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A fecha de hoy, la palabra decrecimiento es confusa para muchos, genera rechazo para bastantes y puede ser engañoso para algunos. Me parece, por tanto, necesario intentar explicar lo que quiere decir y sobre todo lo que no quiere decir. El principal problema con el decrecimiento es que genera una reacción emocional negativa al considerarse como un sacrificio, una manera de empeorar y de prescindir de algo que tenemos. Esa es la reacción más común en la sociedad cuando escucha el término por primera vez y las primeras preguntas que surgen suelen ser: ¿Decrecimiento de qué? ¿Y por qué? ¿Cómo puede ser que no crecer ayude a alguien? ¿Está todo el mundo convencido de que no ha de crecer, desarrollarse, mejorar? Incluso, quienes defienden el decrecimiento en el ámbito académico, lo ven como una palabra negativa, destructiva o disruptiva que desafía la creencia arraigada de que «el crecimiento es bueno».
Es interesante observar las diferentes reacciones al término por parte de sectores y grupos sociales diferentes. Por un lado, es obvio que para un número cada vez mayor de personas, el crecimiento perpetuo no es posible en un planeta finito y, por tanto, el decrecimiento parece intuitivamente correcto como respuesta a la crisis ecológica. Pero en cualquier caso, el término en sí ha sido y será útil ya que desafía y trastoca las suposiciones de cómo debería funcionar la economía, al cuestionar algo que generalmente se da por sentado: el crecimiento es natural y bueno.
En muchos casos, las reacciones iniciales negativas dan paso a preguntas del estilo: ¿realmente necesitan los países de altos ingresos más crecimiento?, o preguntarse si quizás podamos prosperar con menos producción y menos consumo; e incluso hay quienes se preguntan ¿qué evidencias hay de que el decrecimiento sea la solución? Un hecho que debemos resaltar es que la palabra «crecimiento» frecuentemente se utiliza para ocultar el proceso de acumulación y explotación de los seres humanos y los recursos naturales por parte de las élites, lo que obviamente hace que la palabra «decrecimiento» sea de la máxima relevancia. Es básico reconocer que la palabra «crecimiento» se ha convertido en una especie de término propagandístico. Pero en realidad, lo que está ocurriendo es un proceso de acumulación por parte de las élites, la mercantilización de los bienes comunes y la apropiación del trabajo humano y los recursos naturales, un proceso que a menudo tiene un carácter marcadamente colonialista.
El crecimiento suena natural y positivo (¿quién podría estar en contra del crecimiento?), por lo que la gente se convence fácilmente en aceptarlo y respaldar políticas que lo generen. Sin embargo, la palabra «decrecimiento» es poderosa y eficaz porque identifica esa falacia y la rechaza. Es fundamental explicar que el decrecimiento exige revertir los procesos que hasta ahora han subyacido en la sociedad actual capitalista y por tanto exigir la desacumulación, desmercantilización y descolonización de la riqueza.
Una pregunta que a menudo me hago es ¿por qué no usar otro término menos negativo? De hecho, existen algunos términos alternativos que evitan la resistencia que genera el decrecimiento. «Poscrecimiento» y «economía del bienestar» son los dos más habituales. «Poscrecimiento» es un término menos provocativo, utilizado a menudo por los decrecentistas en el ámbito empresarial y gubernamental. La razón es clara: sabemos que el término «decrecimiento» no es bien recibido por muchas agencias gubernamentales establecidas. Por tanto, es una actitud inteligente y progresista ser flexibles al comunicar estas ideas para que sean escuchadas y aceptadas por la gran mayoría de la sociedad y de los sectores económicos.
La economía del bienestar, por otro lado, capta a la perfección los aspectos positivos del decrecimiento, centrando la economía en el bienestar, en lugar del crecimiento. Es un término optimista al que prácticamente nadie puede oponerse; ¿quién estaría en contra del bienestar? Otra manera de ver el asunto es: ¿por qué usar un término? ¿Por qué no hablar directamente de los problemas y las soluciones? De hecho, ya empieza a haber muchos defensores del decrecimiento, que hablan de las ideas centrales y las recomendaciones políticas del decrecimiento, sin usar esta etiqueta. Tengo la impresión de que, a día de hoy, existen múltiples enfoques para hablar sobre las ideas del decrecimiento y en cambio no existe una fórmula mágica que funcione en todas las situaciones y sectores.
Para mí, intentar aclarar el término decrecimiento es en sí mismo parte del proceso de comunicación, no algo que lo obstaculice. La clave está en ser adaptable y adaptar la estrategia de comunicación al contexto, la audiencia y el propósito específicos. Por ejemplo, al conversar o debatir con conocidos o audiencias diversas, quizás sea muchos más fácil en lugar de empezar con «decrecimiento», hablar primero de crear un futuro más sostenible y equitativo. Ante activistas sociales o ecológicos, el término «decrecimiento» probablemente tendrá buena acogida y entonces lo que debemos profundizar es como abordar el decrecimiento. Para quienes se centran en el crecimiento económico, como economistas, empresarios o políticos, conviene evitar el término «decrecimiento» y centrarse en las prácticas asociadas, como la economía circular (durabilidad, reparabilidad), el compartir, la reducción de la publicidad, el enfoque local y comunitario, el bien común, la propiedad democrática, etc.
Posiblemente, y en aras del pragmatismo, no deberíamos perder más tiempo y esfuerzos en debatir si la palabra «decrecimiento» es buena o no. Lo que creo que deberíamos hacer es instar a la gente a conocer el significado profundo del decrecimiento, escuchar lo que dicen los decrecentistas, profundizar en el tema y entablar debates más profundos.
Este texto se publicó originalmente en Catalunya Plural. Temi Vives es biólogo, filósofo, profesor honorífico de la UB y Federalista de Izquierdas





NO CABEN MES COTXES, Ecologistes en Acció, La Ribera.
Quan caminem per la ciutat podem vore tots els carrers plens d’autos a una i altra banda, si queda algun buit és perquè hi ha algun gual de garatge. I a les hores punta els embussos són habituals en totes les entrades i eixides, encara que hi haja diversos carrils.
I és que abans cada família tenia un cotxe o menys i ara en tenen dos o més, i com cada cotxe necessita 4 metres i escaig per a aparcar i les cases tenen una façana d’uns 5 m doncs ja no caben. Si encara els podem col·locar és perquè hi ha parcs, places, escoles, etc. amb aparcaments perimetrals extra i edificis de pisos amb nombrosos aparcaments subterranis, fins i tot hi ha edificis sencers per als cotxes…
Estem xocant també amb l’espai físic de les nostres urbs, que òbviament és limitat, i no caben més cotxes, que ja ocupen el 70% de l’espai públic. Per això resulta cada vegada més complicat trobar un aparcament lliure i en el centre urbà és missió impossible. La congestió és tal que la velocitat mitjana en ciutat és de l’ordre dels 20 km/h, quasi com la d’una bicicleta.
I açò no s’arregla amb més carrils, cosa que ja han intentat en molts llocs i han fracassat perquè acaben omplint-se de nou, bàsicament perquè continua existint el coll de botella en les entrades i perquè a més facilitats augmenten els cotxes. Ni tampoc es pot resoldre amb els autos elèctrics, que ocupen el mateix espai i seguixen atibacant la ciutat.
Per tant ja no són sols la infinitat d’accidents que provoquen amb morts i ferits greus, la contaminació i més morts afegits, el calfament del clima i l’augment dels fenòmens climàtics extrems, l’espai que destruïxen i furten, les guerres pel petroli que originen, etc. Ara és que ja resulta físicament impossible introduir més cotxes en l’espai urbà.
Solucions? Doncs ja ho sabem, reduir tot el possible l’ús del cotxe, reservar-lo només per a l’imprescindible, com el treball i les urgències, acoblar-se per a viatjar junts quan siga possible, no comprar-ne tants cotxes, fomentar el peu, la bici i el transport públic, viatjar menys, consumir productes locals i de proximitat, etc. etc.
En última instància hem de pensar (quina cosa més difícil açò de reflexionar i pensar, sobretot quan estem saturats d’informació i publicitat esbiaixades o directament falses!) quin futur volem per als nostres fills i nets: una ciutat atibacada de cotxes, gris, bruta, contaminada i angoixant, on quasi no cabem les persones, o una altra amb voreres amples, plena d’arbres, saludable, neta i bonica?
Navidades hacia el desastre – por Xavier Aparici Gisbert.
Sin habernos aún desembarazado del “viernes negro”, un reclamo tramposo creado para incentivar compras compulsivas de gangas y baratijas, entramos en diciembre y sin solución de continuidad vamos de cabeza a las fiestas navideñas, cada vez más ajenos a cualquier proporcionalidad en el consumo, responsabilidad ante la contaminación y sobriedad ética en el uso de electricidad, la compra de artículos de adorno y regalo y nuestras prácticas culinarias.
La tradición de alumbrar la oscuridad del invierno se ha transformado en una desaforada competición de hiper-iluminación estética. Ciudades enteras, con sus Ayuntamientos al frente, compiten con las demás por tener más millones de luces LED encendidas justo durante unas semanas en las que la demanda energética para la calefacción ya tensa las redes y aumenta la quema de combustibles fósiles.
El punto más crítico medioambientalmente es la compra sin tino de fruslerías, adornos y juguetes de plástico -casi siempre fabricados, además, en el sur global en condiciones laborales precarias que horas o semanas después se desecharán sin la menor previsión ni condiciones de reciclaje. Particularmente, en el rito navideño de intercambiar dádivas, el «abrir» los regalos generará montañas de residuos inmediatos solo en envoltorios y los trastos de plástico que regalamos a las y los pequeños tardarán muchas décadas en degradarse.
También nuestras mesas navideñas se han convertido en ágapes de desproporción extraños a toda ética de la suficiencia. Consumimos productos alimenticios exóticos y de fuera de temporada, que requieren una logística de frío y transporte aéreo que produce una huella de carbono inmensa, y se cocina muy por encima de la capacidad de ingesta.
Y no es que no haya alternativas. Sobre todo quienes vivimos en el hemisferio norte, podríamos resignificar estas festividades en una celebración, que viene de la noche de los tiempos, despojada de presiones consumistas y reactualizada, que se basa en el solsticio de Invierno, los ciclos naturales, el retorno de la luz solar y la conexión comunitaria….
https://www.lacasademitia.es/articulo/firmas/navidades-desastre-xavier-aparici-gisbert/20251207234421182732.html