsan la producción intensiva, pero por otro exigen la implementación de medidas ecológicas», agrega Giulia Gouet, responsable de incidencia política de Slow Food EU. 

El bienestar animal también se ve a menudo como otro factor que propicia la consolidación. «El bienestar animal es nuestra máxima prioridad, ya que convivimos estrechamente con nuestros animales. Sin embargo, las normativas suelen estar diseñadas para entornos industriales, no para nuestro contexto», afirma Quirini. «Las medidas están pensadas para quienes crían ganado en instalaciones de hormigón», añade Tiziana Sfriso, presidenta de la asociación comercial italiana Confagricoltura Donna Parma, refiriéndose a requisitos como las distancias entre instalaciones, que son más difíciles de cumplir en explotaciones ubicadas en zonas naturales. 

La Unión Europea ha reconocido esta situación. El último informe sobre perspectivas agrícolas de la UE (2025-2035) afirma que «la viabilidad económica general de las explotaciones sigue estando estrechamente ligada a su tamaño». En 2019, la Unión Europea adoptó una directiva para proteger a los agricultores de las prácticas comerciales desleales derivadas de los marcados desequilibrios entre pequeños y grandes productores. La reforma más reciente de la PAC para el periodo 2023-2027 también introdujo pagos redistributivos, exigiendo que al menos el 10% de las subvenciones directas se destinen a las pequeñas y medianas explotaciones. Sin embargo, la eurodiputada neerlandesa de izquierda Anja Hazekamp afirma que estas medidas «no han mejorado suficientemente la distribución de las subvenciones agrícolas».

El futuro se presenta aún más sombrío a la luz de los nuevos acuerdos de libre comercio que está firmando la Unión Europea. Aunque el del Mercosur es el más preocupante, no es el único. Recientemente Bruselas ha firmado un acuerdo con India, que está pendiente de ratificación, mientras que un tratado similar con Indonesia probablemente entre en vigor en 2027. «No podemos competir con ellos. Somos menos competitivos porque aquí tenemos regulaciones que ellos no cumplen. Pueden producir más barato», afirma Manuel, refiriéndose al Mercosur. 

En este caso, las protestas contra el acuerdo con Mercosur no han tenido el mismo impacto que las movilizaciones agrarias de principios de 2024, previas a las elecciones europeas, que llenaron las calles de varias ciudades y contribuyeron a desactivar parte del Pacto Verde Europeo y a frenar medidas medioambientales de la PAC. Sin embargo, una investigación reciente apunta a que fueron las grandes organizaciones agrarias las que, a puerta cerrada, marcaron la agenda ante las instituciones europeas, poniendo el foco en las exigencias medioambientales y relegando otras reivindicaciones clave para los pequeños productores, como las condiciones y los precios de mercado.

«No tenemos otra opción«

Las grandes corporaciones se han expandido por el campo europeo ofreciendo incentivos a los ganaderos y atándolos a contratos de integración muy difíciles de romper, explica Manuel. «La rentabilidad por animal es muy baja ahora. Si no tienes una granja grande, dependes de una empresa más grande que negocia con los supermercados», explica el ganadero.

Una parte importante de esta estrategia es que las grandes empresas controlan infraestructuras clave, como los mataderos, y tienen contratos de exclusividad con los supermercados o incluso gestionan sus propias cadenas minoristas. «Las grandes empresas controlan muchas etapas de la cadena de producción. Son nuestros compradores y dictan los precios. Si nuestros precios son demasiado altos, llamarán a otras puertas», afirma un productor de pollos de Polonia.

Eloy Ureña también preferiría seguir siendo independiente, pero la presión es demasiado grande. «De 5.000 granjas avícolas en España, quizás diez no están integradas», comenta. «En el sector del huevo, apenas hay integración, y no la queremos. Porque no hay nada como vender tu propio producto cerca de casa. Pero en el caso de la carne, no tenemos otra opción», explica. La mayoría de los agricultores entrevistados afirman que una de las principales razones para aceptar contratos con grandes empresas es la alta volatilidad de los precios, tanto de las materias primas como de la energía, así como los precios que reciben en los mercados. «La gente no soporta las fluctuaciones de precios, así que se han unido a las grandes corporaciones. Pagan una tarifa fija por cerdo y saben exactamente cuánto van a ganar», explica Manuel. «Si estás integrado, sabes cuánto te van a pagar; esa tranquilidad no tiene precio. Pero pierdes libertad», añade Eloy.

Sin embargo, esta estabilidad tiene un precio: el silencio. «No puedo protestar abiertamente, y muchos otros tampoco. Formamos parte de ese sistema», afirma el avicultor polaco. Aunque no esté integrado, Manuel también teme que hablar de las grandes empresas pueda acarrearle problemas y ha pedido que se cambie su nombre. «Ya no veo mucha oposición a la hegemonía de los grandes actores. De alguna manera, es demasiado tarde para eso», añade Anna Spurek, directora ejecutiva del Instituto Green REV, una organización polaca que apoya el desarrollo de regulaciones alimentarias sostenibles y saludables. «Tienen clientes poderosos y no quieren oponerse abiertamente a ellos. De alguna manera, aprendieron a aceptar esa situación».

Ana Andreu, sin embargo, no se sintó tentada en ningún momento a unirse a ninguna gran corporación cuando cumplió su sueño de abrir una pequeña granja de gallinas ponedoras hace 5 años. «Me han ofrecido integradoras absorberme y que yo dependa de ellos, pero no he querido», explica desde su granja en Allueva, un pueblo de la provincia de Teruel en el que ahora mismo solo vive permanentemente ella con su hijo. Con sus 1.000 gallinas, produce unos 800 huevos diarios en los periodos de máxima producción, que vende a restaurantes de la zona, tiendas en Zaragoza y clientes particulares que «pagan la frescura» y saber de dónde procede el huevo y las condiciones en las que ha sido producido, explica. 

Andreu sabe que su vida sería probablemente más tranquila si estuviera con una integradora. Ahora cada día tiene que levantarse temprano para alimentar a las gallinas y esperar a que pongan los huevos antes de abrirles las compuertas para que puedan pasar el día al aire libre. Luego mete los huevos en cartones, los etiqueta para que cumplan con la legislación vigente y se los lleva a sus clientes. Cada semana recorre más de 1.400 kilómetros repartiendo, asegura. «Hago yo todo y trabajo muchas horas». Pero lo peor es la inestabilidad de la producción cuando quieres respetar los ciclos naturales de las gallinas. «La producción nunca es la misma. Nunca  sabes  cuántos  huevos van a poner las gallinas ni de qué tamaño», afirma. Eso a veces le hace perder clientes que no siempre entienden que el producto no puede estar estandarizado como el de una gran corporación. «Yo siempre les voy informando pero no todos lo entienden», se lamenta. 

Desde los campos de cereales

El control no comienza en las granjas de animales, sino en los campos de cereales que luego serán esenciales para la producción de piensos. Allí, las grandes empresas cárnicas, junto con las empresas comercializadoras de materias primas, también controlan los precios, se quejan los agricultores. «Es un mercado completamente bajo el control de las grandes multinacionales», se lamenta Esther Latorre, agricultora de cereales de la misma región que Manuel y Eloy. “Durante años, los precios de los cereales han bajado continuamente, mientras que los costes de producción han aumentado”, continúa. “Pero los agricultores poco pueden hacer al respecto. Porque no se pueden vender 40 toneladas de cereal en un mercado local”, afirma.

En esta situación, existe un sentimiento agridulce sobre el futuro entre los agricultores entrevistados. Sin embargo, varios expertos señalan que, sin una reforma de la PAC, los pequeños agricultores no serán los únicos que no podrán sobrevivir. «La tierra es una salvaguarda de múltiples bienes públicos –la biodiversidad, las economías locales, el patrimonio gastronómico cultural– y no solo una mercancía para aumentar la producción», afirma Giulia Gouet, de Sloow Food EU. «Para 2030, la UE debería aspirar a un panorama agrícola diverso, que opere como parte de sistemas alimentarios locales, justos y resilientes», añade.

No obstante, las subvenciones de la PAC podrían resultar insuficientes si no cambia el funcionamiento estructural del sector. «En la planificación territorial, las políticas deben ofrecer los incentivos adecuados para garantizar la preservación o mejora de ese paisaje diverso», declara Alejandro Guarin, responsable de Benchmarks and Insights de la World Benchmarking Alliance. «Pero no creo que ningún incentivo económico vaya a lograr que la gente se dedique a la agricultura si la economía no resulta rentable».

«Quiero creer que aún tenemos futuro», concluye Manuel. «Pero la realidad es que cada vez hay menos jóvenes en las zonas rurales. Y con toda la presión a la que nos enfrentamos, no parece probable que esto vaya a cambiar». 

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  1. EL DERECHO A RETORNAR A LAS TIERRAS ASCENTRALES.
    Detrás de cada victoria legal está la historia de personas que se negaron a rendirse.
    Durante años, tres comunidades indígenas en Paraguay, los Yakye Axa, los Sawhoyamaxa y los Xákmok Kásek, habían luchado por su derecho a regresar a sus tierras ancestrales. La Corte Interamericana de Derechos Humanos falló a su favor. Pero una decisión judicial no fue suficiente.
    En 2017, Land Rights Now apoyó a Tierraviva y Oxfam en Paraguay como parte de una campaña de recolección de firmas para exigir que el Congreso actuara. Más de 12.000 personas firmaron y el Congreso aprobó la ley.
    El estado ha asignado más de 12.000 hectáreas de terreno a la comunidad.
    ——————————–
    En 2018, una red de más de 30 organizaciones liberianas tenía una demanda clara: el presidente George Weah debía firmar la Ley de Derechos sobre la Tierra Comunitaria.
    Land Rights Now les apoyó. Simpatizantes de todo el mundo alzaron la voz, mediante peticiones, mensajes y presión pública en solidaridad con las comunidades liberianas cuyas tierras habían pasado mucho tiempo sin ser reconocidas por el Estado.
    Ese mismo año, el senado de Liberia aprobó la Ley de Derechos sobre la Tierra a favor de las comunidades.
    Detrás de cada victoria legal está la historia de personas que se negaron a rendirse.

  2. ¡ES EL CAPITALISMO, ESTUPIDO!
    No solo los ganaderos se ven acorralados.
    A los ‘lobbies’ empresariales también les estorban las aves.
    La Comisión Europea realizará un “Stress Test” (prueba de resistencia) de las Directivas de Aves y Hábitats con el que pretenden justificar que se “simplifiquen” ambas directivas.
    Ecologistas en Acción advierte de que este procedimiento oculta un nuevo intento de la derecha europea de “desregulación” de la normativa de protección de la naturaleza para el beneficio de las grandes corporaciones y promotores.
    Desde la campaña europea Hands Off Nature, en la que participa Ecologistas en Acción, se anima a la ciudadanía a que muestre su oposición participando en una recogida de firmas que ya sobrepasa los 431.000 apoyos.
    ¿Por qué es importante?
    La naturaleza en toda Europa está desapareciendo ante nuestros ojos. Y la situación está a punto de empeorar.

    Más del 80 % de los hábitats ya se encuentran en mal estado, lo que empuja a los ecosistemas y a la vida que estos sustentan hacia el colapso.
    Las aves están desapareciendo de nuestros cielos, y los espacios naturales de los que dependemos se están reduciendo más rápido que nunca.
    Durante décadas, las Directivas de Aves y de Hábitats han sido nuestra defensa más sólida. Protegen miles de especies y hábitats y constituyen la base de la Red Natura 2000, la mayor red de áreas protegidas del mundo.
    Estas leyes protegen no solo la vida silvestre, sino también el aire limpio que respiramos, el agua que bebemos y la estabilidad de nuestro clima.
    Ahora, están siendo atacadas. Algunos países y poderosos sectores industriales destructivos, junto con sus aliados políticos, quieren debilitar estas protecciones vitales, poniendo a la naturaleza en un riesgo aún mayor justo cuando lo que necesita es un apoyo más firme.
    Mi salud y la naturaleza no están en venta.
    Firma ahora para proteger nuestra naturaleza, nuestra vida silvestre y nuestro futuro.
    Las poderosas industrias contaminantes y sus aliados políticos están desmantelando la legislación ambiental europea y cambiando nuestra salud y nuestro futuro por beneficios y poder.
    Estos ataques temerarios amenazan el agua potable, los alimentos seguros, el aire puro y la naturaleza sana. Alimentan una contaminación vinculada al cáncer, las enfermedades respiratorias y otros graves riesgos para la salud, y todo ello se decide a puerta cerrada y sin nuestro consentimiento.
    Exigimos a nuestros dirigentes europeos que defiendan las leyes que protegen a las personas y a la naturaleza, y no que se dobleguen ante quienes contaminan y los intereses creados.
    Porque, cuando se debilitan las protecciones de la naturaleza, todos pagamos el precio, incluidos nuestros hijos y las generaciones futuras.
    Hay que elegir: la salud de 450 millones de europeos frente a las ganancias a corto plazo de unos pocos.
    https://www.ecologistasenaccion.org/357780/mi-salud-y-la-naturaleza-no-estan-en-venta/

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