Dos años, dos danas y un examen climático en València

Aunque con mucho todavía por mejorar, las lecciones de hace dos años reducen el impacto de la reciente dana Adam, demostrando que la prevención salva vida frente a un clima que no da tregua.
Dos años, dos danas y un examen climático en València
Un comercio reclama ayuda tras las inundaciones de Valencia en 2024. Foto: Eric Renom/LaPresse/Sipa USA.

Este artículo forma parte de la sección mensual titulada Prevención LAB: experiencias globales y soluciones locales, escrita por la experta en gestión de desastres Carmen Grau Vila.

Los valencianos hemos sucumbido al agua en numerosas ocasiones de la historia, pero nunca habíamos declarado tantas zonas catastróficas en solo dos años. Al centenar de localidades afectadas por las inundaciones de 2024 se suman ahora casi cincuenta pueblos de la dana Adam, el mío entre ellos. El Mediterráneo es un laboratorio de inundaciones, y el cambio climático un continuo examen. Junto con Catalunya y las islas Baleares, el mapa del desastre nos alcanza con mayor frecuencia y virulencia. ¿Son la prevención y la resiliencia un salvavidas?

La noche del domingo al lunes 19 de octubre pocos pudieron dormir. Unos cuantos ES-Alert habían sonado y la alerta hidrológica en ríos mantenía a varios pueblos y miles de hogares en vilo. Las medidas preventivas se activaron, se suspendieron colegios y se instó a la ciudadanía a cuidarse. La hora álgida del evento es un factor clave en la gestión y esta vez la inundación llegó de madrugada con todos alerta. 

Aquella tarde de 2024, la hora de volver a casa fue la más mortal. Una mayoría de las víctimas perecieron desplazándose en sus coches. Los que estaban en casa, tampoco supieron del peligro y bajaron en ascensor o al garaje, salieron a buscar algo o a alguien y los mayores quedaron solos en plantas bajas. La mañana de la dana Adam, las autoridades se apresuraron a emitir una orden para confinar y restringir la movilidad en 145 localidades, algo insólito, por si quedaban dudas de la gravedad de las lluvias y el peligro de desbordamiento en cauces y barrancos. 

Hace dos años no solo fue tardía la alerta, también lo fue la respuesta. La dana Adam nos ha dejado imágenes de cuando la prevención trabaja y la coordinación existe. La población despertó inundada, se registraron más de 2.000 incidencias y los equipos de emergencia desplegaron misiones de rescate en mitad de fuertes lluvias y vientos. Aeronaves, lanchas, excavadoras y numerosos recursos humanos sobrevolaron marjales y se adentraron en caminos borrados por el fango, para rescatar de tejados y hogares a mayores, infancia y enfermos, los más vulnerables. Una batalla orquestada a contrarreloj para llegar a cualquier rincón. 

Aunque en menor número, aún se han escapado vidas y de nuevo hay graves daños. Hemos perdido cultivos anegados y ganado, las playas están más erosionadas si cabe, se achica agua en hogares o negocios y ya se han gestionado miles de solicitudes al Consorcio de Compensación de Seguros. “Lo hemos perdido todo” es la frase que repiten por la comarca. 

Tras la emergencia, los ayuntamientos, policías y protección civil de los pueblos afectados en 2024 han acudido prestos a ofrecer su asistencia en tareas de reparación, limpieza y gestión. También la comunidad educativa se ha vuelto a movilizar, con maestros y asociaciones de madres y padres limpiando colegios. 

Las comunidades de vecinos que conforman los Comités Locales de Emergencia y Reconstrucción (CLER), cuyo germen fue el desastre de hace dos años, se han puesto en marcha para ayudar a los nuevos damnificados unos kilómetros más al sur. Paradójicamente, personas que en su día les ayudaron a ellos ahora son afectados. A escasas horas del evento, los CLER ya ofrecían consejos, resolvían dudas sobre la gestión de ayudas y se desplazaban al área afectada con agua potable, generadores y material de limpieza. 

Por su experiencia, han aconsejado a la población fotografiar todos los daños y el coche, conservar y no tirar las fotos familiares para recuperarlas, y alertan de la posible aparición de empresas fraudulentas que no cumplen lo acordado. También saben que las demandas cambian y cuando las casas estén limpias serán otras las necesidades, como conseguir ropa, muebles o electrodomésticos y reflotar negocios. 

Parece que el agua destruye y los vecinos auxilian. Pero esta movilización solidaria entre pueblos es una de las grandes lecciones que deja el desastre de hace dos años. Es resultado del proceso de reconstrucción en el que andamos inmersos y una ciudadanía activa. Lo llamamos resiliencia comunitaria, y aunque no está regulada por normativa o protocolo alguno, sostiene y acelera la recuperación. En nuestro examen climático suma. 

Una buena reconstrucción es repensar conjuntamente el territorio para hacerlo más seguro y mitigar futuros daños. A dos años, esta se encuentra en un punto álgido, y si tengo que destacar una carencia flagrante es la de los centros educativos esperando a ser reconstruidos. La reconstrucción no debería ser una cuestión de competencias y burocracias, sino de prioridades con un calendario definido.

Hemos renacido del barro tantas veces que nuestro grito no es de auxilio, es de impotencia. La impotencia valenciana tiene aristas, las de la justicia, por ejemplo. Dos años después, la causa judicial es un cuentagotas esperanzador y agonizante de mensajes por WhatsApp, declaraciones y audios. Mientras, varias comisiones paralelas de investigación en el Senado, en el Congreso y en las Cortes Valencianas toman declaración y la paciencia nos gobierna. Las asociaciones de víctimas mantienen el pulso y no decaen al recordarnos que el olvido tiene un precio indeseado.  

En mi comarca, las botas de agua son material básico de emergencia, las tablas de surf sirven de camilla en los rescates, las vacas nadan por marjales y marcamos el nivel del agua sobre azulejos. En la ciudad de Oliva, las autoridades reclaman un proyecto de laminación para reducir riesgos, prometido y paralizado hace más de diez años, y en Gandía promueven soluciones basadas en la naturaleza que mitigan las inundaciones.

La dana de 2024 nos ha hecho despertar a la prevención y la de 2026 nos urge a seguir trabajando. No podemos bajar la guardia en este examen. El día que nos olvidemos de estudiar y prepararnos, volveremos a caer en la desidia. 

Si te gusta este artículo, apóyanos con una donación.

€

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Siguiente artículo

Artículos relacionados

Juan Manuel Gómez Rama, experto en catástrofes: «Tenemos que asumir que los primeros cuidados nos los tenemos que dar nosotros mismos»

Enfermero en el Hospital Virgen de la Victoria de Málaga y miembro de Bomberos GIRECAN (Grupo Internacional de Rescate ante Catástrofes Naturales), también dedica su tiempo a divulgar en redes sobre cómo transformar el miedo en seguridad mediante planes de prevención familiar y herramientas básicas como la mochila de emergencia para afrontar cualquier imprevisto.