Tu acción climática funciona mejor con un cambio colectivo

Combinar el consumo de más alimentos vegetales con la acción colectiva –como lograr que hospitales y escuelas sirvan más platos basados en plantas– puede hacer que tu acción climática individual sea mucho más efectiva, según revela una nueva investigación.
Tu acción climática funciona mejor con un cambio colectivo
Huerto urbano comunitario en Madrid. Foto: Diario de Madrid. Lic: CC-BY-4.0.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en Sentient. Lo republicamos en español como parte de la alianza periodística internacional Covering Climate Now.

Cuando se trata de abordar el cambio climático y la ganadería industrial, un debate de larga data continúa dividiendo a los defensores: ¿es mejor centrarse en los cambios dietéticos individuales o en exigir un cambio sistémico? Durante la última década aproximadamente, las organizaciones medioambientales y de bienestar animal han luchado por combinar el cambio de comportamiento individual con un impulso más amplio por la acción colectiva. ¿Es más efectivo instar a los consumidores a comer menos carne, o apuntar a las empresas de carne y productos lácteos para que transiten hacia alternativas vegetales? ¿Son más impactantes las decisiones de compra individuales o deberíamos priorizar los boicots y las campañas de presión a través del activismo de base?

Un nuevo informe del World Resources Institute (WRI) revela que ambas estrategias pueden –y de hecho deben– trabajar juntas. Para combatir el cambio climático, concluye el informe, el cambio colectivo y la acción individual requieren un esfuerzo conjunto.

“Esta investigación muestra que las personas realmente no pueden hacerlo solas”, explica Mindy Hernandez, una de las autoras del informe del WRI, a Sentient. “Necesitan ayuda para lograr las reducciones de emisiones muy significativas que son posibles”. En lugar de caer en la idea de que “las corporaciones deben hacer algo o nada importa”, los actores a nivel sistémico, específicamente las políticas y la industria, tienen un papel enorme que desempeñar. Al mismo tiempo, agrega Hernandez, “eso no le da a los individuos un pase libre”.

Los sorprendentes orígenes de la ‘huella de carbono personal’

La idea de una “huella de carbono personal” no proviene de científicos del clima ni de defensores medioambientales, sino que en realidad fue creada por las grandes petroleras como una forma de transferirnos la responsabilidad. En 2004, British Petroleum (BP) introdujo la calculadora de carbono, reformulando la crisis climática como una cuestión de responsabilidad individual. El mensaje era simple: No nos mires a nosotros. Mírate a ti mismo.

Todavía lidiamos con el legado de ese mensaje. Poco más de 20 años después, las emisiones globales continúan aumentando y, sin embargo, las conversaciones sobre alimentación y clima tienden a estar enmarcadas en términos de decisiones individuales, tanto las efectivas, como comer menos carne, como las no tan efectivas en cuanto a emisiones climáticas, como comprar productos locales, “amigables con el clima”, “regenerativos” u orgánicos.

Mientras tanto, la industria de la carne de res sigue emitiendo contaminantes, con poca voluntad política para abordar estas emisiones de manera significativa.

El impacto de la dieta en el planeta

Alrededor de un tercio de las emisiones globales de gases de efecto invernadero provienen de los alimentos, y la mayoría de esas emisiones están impulsadas por la carne, especialmente la de res. Según la investigación, los estadounidenses y otros países del norte global deben comer menos carne y pasar a dietas más centradas en lo vegetal. “Los alimentos de origen vegetal –como frutas y verduras, granos integrales, frijoles, guisantes, nueces y lentejas– generalmente utilizan menos energía, tierra y agua, y tienen menores intensidades de gases de efecto invernadero que los alimentos de origen animal”, según Naciones Unidas.

La investigación del WRI también concluye que “los cambios de comportamiento a favor del clima” son suficientes, potencialmente, para “teóricamente cancelar todas las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) que una persona promedio produce cada año –específicamente entre poblaciones de altos ingresos y altas emisiones–”. Uno de esos comportamientos cruciales para el clima, según el estudio, es reducir el consumo de carne y productos lácteos –especialmente carne de res y cordero–.

Los alimentos orgánicos o regenerativos tienen diversos méritos, pero estos no incluyen una reducción en las emisiones climáticas provenientes de la carne de res, ya que la ganadería orgánica y regenerativa requiere más tierra, y la tierra tiene un coste climático en emisiones. En última instancia, ninguna de estas acciones personales se acerca al impacto ambiental que supone alejarse del consumo de carne y otros productos de origen animal. “El veganismo total puede ahorrar casi una tonelada de CO2 al año, aproximadamente una sexta parte de las emisiones totales de un ciudadano global promedio. Pero incluso reducir el consumo de carne capta el 40% de ese impacto”, señala el informe.

Por qué el cambio individual no es suficiente

La investigación del WRI también plantea un argumento más amplio: centrarse únicamente en el comportamiento individual no es suficiente por sí solo. Sin un cambio sistémico, solo desbloqueamos una fracción –alrededor del 10%– de nuestro verdadero potencial de acción climática.

El otro 90%, según el WRI, “permanece bloqueado, dependiendo de los gobiernos, las empresas y nuestra propia acción colectiva para hacer que las elecciones sostenibles sean más accesibles para todos. (Un ejemplo: es mucho más fácil vivir sin coche si tu ciudad tiene un buen transporte público)”.

Consideremos a un estudiante que intenta reducir su impacto climático individual comiendo menos carne, sugiere Hernandez. Una acción sistémica que ese estudiante podría tomar sería abogar para que la escuela adopte los Lunes Sin Carne o el Cool Food Pledge del WRI, un programa que ayuda a las organizaciones a reducir el impacto climático de su oferta alimentaria al pasar a menús ricos en plantas.

“De repente, es realmente fácil para ese estudiante mantener su compromiso de comer menos carne”, dice Hernandez, y también disminuyen las emisiones colectivas del resto del alumnado.

La clave está en que la acción climática, tanto a nivel individual como sistémico, funcione en conjunto. “La presión sistémica crea condiciones habilitantes, pero los individuos deben cerrar el ciclo con nuestras decisiones diarias. Es una calle de doble sentido”, escriben los investigadores del WRI. “Los carriles bici necesitan ciclistas, las opciones vegetales necesitan personas que las consuman”. Y cuando más personas adoptan estos comportamientos, “enviamos señales de mercado críticas a las empresas y gobiernos, que responden con más inversión”.

Actuar en tiempos difíciles

Mientras la administración actual continúa desmantelando protecciones medioambientales, es un momento crucial tanto para la acción individual como colectiva, dice Lauren Ornelas, fundadora de la organización sin fines de lucro Food Empowerment Project, a Sentient. “No podemos decir ‘puedo confiar en que el gobierno aprobará regulaciones que sean buenas para el medio ambiente o para el bienestar animal’, o ‘puedo confiar en que mis legisladores harán esas cosas’. De alguna forma, depende de nosotros”, señala, “y este es el mejor momento para reconocer eso en todos los aspectos donde realmente tenemos poder”.

Para quienes se preocupan por los impactos del sistema alimentario, ese poder se encuentra en lo que elegimos comer. “Las decisiones alimentarias siempre empoderan”, dice Ornelas. También lo es participar en una acción colectiva más amplia, añade, “para asegurarnos de que unimos nuestras voces con otras para exigir un cambio”.

¿Y cómo puede verse esto en la práctica? “Concéntrate en una cosa que crees que puedes hacer en tu hogar”, dice Hernandez. “Y luego, piensa cuál es esa una cosa que puedes hacer a nivel sistémico”, como unirte a un grupo local de justicia medioambiental o alimentaria. Cambiar las dietas para alejarse del consumo de carne y lácteos puede no resolver por sí solo la crisis climática, pero comer menos carne puede ser una elección individual empoderadora que se vuelve mucho más potente cuando se acompaña de una acción colectiva.

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  1. Los alimentos cotidianos están contaminados por 130 plaguicidas, un 23% más que el año anterior.
    El 41 % de la fruta vendida en el Estado español está contaminada por algún plaguicida, según los últimos datos oficiales disponibles.
    De los 130 plaguicidas detectados, 60 no están permitidos por la UE.
    Hay contaminación múltiple por más de dos plaguicidas, con efecto en la salud desconocido, en el 24 % de las muestras analizadas, con casos extremos con 9 plaguicidas en una misma pieza.
    Los alimentos cotidianos están contaminados por 130 plaguicidas, un 23 % más que el año anterior, según los últimos datos disponibles del Programa de Control de Residuos de Plaguicidas de la Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN), analizados por Ecologistas en Acción en su informe “Directo a tus hormonas”.
    Entre los plaguicidas detectados, 60 son sustancias no autorizadas por la UE y 15 son candidatas a ser sustituidas porque tienen efectos cancerígenos, tóxicos para la reproducción, de disrupción endocrina o cumplen dos de las tres siguientes características: persistencia, bioacumulación y toxicidad.
    Además, 49 de los plaguicidas encontrados son disruptores endocrinos (EDC) que dañan al sistema hormonal y 15 son sustancias PFAS o “químicos para siempre”, tóxicos muy persistentes que se relacionan con graves problemas de salud.
    En porcentaje, el 37 % de los alimentos contenían residuos de plaguicidas, que sube al 41 % en el caso de frutas y verduras….

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