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Cada año, en España se crían 254 millones de peces en piscifactorías. O, dicho de otra forma, en estos lugares es donde se sacrifica el 95% del total de los animales que son criados o capturados para el consumo humano. Unas cifras que posicionan a nuestro país como el primer productor acuícola de la Unión Europea.
Lo inverosímil de todo ello es que, según revela una reciente investigación de AnimaNaturalis, con esas cifras tan altas de cría no haya una protección real sobre estos animales sintientes, sino más bien justo lo contrario. Como apunta Aïda Gascón, directora de la organización en España, se trata de una realidad muy oculta en nuestro país. «Ya lo es con las granjas de animales terrestres, pero en las de los acuáticos lo es todavía más», explica a Climática.
En su investigación se han centrado en la producción de la trucha arcoíris, ya que estas suponen un 70% de la producción acuícola, y en ella han documentado todos los procesos por los que pasan estos peces, empezando por la cría, pasando por el engorde, el hacinamiento, su clasificación, transporte y terminando en la matanza. En todos ellos, la nota es negativa.
Suspenso en espacio y en calidad del agua
Las truchas son animales en cuya naturaleza está la búsqueda de su propio alimento, para la que recorren muchísimos kilómetros. Una característica que en los estanques de las piscifactorías no pueden desarrollar. «Aquí están muy hacinadas, por lo que no tienen casi espacio para moverse. Una densidad que, además, hace que la calidad del agua empeore, ya que se reduce el oxígeno disponible e incrementan los niveles de amoniaco fruto de las heces y de los propios animales que se van muriendo», dice Gascón.
Un cóctel que les lleva a sufrir estrés, ya que no se pueden mover de manera natural, y diferentes enfermedades. Entre ellas, en las granjas de la trucha arcoíris dataron la enteritis bacteriana y la furunculosis, que causan llagas abiertas en la piel y alta mortalidad; parásitos como piojos que dañan la piel y branquias; y virus como el de la necrosis pancreática infecciosa que desatan brotes masivos. «Sobre todo, lo que observó nuestro equipo de investigación fueron infecciones bacterianas en las escamas e internas. También vimos muchos animales muertos y parásitos. Tenemos constancia de que, para curarlos, se les suministra antibióticos de forma preventiva. No cuando se ponen enfermos, sino antes», añade.
Una vez que salen de los estanques y llega el momento de separarlos por tamaños o de cargarlos en contenedores, las operaciones a menudo son, en palabras de la organización, «brutales». Manipulaciones bruscas que les hacen sufrir, entre otros, hematomas, aletas desgarradas y pérdidas de escamas. Y, durante el transporte al matadero, se repite el hacinamiento vivido en los estanques, lo que agrava su agonía.

Cuando ni el sacrificio supone descanso
Desde AnimaNaturalis ponen especialmente el foco en cómo se sacrifican a estos animales. Un paso que debería ser sinónimo de fin del sufrimiento, pero que para algunos no lo es porque no llegan a morir. El sacrificio, como sostiene Gascón, normalmente se hace a través de dos mecanismos: con hielos, para que mueran lentamente congelados, o a través de descargas eléctricas. «Esta última se hace de forma grupal, por lo que muchos no llegan a tener esa descarga y mueren aplastados. Nosotros proponemos que se apliquen descargas eléctricas, que es la forma menos dolorosa y más inmediata para acabar con la vida del animal, pero que se hagan eficazmente, es decir, en grupos menos numerosos. Algunos incluso son empaquetados vivos», explica.
Todo esto ocurre en un país en el que está vigente el Tratado de Lisboa de 2009, que define a estos animales como sintientes. Un reconocimiento que debería hacer que se aplicase sobre ellos las legislaciones de bienestar animal. Sin embargo, apunta Gascón, la mayoría de las veces estas normativas están enfocadas a tener una mayor productividad, a contribuir al bienestar de las personas o, como mucho, a temas medioambientales. «El problema es que no existe una normativa a nivel estatal que sea homogénea y, la que hay, no aborda de manera específica las particularidades de cada especie».
Para mejorar la situación, desde AnimaNaturalis proponen una serie de puntos. Por ejemplo, que se lleve a cabo el aturdimiento antes del sacrificio, ya que así se aseguraría que haya una pérdida inmediata de conciencia. También, señala Gascón, «que haya normas específicas de densidad de población, ya que estas mejorarían el bienestar de los animales. Un cambio que automáticamente ayudaría a enriquecer la calidad del agua. Además, pedimos que haya un monitoreo constante de esto, para disminuir el nivel de amoníaco y subir el del oxígeno».
Y finaliza: «También prohibiríamos procesos como el desespinado o la evisceración, que normalmente se hacen sin anestesia. Creemos que causan un dolor y un sufrimiento que deberían evitarse. Y, por último, un etiquetado de productos pesqueros nuevo. Actualmente lo hay, pero están expedidos por empresas privadas y estas normalmente no tienen en cuenta el bienestar de los peces, sino que valoran otros temas como el medioambiental».





AnimaNaturalis sabe mucho de violencia contra los animales. Aquí dejo una de sus últimas informaciones al respecto:
«Agosto es un mes de vacaciones para la mayoría, pero también el buen tiempo trae un gran número de festejos de pueblos donde se maltrata a los animales.
Mi intención, como digo, no es arruinarte el merecido descanso… pero hay ciertas cosas que no se pueden postergar.
Hace unas semanas, nuestro equipo de investigación grabó con bastante dificultad una noche de toros embolados al sur de Cataluña. Al ver las imágenes, no pude evitar decirme a mí misma: “bueno, no pasó nada extraordinario”… como lamentándome de que no podríamos poner ninguna denuncia o llevar a la prensa estos actos salvajes.
¿Nada extraordinario? A veces estar expuesta de manera tan constante a este tipo de maltrato, te hace un poco distante emocionalmente. Espero que lo entiendas. ¿Nada extraordinario? Como si arrastrar a un animal, inmovilizarlo en un poste de madera, atornillar herrajes a sus cuernos, encender bolas de esparto empapadas de combustible en sus astas y divertirse mientras el animal corre desesperado por el fuego y el terror… como si todo eso fuera remotamente normal, nada extraordinario.
Llevamos casi un cuarto de siglo adentrándonos en lo más miserable de los seres humanos. Testigos de las acciones más mezquinas contra los animales, tanto en granjas como en este tipo de espectáculos. Se dice rápido, pero es casi toda mi vida adulta.
Quería aprovechar esta oportunidad para contarte cómo es un toro embolado “normal”, sin nada extraordinario.
Es posible que ni siquiera hayas escuchado hablar de esta modalidad de tauromaquia, pero es muy popular en la Comunidad Valenciana, Aragón y el sur de Cataluña, en las Terres de l”Ebre. Y también en Medinaceli, en Soria, que es un caso aparte.
Según nuestros cálculos, no menos de 2.500 animales son embolados con fuego cada año, pero no existen cifras oficiales. Podrían ser más, porque se trata de algo tan aberrante… que se usa como gancho para atraer a más gente a la “fiesta”. Sí, los aficionados viajan de pueblo en pueblo para no perderse este acto de suma crueldad. Es ese tipo de “turista” el que se fomenta.
Los toros suelen llegar de ganaderías de cualquier parte de España, encerrados en cajones donde es imposible moverse o darse la vuelta. Viajan durante cientos de kilómetros. Están a oscuras, respirando de manera ansiosa y acelerada… y con las altas temperaturas de verano, puedes imaginarte la desesperación con que se prolonga su espera. Así comienza su tortura.
Hay que recordar que muchos animales, como los toros, no tienen la capacidad de imaginar que esto que están sintiendo cesará en el futuro. Los humanos le llamamos “esperanza” o “fe”… porque sabemos que lo peor que estemos sintiendo ahora mismo, con el tiempo puede acabar. Los toros no. Para los toros, si sienten dolor… lo experimentan como si la existencia entera fuera dolor.
Cuando abren el cajón, el toro sale corriendo por puro instinto, pero sus astas están atadas con una soga que le impide huir. Lo arrastran hasta atarlo a un pilón de madera en medio de la plaza. Es imposible zafarse, por más que lo intenten. De hecho, no es raro ver cómo se enredan en la soga, se estrangulan o pierden el equilibrio, en su desesperación.
Luego viene la peña emboladora a colocarle unos herrajes en los cuernos. Se trata de unas estructuras de hierro con bolas de esparto empapadas en algún líquido inflamable, como los que se usan en las antorchas. Sólo sentirse inmovilizado, con gente manipulando sus cuernos y el aroma irritante del combustible, es terrible.
Pero no termina ahí. Los cuernos se encienden con fuego, mientras sigue atrapado en el pilón. Sin poder huir mientras ve las llamas sobre su cabeza, siente el calor y esa luz que lo ciega. Es fuego… y no existe animal en la tierra que sienta atracción por el fuego, aparte del humano. Y todo esto sigue sin ser nada extraordinario.
Un encargado corta la cuerda con un cuchillo afilado, para que el toro dé juego en la plaza, escapando de las llamas que arden en sus cuernos. Y normalmente tarda. Tarda. Tarda. No es fácil cortar una cuerda gruesa cuando se es un cobarde que sabe que un animal herido es impredecible. Tarda.
Cuando el toro queda libre, su calvario se extiende hasta unos 30 minutos en el ruedo. Corre desesperadamente. Choca contra maderos y cercas, con tal de apagar el fuego o zafarse de esos herrajes. Corre y embiste, agotado, respirando con dificultad, casi sin energías.
Lo normal es que el toro se detenga a momentos para recuperar el aliento, aceptando que sus cuernos arden, entregado a que así será y no puede hacer nada para cambiarlo… no tiene energías para intentarlo más. Queda detenido en medio de los gritos y forcejeos de los aficionados. Mirando con terror alrededor. Siempre logran que embista de nuevo, al sentirse amenazado o imaginar que puede haber una salida. Busca desesperadamente una salida.
Cuando termina el espectáculo, risas y aplausos, y esperan el siguiente.
Como ves, no sucede nada extraordinario. Nada que podamos denunciar o llamar la atención de los medios de comunicación. Nada en absoluto que la ley no permita y en ocasiones, fomente.
Un cuarto de siglo hemos dedicado con mis compañeros en AnimaNaturalis para acabar con esta “normalidad”, porque creemos que cada vida es extraordinaria y no tenemos derecho alguno de infligir sufrimiento sólo porque nos divierte o es tradición.
Ahora mismo tenemos algunas oportunidades en el Parlament de Catalunya para poder acabar con los toros embolados… y queremos extender esos cambios a otras regiones cuando lo logremos.
Tú eres nuestra fuerza y quien nos impulsa a seguir adelante. Sólo contigo a nuestro lado estoy segura de que cambiaremos este mundo para los animales. No sólo lo merecen, sino que se lo debemos.
Muchas gracias por tu atención y tener en cuenta a los animales.
Aida Gascón.