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Esta mañana me he despertado con un regalo muy especial en la puerta. Se levantaba unos treinta centímetros sobre las baldosas, ayudada por un soporte de hierro con remates encaracolados y, allí encajada, escondía las raíces en un tiesto de barro sin pintar carcomido por el tiempo. Sus ramas largas, llenas de pequeñas hojas verdes y un par de flores blancas aguantando la canícula, se estiraban hacia la luz como brazos que piden auxilio en un naufragio, y yo he pensado que ahora debía cuidar a una víctima, y que ese proceso tal vez me evocaría siempre el mal que la atrajo hacia mí, la causa primeva de una desgracia absorbente, irresoluble a corto plazo. La he mirado con rabia: ¿qué eres?, ¿un lirio? Respiraba, pero, por todo lo que representa, me dieron ganas de asfixiarla.
La historia comenzó hace varias semanas, cuando la vecina de al lado vendió su casa. Quien la ha comprado decidió enseguida transformarla en cuatro apartamentos turísticos, cuatro más a la suma de los muchos que inundan el barrio. A menudo, escucho el trasiego de maletas e idiomas felices; gentes vacacionando que, con su mera presencia, alzan los precios del alquiler y los bares; masifican unos espacios donde antaño podía contemplarse la belleza insólita de la historia no fotografiada; sustituyen las fruterías por tiendas de souvenirs, y contribuyen a la devastación del planeta.
Los lugareños oscilan entre el caduco ilusionismo que apunta al crecimiento económico, y las denuncias por la precariedad de los empleos creados y la expulsión de facto de los rincones propios. En el libro Desahuciadas, el autor y Premio Pulitzer Matthew Desmond explica cómo, si se marcha una persona de un territorio en el que ha construido vínculos, se destruye no sólo su vida, sino también la de la comunidad, pues desaparece la maraña de favores y afectos que alimentaba: ya no se turna contigo para llevar a los niños al colegio, ni te ofrece el ingrediente que olvidaste comprar para la cena. Como el punto que se suelta y arruina el jersey entero, la carencia de ese cuerpo desbarata todo el tejido vecinal.
La España de sol y playa, aquella que el desarrollismo franquista propulsó, como en tantas otras cuestiones, no ha hecho la Transición, pues seguimos dependiendo de un modelo depredador ya extendido hacia las ciudades de interior que en verano es más visible, a pesar de las lluvias torrenciales que asolan la costa mediterránea, de las temperaturas insufribles y los incendios frecuentes. Que convivan catástrofes desoladoras con el cóctel celebratorio en las manos de un guiri; la afluencia de pasajeros con los trenes cortados debido a las inundaciones; y la estupefaciente fiesta nocturna con la explotación a la que se ven sometidos muchos empleados de la hostelería nos informa de cuánto vivimos en la cortocircuitada alternancia entre hedonismo y desigualdad, totalmente normalizada.
Dentro de ese contexto, la palabra “récord” –que proviene de recordar, es decir, traer al corazón– va desprendiéndose de su sentido etimológico mientras más olvidamos: que el año pasado nuestro país alcanzó su cifra máxima de turistas extranjeros, 94 millones; que, también en 2024, se batió el récord en emisiones de gases de efecto invernadero; que se van agravando unos fenómenos meteorológicos extremos al mismo tiempo que muchos no (inmediatamente) afectados brindan, bailan, desvelan en redes la ubicación de paraísos naturales, pronto convertidos en escombreras.
Un estudio reciente ha demostrado que estar expuestos a desastres climáticos no acrecienta el grado de conciencia respecto a la crisis ecológica. Las mentes, por lo visto, no funcionan mediante estímulos epifánicos, ni aunque el agua nos llegue al cuello o las llamas del incendio forestal nos abrasen los ojos. Sospecho que tampoco muchos damnificados del turismo atarán los cabos que conectan su desdicha a esos forasteros que no sufren xenofobia, y después al sistema económico en general y su pésima gobernanza, faltándoles asimismo el corazón de la memoria con cada cifra que supera la anterior. Pero yo, aunque anhele profundamente borrar la impronta de las circunstancias, escapar a terrenos mentales ajenos a esta sacudida y refugiarme, por ejemplo, en los amores y la poesía, ya no podré, porque tengo en la puerta de casa un recuerdo que necesita ser regado para no morir, aunque quiera matarlo: ¿qué eres?, ¿un lirio?
Mi vecina se marchó con sus miles de euros en el bolsillo y, en la huida, fue donando cada una de las macetas de ese patio que, ahora, ningún visitante esporádico va a mantener florido. A mí me tocó la del soporte de hierro y las ramas tan extendidas que parecen estar pidiendo limosna, las huellas de una transacción bancaria que iza la bandera roja de peligro. Siento que he adoptado a una víctima, pero también una alerta. Es la única de mis plantas cuya especie desconozco, aunque su nombre lo he sabido desde el principio: “Recuérdalo tú y recuérdalo a otros” –entonaba Luis Cernuda. He tenido una corazonada.





Contra el plomo en la naturaleza, tu nombre.
A pesar de su prohibición en la gasolina, la pintura y las tuberías, cada año se liberan en el medio ambiente de la Unión Europea más de 44.000 toneladas de plomo que llegan de la caza, el tiro deportivo y la pesca.
¿Y qué está provocando todo este plomo?
❌ Un millón de aves muertas cada año por envenenamiento.
❌ El agua y el suelo de nuestros ecosistemas envenenados.
❌ La salud de las personas expuesta a un componente peligroso.
No podemos seguir tolerando que nuestro entorno se llene de un componente nocivo para la naturaleza y para nuestra salud. Estamos recogiendo firmas por toda Europa y el papel de España en esto es fundamental;
https://seoactua.org/peticion/stop-plomo?hash=6664525e5ae8fc66048ae965d6660d70&l=32312&mailerEmailCampaignId=72&mailerEmailCampaignType=newsletter&mailerEmailDeliveryId=dgTfmQoDAIqsAYmsA
«¡QUE SUBAN LOS ALQUILERES, COÑO!» EXIGEN LOS INMOBILIARIOS (Máximo Relti)
¿Por qué los alquileres suben incluso cuando los propietarios no lo quieren? ¿Quién gana y quién pierde cuando la vivienda se convierte en un negocio?
…Según la lógica capitalista, todo lo que pueda generar ganancia debe convertirse en mercancía. Esto incluye, naturalmente, cosas tan esenciales como el agua, la salud y, por supuesto, la vivienda. Es decir, una mercancía es cualquier cosa que se produce para ser vendida en el mercado, sin importar si cubre una necesidad humana o no. En otras palabras, no importa si alguien necesita un techo para vivir; lo que importa es cuánto puede pagar por él. Así, la vivienda deja de ser un derecho para convertirse en una oportunidad de negocio…
…Las inmobiliarias no están actuando como simples intermediarias. Son agentes activos que contribuyen a inflar artificialmente los precios»
La mercantilización de la vivienda no es un fenómeno nuevo. Ya un señor barbudo llamado Engels lo advertía en su análisis sobre las condiciones de vida de la clase trabajadora en el siglo XIX: cuando son los ricos que controlan el suelo y las casas, el resultado inevitable es el hacinamiento, la precariedad y el despojo para los más pobres.
Hoy, la situación no ha cambiado demasiado. Solo que ahora, en lugar de barrios obreros llenos de miseria, tenemos ciudades enteras convertidas en parques temáticos para turistas, pisos turísticos y bloques de apartamentos vacíos esperando a que el precio “suba lo suficiente”. Lo que antes se hacía con látigo y desahucio, ahora se hace con subidas de alquiler y contratos abusivos. Pero el resultado es el mismo: la expulsión de quienes no pueden pagar.
el Estado no es un árbitro neutral. Es en realidad, una herramienta al servicio de los intereses de clase dominantes. Y en este caso, su inacción beneficia claramente a quienes viven de rentas, de especular con el suelo y de convertir cada rincón de la ciudad en una oportunidad de negocio. No se trata, pues, solo de falta de vivienda pública: se trata de un modelo político que prioriza la propiedad sobre el uso, el lucro sobre el bienestar…
…Cuando alguien no puede pagar el alquiler y es expulsado de su barrio, no solo pierde un techo. Pierde, además, su historia personal, las redes de apoyo, pierde estabilidad emocional, pierde identidad. Se trata, ni más ni menos, que de una forma de alienación: cuando la sociedad produce cosas que terminan controlando y sometiendo a quienes las necesitan. En este caso, el producto es la vivienda, y su precio —determinado por un mercado insaciable— se convierte en una barrera que separa a la gente de lo más básico: un lugar donde vivir.
La historia demuestra que los cambios reales no vienen de la caridad, sino de la organización colectiva. Las luchas por el derecho a la vivienda —como las llevadas a cabo por los movimientos de inquilinos en Madrid, Barcelona o Buenos Aires— son un ejemplo de que es posible resistir.
Pero también muestran que la solución de fondo no pasa solo por regular el mercado, sino por cambiarlo de raíz. Hacer que la vivienda deje de ser una mercancía y vuelva a ser lo que nunca debió dejar de ser: un derecho humano fundamental.
https://canarias-semanal.org/art/38273/que-suban-los-alquileres-cono