Da igual cuándo lo leas: esta ola de calor es prácticamente imposible sin el cambio climático 

Un nuevo análisis científico confirma que las temperaturas de este mes de junio en Europa habrían sido 3,5 ºC más bajas hace medio siglo sin la actual crisis climática impulsada por los combustibles fósiles.
Da igual cuándo lo leas: esta ola de calor es prácticamente imposible sin el cambio climático 
Un hombre en Barcelona lleva un ventilador recién comprado durante la ola de calor que afecta a parte de Europa. Foto: REUTERS/Nacho Doce.

Esta ola de calor al inicio del verano que sacude a parte de Europa no es normal. O no lo era hace unas décadas, cuando el planeta no estaba sumido en un calentamiento global sin precedentes. De hecho, en la actualidad, toda ola de calor está bajo la influencia de un planeta que se ha calentado 1,4 ºC desde la revolución industrial. En el continente, la situación es aún peor: se calienta mucho más rápido que la media mundial, y las temperaturas máximas diarias extremas lo están haciendo a casi el triple de velocidad que el calentamiento global.

«Los científicos como yo estamos empezando a sonar como un disco rayado. Emitimos citas similares año tras año reaccionando a extremos de calor que escalan cada vez más alto. Sí, esto es cambio climático; sí, somos nosotros; no, no es El Niño; sí, tenemos las soluciones; no, no las estamos implementando lo suficientemente rápido”, explica –por enésima vez– la investigadora Friederike Otto. “Ahora es realmente una cuestión de qué tipo de futuro queremos para nosotros mismos, y si estamos dispuestos a hacer lo necesario para asegurarlo”, reclama.

La experta es la cabeza visible del World Weather Attribution (WWA), el grupo científico que se encarga de decir cuánto ha influido el cambio climático en un evento extremo. Respecto al episodio de calor que atraviesa el continente en las últimas semanas, no hay dudas: tanto las temperaturas máximas diurnas como las nocturnas habrían sido virtualmente imposibles en esta época del año en 1976, hace apenas 50 años. 

Una ola de calor similar que hubiera ocurrido en aquel clima histórico habría sido 3,5 °C más fresca durante el día. En la actualidad, debido al cambio climático, las sofocantes temperaturas nocturnas son unas 100 veces más probables de lo que eran hace tan solo 23 años, durante la letal ola de calor europea de 2003. Los picos térmicos diurnos, por su parte, son unas diez veces más probables. Además, se ha descartado que la variabilidad natural, como la fase de El Niño, haya tenido algún papel en el motor de este calor.

Como ocurre en todo episodio de altas temperaturas en la actualidad, el cambio climático es la fuerza motriz detrás de la severidad de este evento extremo. De hecho, un 45% de las 854 ciudades analizadas en 30 países europeos han batido, o se espera que batan, sus niveles máximos históricos de estrés térmico. 

Temperaturas sin precedentes 

En España, un análisis de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), con datos provisionales, revela que los días 22 y 23 de junio se han convertido en los más cálidos de este mes desde al menos 1950, marcando una impresionante anomalía térmica peninsular de 7,1 °C. La intensidad y la persistencia de las temperaturas han reescrito la climatología, sobre todo en el norte peninsular. El 23 de junio, la localidad de Tama (Cantabria) pulverizó su récord absoluto –computando todos los meses del año– al alcanzar los 43,7 °C. Asimismo, el aeropuerto de Bilbao alcanzó el 24 de junio los 42,7 °C, la temperatura más alta jamás registrada en un mes de junio o julio en esa estación.

Gran parte del oeste, norte y centro de Europa está experimentando unas condiciones extremadamente cálidas y húmedas. Como revela el equipo científico del WWA, a lo largo de Francia, Alemania, Italia, España y el sur de Inglaterra, las temperaturas han estado oscilando entre 5 y 12 °C por encima de las medias estacionales. Se trata de la ola de calor más severa jamás registrada en esta región.

El peligro de este fenómeno no reside únicamente en los picos térmicos, sino en la altísima humedad. Para evaluar esta peligrosidad, los científicos emplean la Temperatura de Globo y Bulbo Húmedo (WBGT, por sus siglas en inglés), una métrica que analiza el estrés térmico y la capacidad fisiológica del cuerpo humano para enfriarse mediante la evaporación del sudor. La combinación de altas temperaturas y humedad es especialmente mortífera. Este escenario agrava los riesgos para la salud pública, considerando que las olas de calor causan más muertes en Europa que todos los demás peligros naturales combinados. 

El equipo de especialistas explica que, a nivel continental, los servicios y la infraestructura urbana presentan una alta vulnerabilidad. La magnitud de la situación ha provocado enormes disrupciones en hospitales, infraestructuras de transporte, centros escolares y lugares de trabajo. 

Francia ha sido una de las naciones más golpeadas, experimentando interrupciones significativas en su red ferroviaria, cierres masivos de colegios y cancelaciones de eventos. En paralelo, las redes eléctricas europeas enfrentan una tensión sin precedentes debido a la demanda de refrigeración, suscitando temores sobre cortes de suministro que puedan empeorar la creciente pobreza energética estival del continente.

Theodore Keeping, investigador del Imperial College de Londres y uno de los autores del estudio, deja claro que la ciencia sobre cómo el cambio climático empeora las olas de calor ya está establecida, y apunta a las continuas emisiones de combustibles fósiles como las responsables directas. En sintonía con esta advertencia, Simon Stiell, secretario ejecutivo de la ONU para el Cambio Climático, incide en que nuestra adicción global a la quema de carbón, petróleo y gas está haciendo que el cambio climático arrase con la normalidad. 

Y sobre la falta de adaptación, Carolina Pereira Marghidan, del Centro del Clima de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, alerta de que, si bien “la población en Europa es mucho más consciente de los riesgos del calor que en el pasado”, “la concienciación por sí sola no es suficiente”. “Muchas personas aún viven, trabajan y estudian en lugares que no están diseñados para las temperaturas que estamos experimentando ahora”, apunta.

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