Ximena Rueda: «Necesitamos que el sector privado asuma su responsabilidad: todas las empresas dependen de la naturaleza»

La copresidenta de la última evaluación de la IPBES analiza las claves de un informe que pone bajo la lupa nuestra relación con la naturaleza y la destrucción de los ecosistemas que ha acompañado al desarrollo económico.
Ximena Rueda: «Necesitamos que el sector privado asuma su responsabilidad: todas las empresas dependen de la naturaleza»
Foto: Ximena Rueda en una imagen cedida.

La humanidad ha cambiado por completo en los últimos 200 años. De 1.000 millones de personas en el 1800 a más de 8.000 millones en la actualidad. De que casi uno de cada dos niños muriese antes de alcanzar la pubertad a que lo haga menos del 5%. De que una de cada 10 personas supiese leer y escribir a que la alfabetización básica llegue a casi el 90% de la población mundial. De un producto interior bruto (PIB) global de 1,6 billones de dólares a los 174 billones en 2024. Los datos positivos (extraídos de Our World in Data) son muchos. Pero hay una verdad innegable: buena parte de lo que hemos conseguido lo hemos hecho a costa de la naturaleza.

De acuerdo con el último informe de la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES, por sus siglas en inglés), publicado esta semana, este progreso ha venido acompañado de una pérdida inmensa de biodiversidad que ahora amenaza la estabilidad misma del sistema financiero mundial. Y es que la biosfera, el sistema formado por el conjunto de los seres vivos del planeta Tierra y sus interrelaciones con el medio, está en la base de todo lo que hacemos. De la regulación de nutrientes a la disponibilidad de agua dulce, no hay empresa que pueda sostenerse en el tiempo sin los servicios de la naturaleza. Aunque parezca que lo hayamos olvidado.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cuáles son las consecuencias de esta destrucción de la biodiversidad? Y, sobre todo, ¿qué podemos hacer las personas, los gobiernos o las empresas para revertir la situación? Ximena Rueda Fajardo, doctora en geografía, profesora de la Facultad de Administración de la Universidad de los Andes (Colombia) y copresidenta de la evaluación de la IPBES, intenta responder a estas preguntas, aportando luz sobre la posible salida al laberinto en el que nos hemos metido.

Una de las conclusiones principales del estudio es que el desarrollo económico de los últimos dos siglos se ha producido a costa de una pérdida inmensa de biodiversidad, hasta el punto de amenazar la estabilidad misma del sistema financiero mundial. ¿Cuánto margen tenemos para actuar?

Hay que actuar ya. Los sectores que dependen primariamente de la naturaleza ya enfrentan situaciones muy complejas, en las que se ven obligados a reemplazar de forma artificial los servicios que antes proveía la naturaleza, y lo tienen que hacer a un coste muy alto. Hace más de 10 años que identificamos la pérdida de biodiversidad como un riesgo sistémico.

Hay una reflexión, que no está en el informe, pero es importante. Frente al cambio climático, tenemos que adaptarnos, porque muchos de los cambios son ya irreversibles. Pero con la biodiversidad sucede una cosa muy bella: si los dejamos, los ecosistemas se recuperan y las especies regresan. La naturaleza nos da esa posibilidad de regeneración, nos dice que no todo está perdido.

¿Cuáles pueden ser las consecuencias de no cambiar de rumbo?

De forma más inmediata, se nos está haciendo muy costoso suplir los servicios que nos prestaba la biodiversidad y eso está incrementando los costes de producción en muchos sectores. Más a largo plazo, esta situación va a acabar poniendo en riesgo la viabilidad misma de las empresas y de sectores en su totalidad.

¿Puede poner algún ejemplo de cómo esta pérdida de servicios ecosistémicos está incrementando los costes para algunos sectores?

Pongamos las centrales de energía hidroeléctrica. Estos proyectos se hacen con una inversión elevada teniendo en cuenta que las presas y la generación de energía van a durar mucho tiempo, por ejemplo, 30 o 50 años. Sin embargo, la deforestación en las cuencas de los ríos aumenta la sedimentación, y la vida útil de las infraestructuras hidroeléctricas se acorta mucho, lo que significa que la inversión no se recupera de la manera en que se había estimado, y tenemos que crear fuentes alternativas de generación eléctrica. Como consecuencia, todos los impactos que por sí misma ya causaba la presa (modificación del curso del río, problemas con las comunidades locales, cambios en la vida silvestre) se van a reproducir en otros lugares.

¿Hasta qué punto podemos seguir creyendo que es posible seguir creciendo como hasta ahora, aunque sea por un camino diferente? ¿Tenemos que empezar a plantearnos el crecimiento en sí mismo?

El informe, más que cuestionar el crecimiento en sí mismo, recoge algo que ya aparecía en informes anteriores: una de las causas principales de la pérdida de biodiversidad es el crecimiento en el consumo de materiales. Tenemos unas economías que todos los días demandan más y más bienes materiales, bienes que se estropean y se tiran y que hay que reemplazar constantemente. La obsolescencia programada de la tecnología, la moda rápida… Son modelos de consumo en los que todo el tiempo necesitamos cosas nuevas.

La pregunta es cómo incentivamos una economía de la durabilidad y una economía en la que el crecimiento se desacople del consumo de materiales. Creo que podemos llegar a un sistema en el que todos vivamos mejor, donde se supere la pobreza y se satisfagan las condiciones básicas de vida de toda la población sin seguir demandando más y más bienes de la naturaleza.

El informe incide también en que todo lo que hacemos depende siempre, de alguna manera, de la biosfera. ¿Por qué nos hemos olvidado de esto?

Uno de los elementos que señala el informe, en particular para las empresas, es que hay un problema de precio. Si los bienes y los servicios que presta la naturaleza no están valorados adecuadamente, las empresas no los incorporan como costes. Si a ti el agua te sale gratis o si a ti la deforestación no te supone un problema, no lo tienes en cuenta. Solo reaccionamos en el momento en que la pérdida de esos servicios ecosistémicos se convierten en un riesgo real.

Más allá de los costes, ¿existe también un problema cultural, de valores?

Sí, las empresas, los gobiernos o las personas operamos en un sistema que promueve la pérdida de biodiversidad y esto tiene que ver con los valores de la sociedad, con la forma en que valoramos el éxito o el crecimiento económico. Si el éxito de una empresa solo se mide en el aumento de las ventas cada trimestre, ¿dónde dejamos espacio a la naturaleza para que se recupere a su ritmo? Parte de la solución pasa por cambiar la metodología de reporte de las empresas, que se midan resultados a más largo plazo, que se premien las inversiones a 20 o 30 años con una planificación diferente.

En los últimos años, el discurso político y corporativo ha empezado a cambiar, centrándose cada vez más en la sostenibilidad. Sin embargo, los datos del informe nos dicen otra cosa: las inversiones con impactos negativos en la naturaleza suman, a nivel global, 7,3 billones de dólares, mientras las destinadas a actividades en favor de su conservación y su restauración son de 220.000 millones. ¿Cómo hacer que las empresas emprendan realmente el camino para reducir su impacto en la naturaleza?

A corto plazo, en el contexto actual, las compañías pueden hacer mucho (y hay algunas que ya lo están haciendo). Pero a largo plazo el contexto tiene que cambiar, se tiene que convertir en un entorno habilitante en el que, por ejemplo, desaparezcan los incentivos perversos a actividades que son dañinas para la naturaleza.

¿Pero qué pueden hacer las empresas ahora mismo?

Hay dos maneras de actuar, sin importar el tamaño ni la localización de la empresa. Por un lado, entender mejor mi cadena de suministro, de dónde llegan mis bienes y servicios, mis materiales. Solamente hacerse esas preguntas es importante. Hay un caso muy comentado, de la industria del merchandising en Estados Unidos. En los años 90, los estudiantes de las universidades se empezaron a preguntar de dónde venían las camisetas o las gorras que compraban con el logo de su universidad. Las marcas no lo sabían. Desconocían dónde estaban las fábricas de sus proveedores y bajo qué condiciones se producían esas camisetas. Así que el primer paso es empezar a averiguar los impactos reales de nuestra actividad.

Por otro lado, hay que preguntarse dónde estamos gastando el dinero, porque es ahí donde vamos a poder actuar. Por ejemplo, pongamos que mi mayor gasto es en personal y que, entre otras cosas, tengo un fondo de pensiones para la plantilla. Ahí tenemos un punto en el que actuar, podemos hacer que esos fondos inviertan el dinero de manera más sostenible, en actividades que benefician a la naturaleza.

Las grandes empresas tienen mucho poder para cambiar las cosas, ¿pero por dónde podría empezar una empresa pequeña, una empresa que no tiene un departamento de sostenibilidad o que no tiene grandes recursos para dedicar a este tipo de cambios?

Todas las compañías, grandes o pequeñas, tienen una preocupación por sus grupos de interés, por sus trabajadores, por sus clientes o por sus proveedores. Y la mayoría ya desarrolla alguna actividad para beneficiar a esos grupos. Entonces, alrededor de eso que ya se está haciendo se puede construir el cambio, que no sean solamente actividades filantrópicas aisladas, sino que realmente sirvan para cambiar el negocio.

Hablaba antes de los incentivos perversos, de las dificultades de que las empresas hagan algo si el contexto no ayuda. ¿Qué señal está enviando Estados Unidos, ausente en la reunión de la IPBES, a las corporaciones?

Es una lástima que Estados Unidos esté abandonando todos los compromisos internacionales que había asumido en el pasado. Hasta la fecha había sido un actor muy importante. Sin embargo, estas últimas semanas nos han demostrado que el multilateralismo está vivo. 150 países han sido capaces de ponerse de acuerdo y dar un paso adelante, demostrando que podemos superar las diferencias y potenciar el trabajo de cada uno.

En este sentido, también es muy valioso que este informe reconozca que el sector público no puede impulsar el cambio necesario por sí mismo, necesitamos al sector privado, generando bienes y servicios, contratando gente, pagando impuestos. Necesitamos que el sector privado asuma su responsabilidad: todas las empresas dependen de la naturaleza. Es obvio que las empresas tienen el objetivo de lograr beneficios, pero, si se ponen también un objetivo superior de contribuir al mundo de otra manera, podemos recomponer la relación entre empresa y naturaleza.

El cambio de rumbo evidente de una economía tan grande como la estadounidense, ¿qué riesgos implica para frenar la destrucción de la biodiversidad?

Es una lástima perder un país con una capacidad técnica y de financiación tan grande. Desde mi experiencia personal, por ejemplo, los proyectos financiados por USAID fueron fundamentales para que Colombia pudiese transitar hacia un modelo de desarrollo alternativo. Es una pena que todo eso se pierda. Sin embargo, siento que tenemos la capacidad de llenar ese vacío, el resto de la sociedad se tiene que movilizar, no podemos depender de un solo país para que el cambio ocurra.

El informe no se queda solo en el diagnóstico, sino que propone vías de acción. Desde el punto de vista de los gobiernos, ¿cuáles deben ser las prioridades?

Redireccionar los subsidios públicos. Ahora mismo, hay grandes contradicciones: la política ambiental va por un lado y las políticas económicas van por otro. Necesitamos coherencia.

Otro campo de acción importante es redefinir las reglas que hasta ahora han permitido la destrucción de la naturaleza. Los gobiernos pueden fortalecer los marcos y dirigir a las empresas a través de la legislación y de los incentivos, conseguir que se pongan en valor las contribuciones positivas a la naturaleza.

Por último, es clave reforzar la capacidad de hacer cumplir las leyes y las normativas. Este es siempre un punto de mejora. Muchos países tienen las leyes, pero no son capaces de aplicarlas en los territorios concretos.

El informe recoge también el papel del sector financiero. ¿Cuáles deben ser sus prioridades?

Hoy por hoy, las decisiones de inversión tienden a subestimar el rol de la naturaleza en esas mismas inversiones. Por ejemplo, en el caso de las hidroeléctricas del que hablábamos antes, el sector financiero puede darle viabilidad a un proyecto que no tiene en cuenta las implicaciones y las dependencias medioambientales. Si se incorporasen, quizá la viabilidad financiera del proyecto cambiase. Creo que el sector debe hacer un esfuerzo por incorporar los costes de los servicios ecosistémicos en sus decisiones de inversión.

Otra vía de acción es la de los seguros. En este sentido, el sector ya se está moviendo, generando mecanismos más robustos de aseguramiento y demandando más información de actividades que, si son muy destructivas, se vuelven también muy difíciles de asegurar. El sector de los seguros puede trabajar para lograr que, de forma preventiva, las empresas reduzcan sus riesgos a través de contribuir a mejorar los ecosistemas en los que operan (y así puedan seguir siendo asegurables en el futuro).

El sector de los seguros es quizá uno de los sectores privados que mejor ha sabido reconocer este nuevo escenario de riesgos medioambientales. ¿Hay sectores económicos o industrias que estén más afectados que otros por esta pérdida de biodiversidad?

Cada uno tendrá que analizar sus dependencias y sus impactos, pero es cierto que hay sectores como el pesquero, el agrícola, el forestal o el energético en que la dependencia de la biodiversidad es completa. Otros pueden sentirse más lejos, pero es imposible dar con un solo sector que no dependa de alguna forma u otra de la naturaleza.

Estas industrias tan dependientes de la biodiversidad, ¿qué alternativas tienen? Hay empresas cuyo modelo de negocio está 100% ligado a la destrucción de la naturaleza.

Toda acción humana tiene un impacto. Tenemos que ser conscientes de eso. Algunas empresas de estos sectores han logrado eliminar algunos impactos, reducir otros y compensar los que no pueden evitar. Lo que nos muestra la evidencia científica es que actuar preventivamente es mucho más eficiente, tanto desde el punto de vista económico como desde el punto de vista de la naturaleza. Hay lugares o actividades con riesgos muy altos para la biodiversidad y es muy importante poder valorarlos antes de tomar las decisiones.

Por otro lado, todo este debate creo que nos debe llevar a repensar, como sociedad, qué tipo de crecimiento y de desarrollo queremos. ¿Cuántas cosas más necesitamos para tener una vida digna y feliz? ¿En cuántos metros cuadrados queremos habitar? ¿Cuántas viviendas queremos tener? Desde el consumo, hay mucho trabajo por hacer. Si la demanda cambia, las empresas tienen que cambiar. Si yo empiezo a pedir a las compañías que produzcan bienes que duren más, tendrán que producirlos. Como sociedad y como seres humanos tenemos que escoger el futuro que queremos y la manera en que queremos vivir.

Pero también es cierto que esa demanda la alimentan las empresas. Queremos pensar que las decisiones de consumo son 100% nuestras, pero no siempre es así.

Los consumidores tenemos que estar más educados y las empresas tienen un rol muy importante en esa educación y en proveer información transparente y creíble sobre sus impactos y sobre la efectividad de las medidas que están tomando. Es evidente que las estrategias empresariales, el marketing y la publicidad, contribuyen a formar unas expectativas en la sociedad e influyen en la demanda. Entre las soluciones que proponemos en el informe, hay muchas encaminadas a promover estilos de vida y modelos de negocio distintos.

Hemos hablado de gobiernos, de empresas, del sector financiero. ¿Qué papel nos queda a la sociedad civil?

Cuando hablamos de la sociedad civil, hablamos de las universidades y los centros educativos, de las ONG, de los pueblos indígenas y de las comunidades locales… Y de todos nosotros como ciudadanos. Cada uno tiene un rol muy importante que jugar. Hay mucho conocimiento que está en la sociedad civil y que necesitamos incorporar a la acción empresarial, es conocimiento que habla un lenguaje diferente al del conocimiento científico y técnico, pero que puede ser muy útil también para las empresas.

Además, todos tenemos la capacidad de pedir a las empresas y a los gobiernos que rindan cuentas, que publiquen información certera, veraz y creíble sobre dónde están desarrollando sus acciones, por qué están haciendo lo que hacen, a qué están respondiendo. Como sociedad, podemos hacer que realmente respondan y que cumplan con su rol para impulsar un sistema positivo para la naturaleza.

Por último, la sociedad civil también tiene el poder de hacer oír la voz de los más débiles. A veces, las comunidades más afectadas son las que tienen menos visibilidad, pero hay otras partes de la sociedad civil que tienen la capacidad de darles voz.

Lo de incorporar el conocimiento tradicional a la práctica empresarial es algo que se lleva repitiendo bastante tiempo. Pero ¿cómo lograrlo? ¿Cómo puede ser más beneficioso para una empresa trabajar con este conocimiento tradicional?

Las comunidades indígenas y locales también son partícipes de la economía, son dueños de empresas y proveedores de otras compañías, no solamente reciben los impactos negativos del sistema. Por ejemplo, hay modelos de negocios muy interesantes donde se comparte la propiedad. Creo que hay mucho por aprender.

Además, siempre se habla del conocimiento tradicional como si fuera una cosa del pasado, pero las comunidades también tienen conocimiento de hoy. Por ejemplo, los pueblos indígenas conocen la salud de los ecosistemas en los que viven mucho mejor que nadie y a veces tienen datos que son desconocidos para la ciencia o para las empresas. Creo que hay que trabajar para que ese conocimiento se comparta, siempre desde el respeto de los derechos y de los deseos de quienes tienen ese conocimiento.

El informe también señala que el 60% de las tierras indígenas está amenazado por la actividad industrial. ¿Cómo se puede lograr una colaboración respetuosa entre empresas y comunidades locales cuando de partida existe una asimetría tan grande de poder?

Y no solo de poder. Las tierras de las comunidades indígenas albergan la mayor biodiversidad del planeta porque han logrado mecanismos muy efectivos de conservación y de uso sostenible del territorio. Y, como tal, son la frontera hacia donde se está expandiendo la actividad industrial. El informe no nos da una guía específica sobre cómo resolver estas contradicciones, pero sí señala unos principios que tienen que ver con cómo hacen las empresas para respetar los derechos de estas comunidades y seguir los procedimientos que ya se han acordado, en muchos casos, en las legislaciones nacionales de cada país.

Y vuelvo a insistir en el tema de las inversiones. Creo que es clave pasar por un filtro las decisiones de inversión para solo escoger aquellas en donde se minimicen los riesgos, porque es mucho más fácil y barato actuar antes que hacerlo cuando ya se ha hecho el daño.

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